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De política y cosas peores

Un día de campo con Afrodisio


Catón

Se llama Facilda Lasestas, y es mujer de cuerpo complaciente. Cierto día llamó a su puerta un agente de ventas, hombre joven y de muy buen parecer. Le dijo el vendedor: “¿Me permite un segundo?”. “Claro que sí -respondió Facilda al tiempo que lo hacía pasar-. Pero recuérdeme por favor cuándo le permití el primero”... Don Martiriano, el sufrido esposo de doña Jodoncia, asistió a los ejercicios espirituales que el padre Arsilio predicó para los socios de la Majestuosa Cofradía de Nobles y Elevados Caballeros de la Santísima Humildad. El buen sacerdote les pidió a los cofrades: “Levanten la mano los que quieran ir al Cielo”. Todos la levantaron, menos don Martiriano. “¿Cómo es eso? -se sorprendió el padre Arsilio-. ¿No quieres tú ir al Cielo?”. “Sí quiero, señor cura -respondió el hombrecito-. Pero antes necesito pedirle permiso a mi mujer”... Un individuo se presentó a la consulta del doctor Retino, oftalmólogo y optometrista. Se quejó: “Doctor: se me juntan las letras”. “Pues páguelas” -le aconsejó el facultativo... Ya conocemos a Capronio. Es un sujeto ruin y desconsiderado. Se enteró de que una amiga suya había dado a luz una bebita y fue a visitarla en la maternidad. Le preguntó: “¿Cómo le vas a poner a la niña?”. Respondió con orgullo la flamante madre: “Se va a llamar Virgen”. “No le pongas así -sugirió el majadero-. Si sale como tú, ese nombre le va a servir cuando mucho hasta los 16 años”... Babalucas y su esposa fueron por primera vez al mar. Ella probó el agua y le comentó a su marido: “Está salada”. Sugirió el badulaque: “Pónle azúcar”. Ella llevaba entre sus cosas una bolsita de edulcorante y la vació en el océano. Volvió a probar el agua y declaró: “Sigue salada”. Le indicó a Babalucas: “Es que no le meneaste”... Doña Macalota le pidió a don Chinguetas: “Dame dinero. Necesito comprar cortinas para las ventanas de la recámara, pues temo que el vecino me vaya a ver desnuda”. Replicó don Chinguetas: “Si el vecino te llega a ver desnuda él será el que ponga cortinas en sus ventanas”... En el cuarto 210 del popular Motel Rosas de Venus los nuevos amantes se dispusieron a consumar su pasajero amor. Ella sacó de su bolso una regla de medir. “¿Eres masoquista? -preguntó el galán-. ¿La traes para que te golpee con ella?”. “No -contestó la muchacha-. Es para una estadística que llevo”... Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, invitó a Pudenciana, doncella de virtudes, a un día de campo. Grande fue la sorpresa de la inocente joven cuando se percató de que nadie más asistió al picnic. Y es que a nadie más había invitado el lascivo sujeto. Así, la muchacha se vio a solas con Pitongo en aquel alejado paraje campirano. ¿Qué más podía hacer la desdichada que ceder a las instancias de Afrodisio? Después de todo él había llevado la comida -dos tortas de jamón con aguacate- y las bebidas, un par de sodas de fresa, coloradas. La coición tuvo lugar a campo abierto, sobre “el de grama césped no desnudo” (la expresión es de Góngora); esto es decir sobre el zacatito. Estaban en plena refocilación cuando acertó a pasar por ahí un pastorcito con su rebaño de ovejas. Eso se debió seguramente a la cercanía de la Navidad. El muchachito, asombrado, se detuvo a ver qué es lo que hacían aquel hombre y aquella mujer. ¿Sostenían una pelea cuerpo a cuerpo? ¿Estaban acaso jugando a las luchitas? Pudenciana, aunque se hallaba en posición de decúbito supino, o sea de espaldas en el suelo, alcanzó a ver a la criatura, y le dijo con alarma a su amador: “¡Un niño, Afrodisio! ¡Un niño!”. Respondió Pitongo respirando con agitación: “O una niña, lo que sea; pero no te me distraigas”... FIN.




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