21/11/2018

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Pasadizo secreto

Aromas y recuerdos de Nuevo Laredo


Miguel Rodríguez Sosa

Casi está por terminar el año 2018 y es precisamente al final de esos 365 días que marca el calendario, cuando y por arte de magia comienza a brotar sobre las mentes de muchos ese obligado repaso, saber qué se hizo o qué no se logró de eso que se prometió o como meta se forjó al inicio de este periodo anual; mas sin embargo, triste es reconocer que entre todo esto no se consideró el tan siquiera brindarle esa visita, esa estancia a lo natural de esta ciudad, al entender que ese tiempo se ocupó más en manipular esos novedosos pero fríos aparatos electrónicos de comunicación que visitar, gozar y disfrutar de esos aromas y recuerdos de Nuevo Laredo.

Por supuesto que se transita por las calles y avenidas de esta ciudad, se ven o se visitan sitios, pero en la mayoría de las veces es de reconocer que se realizan con un marcado apresuramiento, en consecuencia, se distingue y mucho entre el tan sólo pasar y mirar que de ese disfrutar y recordar.

Pues cuantas y cuantas veces no se ha transitado por enfrente de esa iglesia del Santo Niño ubicada precisamente en el Centro de la ciudad, instalada sobre ese histórico espacio que a diario se ilustra sí a través de fotografías en las redes sociales, pero que jamás, jamás se tiene tiempo suficiente para ahí sentarse, por algún instante en vivo disfrutarse.

Así tener la oportunidad de tocar con sus propias manos esa añeja pero emblemática reja, su puerta de forja adicionada con esas aromáticas flores y plantas que por igual resguardan dicho templo sagrado; en algún espacio tomar asiento y pensar en esas tantas y tantas novias que nerviosas o gustosas por ese patio pasaron, de ahí mismo divisar ese viejo edificio que en un tiempo fue un reconocido hotel, y comenzar a imaginar quién se hospedó ahí, si fue algún político o algún famoso artista del cine nacional quien traspasó sus históricas puertas.

Recordar a esos feligreses, las damas y niñas con sus vestidos largos cubriendo su cabeza con esa pañoleta de fina seda que les daba un toque de elegancia y respeto, a esos caballeros con su camisa y pantalón de vestir, muchos luciendo una corbata tomando de la mano al niño que por lo regular acudía en pantaloncillos cortos, playerita, pero con zapato y calcetín al ser mucho más inquietos.

Que al salir de la misa y sin importar su clase social, se sentaban gustosos en esas largas bancas o incluso parados a disfrutar de esas gorditas, de esos taquitos que en línea y sobre la calle sumaban más de siete puestecitos, todos con el mismo sabor, sazón, aroma que invitaba a cualquiera a bien disfrutar.

Caminar por la plaza, ver esos detalles tan finos que conforman ese quiosco, saber cuántos escalones tiene, subir, admirar desde esa altura ese gran monumento y pensar en el día que lo instalaron, la ceremonia que realizaron; divisar ese gran edificio que en su momento albergó a una gran agencia de autos nuevos, plasmar en la mente esos instantes bonitos cuando por igual ese espacio fue parte de oficinas públicas o del gobierno.

Qué gran satisfacción es el ver a esta gran frontera de diferente manera, qué gran satisfacción es el poder repasarlo, respirarlo, tocarlo, qué gran satisfacción es el poder hacer de Nuevo Laredo y con tan sólo un sitio, con tan sólo una visita, un lugar extraordinario.




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