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En vida hermano, en vida


Padre Leonardo López Guajardo



Las conocidas palabras del verso de Ana María Rabaté, deberían servir de marco en cualquier día de difuntos, cuya difusión ya parece dar resultados y, por lo menos en lo que se comenta, ya está más presente.

El recuerdo a los fieles difuntos, en que recordamos sus gustos y cualidades, es muy fácil de realizar. Pienso que ellos, les hubieran sido más provechosos estos homenajes, cuando ellos vivían o cuando necesitaban palabras de aliento que nosotros, distraídos en otros menesteres, rehusamos proporcionarles.

Así pues, el homenaje a los difuntos no hay que posponerlo para pronunciarlo ante un sepulcro, porque entonces, será demasiado tarde, ya que siempre será más fácil acallar nuestra conciencia con palabras que regateamos cuando eran necesarias: los vivos nos molestan… y cuando ellos se vuelven difuntos, descansan ellos y también nosotros.

Por eso, la mejor forma de honrar a un difunto es cuando ellos viven.

Hace unos días, el Papa en una audiencia, nos hacía la siguiente invitación:

“Hoy quisiera continuar la catequesis sobre la Quinta Palabra del Decálogo: ‘No matarás’. Ya hemos subrayado cómo este mandamiento revela que a los ojos de Dios la vida humana es valiosa, sacra e inviolable. Nadie puede despreciar la vida de otros o la propia; el hombre, de hecho, lleva en sí la imagen de Dios y es objeto de su amor infinito, cualquiera que sea la condición en la que ha sido llamado a la existencia.

En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado hace poco, Jesús nos revela de este mandamiento un sentido aún más profundo. Él afirma que, frente al tribunal de Dios, también la ira contra un hermano es una forma de homicidio. Por eso, el Apóstol Juan escribe: ‘Todo el que aborrece a su hermano es un asesino’ (1 Juan 3, 15). Pero Jesús no se detiene en esto, y en la misma lógica añade que también el insulto y el desprecio pueden matar. Y nosotros estamos acostumbrados a insultar, es cierto. Y nos sale un insulto como si fuera un suspiro. Y Jesús nos dice: ‘Detente, porque el insulto hace mal, mata’.

El desprecio. ‘Pero yo... esta gente, a este lo desprecio’. Y esta es una forma para matar la dignidad de una persona. Y sería hermoso que esta enseñanza de Jesús entrara en la mente y en el corazón, y cada uno de nosotros dijera: ‘Nunca insultaré a nadie’. Sería un propósito hermoso, porque Jesús nos dice: ‘Mira, si tú desprecias, si tú insultas, si tú odias, eso es homicidio’.

Ningún código humano equipara hechos tan diferentes asignándoles el mismo grado de juicio. Y de manera coherente, Jesús invita además a interrumpir la oferta del sacrificio en el templo si se recuerda que un hermano se ha ofendido con nosotros, para ir a buscarlo y reconciliarse con él. También nosotros, cuando vamos a Misa, deberíamos tener esta actitud de reconciliación con las personas con las que hemos tenido problemas. Incluso si hemos pensado mal de ellos, les hemos insultado. Pero muchas veces, mientras esperamos que venga el sacerdote a decir la Misa, se charla un poco y se habla más de los demás. Pero esto no se puede hacer.

Pensemos en la gravedad del insulto, del desprecio, del odio: Jesús los pone al mismo nivel del asesinato. ¿Qué pretende decir Jesús, extendiendo hasta este punto el campo de la Quinta Palabra? El hombre tiene una vida noble, muy sensible, y posee un yo recóndito no menos importante de su ser físico. De hecho, para ofender la inocencia de un niño basta una frase inoportuna. Para herir a una mujer puede bastar un gesto de frialdad. Para partir el corazón de un joven es suficiente negarle la confianza. Para aniquilar a un hombre basta ignorarlo. La indiferencia mata. Es como decir a la otra persona: ‘Tú estás muerto para mí’, porque tú lo has matado en tu corazón. No amar es el primer paso para matar; y no matar es el primer paso para amar”.

Día de difuntos, día de estar con la vida. Pero en ello como siempre, usted tiene la última palabra.

padreleonardo@hotmail.com




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