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De política y cosas peores

Plaza de Almas


Catón

¿Te has preguntado alguna vez, Armando, hasta qué edad puede el hombre disfrutar de esa dulce pasta que es la carne de la mujer? No taches de machista la pregunta de tu tío Felipe, tú que eres dado de repente a incurrir en las necedades que trae consigo lo políticamente correcto. Cuando hablo de la carne femenina no convierto a la mujer en un objeto. Por el contrario, la pongo en el centro del paraíso; en el sitio principal del universo como dadora que es de la vida y sujeto primordial de ella. La hago ser dueña y señora del varón, que si en verdad es hombre verdadero se rinde ante ella y se somete a sus dictados. También te aclaro que esa linda expresión, “la dulce pasta”, referida a la carne femenina, no salió de mi caletre: la inventó don Federico Gamboa, el celebrado autor de “Santa”. Pero vuelvo a mi pregunta: ¿hasta qué edad puede el hombre disfrutar de la mujer? Yo digo que hasta pasados los 100 años, si ese hombre tiene un poco de imaginación y una compañera comprensiva. Y es que aunque el cuerpo desfallezca los anhelos del amor perviven. No sé, sobrino, si te he contado de aquel curita joven a quien atormentaban día y noche las tentaciones de la carne. Le preguntó lleno de angustia a un sabio sacerdote que se acercaba al siglo de existencia: “Dígame, padre: ¿cuándo se acaba en el hombre el deseo de la mujer?”. “Mira, hijo -le contestó el santo varón-. Por lo que he leído en las Sagradas Escrituras; por las enseñanzas de los Padres de la Iglesia; por lo que llevo aprendido de ilustrados autores lo mismo religiosos que profanos, pero sobre todo por mi propia experiencia, puedo decirte que ese deseo se acaba, posiblemente unos 15 días después de que te has muerto”. En cierta ocasión tuve una vivencia que confirma la plausible aseveración de ese prelado. Ya te he dicho que de joven recorrí casi todo el país viajando, como se dice, de aventón. Adquirí entonces más conocimientos acerca de la vida -y de la muerte- que los que muchos llegan a alcanzar en todos los años de su paso por el mundo. Un día, yendo de Veracruz a México, me recogió un anciano que pasó en su coche, un fordcito de modelo viejo. “Espero que no lleve prisa, joven -me advirtió en tono de disculpa-. Manejo muy despacio, y además me detendré en una fondita que está unos kilómetros más adelante. Ahí deberá usted esperarme un buen ratito”. Acepté sus condiciones, claro. En el trayecto el maduro señor me dijo que era zapatero especializado en la fabricación de calzado para hombres y mujeres que por efecto de alguna enfermedad -la polio era entonces muy común- tenían una pierna más corta que la otra. Trabajaba sobre pedido, y llevaba el calzado personalmente a sus clientes para hacerle los ajustes necesarios. Ahora regresaba de un viaje durante el cual había entregado varios pares. En medio de la conversación anunció de pronto: “Ahí está la fondita que le dije, joven”. Y al detenerse me explicó, orgulloso, por qué hacía siempre una escala obligada en ese lugar: “Tengo ahí una meserita muy chula que me invita a ir a su cuarto a cambio de los centavitos que le doy. Usted entenderá que por mi edad ya no puedo hacerle nada; pero, mire: yo me acuesto en su cama; ella se monta a caballo sobre mí y se quita la blusa y el corpiño. (Usó el zapatero esa palabra antigua, ‘corpiño’, en vez de brassiére o sostén). Y ahí estoy yo, como un becerrito. ¡La gloria, joven! ¡La gloria!”. No olvido, sobrino, la beatífica sonrisa del viejito. Lo esperé todo el tiempo que le tomó gozar de aquel placer al mismo tiempo erótico e inocente. Y mientras lo esperaba pensé que en esos momentos él, a sus 80 años, era inmensamente más feliz que yo a mis 20... FIN.




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