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San José de Gracia


Padre Leonardo López Guajardo

Hace unos días, una maestra me comentaba con emoción sobre su reciente viaje a Aguascalientes, donde visitó el pueblo mágico San José de Gracia, donde tuvo la oportunidad de conocer, en una pequeña isla, la monumental imagen del Cristo Roto, que nos muestra la escultura de un deteriorado crucificado sin rostro. La historia sobre esta imagen nos motiva en completar esta imagen, más que con un rostro artístico y bello, con el rostro rechazable de un pobre, de un anciano, de un enfermo, de una persona que no nos agrade, ya que, aceptándolos, podremos acercarnos con confianza.

Precisamente a eso nos invita la Jornada Mundial del Pobre, a celebrarse este domingo, por iniciativa del Papa. El año pasado, él hizo la siguiente observación:

“La omisión es el mayor pecado contra los pobres. Aquí adopta un nombre preciso: indiferencia. Es decir: ‘No es algo que me concierne, no es mi problema, es culpa de la sociedad’. Es mirar a otro lado cuando el hermano pasa necesidad, es cambiar de canal cuando una cuestión seria nos molesta, es también indignarse ante el mal, pero no hacer nada. Dios, sin embargo, no nos preguntará si nos hemos indignado con razón, sino si hicimos el bien.

Entonces, ¿cómo podemos complacer al Señor de forma concreta? Cuando se quiere agradar a una persona querida, haciéndole un regalo, por ejemplo, es necesario antes de nada conocer sus gustos, para evitar que el don agrade más al que lo hace que al que lo recibe. Cuando queremos ofrecer algo al Señor, encontramos sus gustos en el Evangelio. Él nos dice: ‘Cada vez que lo hicieron con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron’ (Mt 25,40). Estos hermanos más pequeños, sus predilectos, son el hambriento y el enfermo, el forastero y el encarcelado, el pobre y el abandonado, el que sufre sin ayuda y el necesitado descartado. Sobre sus rostros podemos imaginar impreso su rostro; sobre sus labios, incluso si están cerrados por el dolor, sus palabras: ‘Esto es mi cuerpo’ (Mt 26,26).

En el pobre, Jesús llama a la puerta de nuestro corazón y, sediento, nos pide amor. Cuando vencemos la indiferencia y en el nombre de Jesús nos prodigamos por sus hermanos más pequeños, somos sus amigos buenos y fieles, con los que él ama estar. Dios lo aprecia mucho, aprecia la actitud de la ‘mujer fuerte’ que ‘abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre’ (Pr 31,10.20). Esta es la verdadera fortaleza: no los puños cerrados y los brazos cruzados, sino las manos laboriosas y tendidas hacia los pobres, hacia la carne herida del Señor.

Y nos hará bien acercarnos a quien es más pobre que nosotros, tocará nuestra vida. Nos hará bien, nos recordará lo que verdaderamente cuenta: amar a Dios y al prójimo. Sólo esto dura para siempre, todo el resto pasa; por eso, lo que invertimos en amor es lo que permanece, el resto desaparece. Hoy podemos preguntarnos: ‘¿Qué cuenta para mí en la vida? ¿En qué invierto? ¿En la riqueza que pasa, de la que el mundo nunca está satisfecho, o en la riqueza de Dios, que da la vida eterna?’. Esta es la elección que tenemos delante: vivir para tener en esta tierra o dar para ganar el cielo.

Porque para el cielo no vale lo que se tiene, sino lo que se da, y ‘el que acumula tesoro para sí’ no se hace ‘rico para con Dios’ (Lc 12,21). No busquemos lo superfluo para nosotros, sino el bien para los demás, y nada de lo que vale nos faltará. Que el Señor, que tiene compasión de nuestra pobreza y nos reviste de sus talentos, nos dé la sabiduría de buscar lo que cuenta y el valor de amar, no con palabras sino con hechos”.

Hasta aquí el mensaje. Nuestra indignación o nuestra desesperanza no son precisamente los sentimientos que nos den una mayor nobleza, ya que nos paralizan y, lejos de remediar, empeoran la situación y esterilizan los mejores ideales. Necesitamos acciones concretas que hagan la diferencia. Pero en ello, como siempre, usted tiene la última palabra.

padreleonardo@hotmail.com




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