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De política y cosas peores

Porfirista de corazón


Catón

Lord Feebledick regresó a su finca rural después de un viaje que hizo a Londres. James, el mayordomo, le anunció: “Su esposa, lady Loosebloomers, está en la cama con laringitis”. “¡Cómo! -se molestó lord Feebledick-. ¿Ahora con un griego?”... Himenia Camafría, madura señorita soltera, fue a confesarse con el padre Arsilio. Le preguntó el buen sacerdote: “¿Has caído en la tentación, hija?”. Respondió la señorita Himenia: “Caer, lo que se llama caer, no, padre. Pero sí me he dado unos dos o tres tropezoncitos”... Babalucas fue a la conferencia de un astrónomo. “La luz del Sol -dijo el conferencista- llega a la Tierra a una velocidad de 186 mil millas por segundo”. “¡Qué chiste! -le comentó Babalucas a su vecino de asiento-. ¡Viene de bajadita!”... Un tipo le dijo muy orgulloso a otro: “Me compré un reloj de buró. Tiene carátula luminosa, de modo que puedo saber la hora por la noche”. Replicó el otro: “Para saber eso yo no necesito reloj. Le agarro una pompa a mi mujer y ella me dice: ‘¡No la tiznes! ¡Son las 2 y media de la madrugada!’”... La señora cumplió 40 años. Su marido le dijo: “Ten cuidado, Forientina. A lo mejor te cambio por dos muchachas de 20”. “No me preocupo -replicó ella-. Sé que no tienes corriente para 2-20”... Si tuviera yo la fortuna de que mis cuatro lectores fueran a Saltillo y visitaran la casa de mis antepasados, casa que mis paisanos ven como un museo, pues están en ella los antiguos muebles, los cuadros y retratos, los objetos de uso diario en una casa del siglo XIX; si tuviera yo esa suerte, digo, llevaría a los visitantes a la sala -“estrado” la llamaban mis tías- y les mostraría, a más de los muebles de Viena y la gran imagen del apóstol Santiago, patrono de Saltillo, el piano alemán de mesa, y sobre él un busto de Porfirio Díaz. Mi abuelo paterno, don Mariano Fuentes Narro, era porfirista de corazón. Hasta su muerte, acaecida ya bien avanzado el siglo XX, sostuvo la idea de que todos los males que ya para entonces sufría México eran consecuencia de la Revolución. Decía que la casta política que finalmente tomó el poder en el país estaba llena de vicios que en el régimen de don Porfirio no se vieron, sobre todo la corrupción y la ineficiencia en el ejercicio del gobierno. Tiendo a pensar que mi señor abuelo no andaba tan desencaminado en sus ideas. Un historiador veraz no podrá menos que comparar el prestigio que México tenía en el mundo en tiempos del llamado porfiriato con la mala imagen que por desgracia tiene hoy nuestro país. Se anuncian ahora nuevos tiempos de revolución. Esperemos que en ellos se corrijan los males causados por “los gobiernos revolucionarios”... Aquel joven médico veterinario era especialista en inseminación artificial. Un granjero le pidió que fuera a su establo a inseminar a una vaca muy fina que tenía. El veterinario le dijo que podía ir tal fecha a tal hora. “Ese día no estaré en la granja -le dijo el hombre-, porque saldré de viaje con mi esposa. Pero mi mamá lo atenderá. ¿Necesita algo en particular?”. Le pidió el facultativo: “Solamente ponga un clavo en la pared del establo donde está la vaca. Lo necesito para colgar mi equipo”. El día acordado llegó el veterinario a la granja y, en efecto, lo recibió la anciana madre del granjero. Le preguntó fríamente: “¿Usted es el hombre que va a inseminar a la vaca?”. “Así es, señora” -replicó el veterinario. “Sígame” -le ordenó la mujer. Así diciendo lo llevó al establo. “Ésa es la vaca -le dijo con gesto hosco-. Yo me retiro, pues no quiero ver lo que va usted a hacer. Y ahí está el clavo que pidió. Supongo que es para colgar su ropa, ¿no?”... FIN.




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