11/10/2018

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Pasadizo secreto

Una taza de café, para El Mañana


Miguel Rodríguez Sosa

Es increíble que una cosa que se realiza el día a día genere una serie de costumbres, situaciones que imponen una forma de vida, de interacción familiar, hecho que de cierto modo va creando ese tejido mental, de recuerdos, que igual quedan plasmados a lo largo de sus vidas; sin lugar a dudas que uno de esos es aquel repetitivo “ritual” de los ancestros, el que fue, el que siempre ha sido y que muy seguramente por siempre así será: el disfrute de una taza de café, para El Mañana.

Recordar que apenas amanecía, muchos acostumbraban dirigirse silenciosamente hacia la cocina, ahí lavaban su tiznada cacerola en donde calentaban un poco de agua, después le agregaban un sobrecito de Café Kcero, poquita azúcar y la meneaban muy constantemente, tan seguido que ese ruido entre el roce de la cuchara con el metal del recipiente lograba que en sus casas a todos arrullara o de plano los despertara.

Como un presentimiento, a lo lejos y afinando el oído, en la calle escuchaban al insistente pregonador, ese, el que en su bicicleta balona con una gran canastilla y a pecho abierto anunciaba su llegada; aquel hombre de voz imponente lograba que el perro guardián no le dejara de ladrar, mas sin embargo movía y movía la cola como reconociéndolo y aceptándolo, ladridos más que de rechazo, de gusto.

Tan pronto y como tenían el periódico en sus manos, lo colocaban bajo el brazo y lo aprisionaban fuertemente, disfrutando por igual ese olor a tinta y papel, ese gusto por ser el primero en enterarse, en ver su contenido, entonces nadie, en ninguna familia se atrevía tan siquiera a tocarlo, mucho menos a desacomodarlo sin antes haber sido el jefe, la jefa, el abuelo, la abuela el primero o la primera en haberlo leído.

Después y a paso marcado atravesaban el pasillo y se dirigían hacia la cocina, pues el café a medio enfriar ya estaba listo para servirlo en su acostumbrada taza, y darle su primer sorbo; acomodaban su silla, ésta muy cerca de la ventana por donde el naciente sol entraba, al ser ese sitio el perfecto para iluminar las páginas periodísticas que permitían a esos cansados ojos percibirlo mejor.

Luego se ponían sus gafas, esas a las que por lo regular les faltaba un brazo, situación que obligaba a hacer malabares, pues con una mano sujetaban la taza de su café, con la otra a hojear su preciado periódico, así transcurría ese instante tempranero, así lo acostumbraban y coincidentemente la gente de antes, de su café sorbo tras sorbo, de su periódico, hoja tras hoja.

Los residentes de Nuevo Laredo están llenos de tradiciones, de costumbres, algunas muy arraigadas, otras ya casi olvidadas, por lo que es necesario, es más que obligado que hoy como nuevos jefes de familia, como responsables de un hogar se inculquen, se traspasen esos episodios en sus vidas aprendidos, observados y así acrecentar el valor familiar, social.

Y como hijos e hijas apreciar por igual esos instantes, considerados quizás en su momento pasajeros, insignificantes, como ese primer paseo en bicicleta, como esa travesía por las orillas del río, como ese agotador pero muy familiar campamento, incluso ese primer recital o bailable, eventos que en un futuro y en algún momento de sus vidas, ya como adultos, como padres o madres despertaran sus sentidos esos pasajes vividos, como al oler nuevamente ese aromático café recién hecho, como al percibir ese olor a tinta y papel de aquel preciado periódico.




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