07/11/2018

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Pasadizo secreto

Panteón Municipal Antiguo, un paseo inolvidable


Miguel Rodríguez Sosa

Por décadas muchos niños y niñas, jovencitos han acostumbrado acompañar a sus padres en épocas de los difuntos a los distintos camposantos de la ciudad, y no tan sólo para visitar a un familiar fallecido, sino también para ser parte de ese festejo, de esa conmemoración, ser testigo de esas variadas y distintas maneras de cómo el mexicano rinde tributo a la muerte, en Nuevo Laredo, uno en especial ha marcado ese extraño sentimiento, esa atmósfera en donde se respira tan sólo respeto; por eso mismo, quizás hoy y después de estos eventos en muchos aún permea en sus mentes esos bonitos instantes, al hacer de ese Panteón Municipal Antiguo, un paseo inolvidable.

Pues tan sólo el cruzar, ingresar a través de sus portones de forja a dicho panteón, de inmediato, se percibe ese ambiente de recuerdos entrelazados uno a uno, a través de los sentimientos de la gente por medio de cada una de las tumbas ahí presentes; el gritar de los acarreadores de agua, voluntarios de la limpieza rompe y de inmediato esa tranquilidad necesaria, ahí requerida.

Paso a paso y con esa mirada distraída observando, leyendo apresuradamente cada inscripción en cada tumba, se llega por igual y casualmente a encontrarse con ese vecino, compañero de trabajo, de escuela que silenciosamente y de una forma metódica tratan de formar pieza por pieza cual si fuera un rompecabezas otra vez esa imagen, a ese algo que quedó en sus mentes de ese ser tan significante, motivante, y aunque haya ya partido, casi presente.

Ahí avanzando y frente a los niños y niñas revoloteándose en la tierra, jugando a las escondidillas, a los encantados, en sus manos no se observan aparatos electrónicos, ni mucho menos portátiles videojuegos, distracciones tomadas tan sólo para romper el tiempo, algunos de éstos se tomaron la paciencia para escribirle algo a su difunto familiar, un dibujo atractivo, un mensaje colorido, colocar una flor en su altar.

Los cánticos rompen nuevamente el silencio, a lo lejos un par de trovadores rascándole a la guitarra, haciendo llorar a ese acordeón tratan de llegar a la profundidad del sentimiento de ese grupo familiar con esa canción, con ese corrido, con ese mensaje como traído del pasado, del más allá, y que entre más lejos ese pasaje, más a sus deudos dolerá.

Por supuesto que el pasado marca su presencia, su historia en este sitio sagrado, al leer en las lápidas nombres para hoy tan inusuales como Nepomuceno, Eduviges, Cenobio, Catarino, Brígido, Elodio.

Casi a mediación del camino, no falta encontrar esa tumba rodeada de esa vieja reja ya enmohecida, casi abandonada, espacio en donde da dolor e impotencia no colocarle una florecita hasta un bonito ramillete de flores, gesto que por igual muchas personas en similares condiciones lo hacen, quizás para que entone o probablemente para sentir esa satisfacción muy profunda, humana.

De regreso, ya al salir el disfrute de ese viaje por igual es placentero, el olor a variadas flores que se ofrecen, éstas entre claveles, crisantemos, rosas, lirios, cempasúchil, nube, terciopelo, conjugado con esos aromas de comidas como gorditas, enchiladas, pozole, tacos variados, arroz y frijoles, sin faltar los dulces de camote, la ya casi inexistente charamusca, por igual esas ricas aguas frescas, de limón, tamarindo, piña, esos cocteles de frutas, ¡ah y sin faltar la rica caña de azúcar!, entera, en trozos, ya pelada o en cuadritos preparada; esto, todo esto habla de lo bien que trata la vida cuando al menos los mexicanos de una forma muy peculiar festejan a la muerte.




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