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De política y cosas peores

Plaza de Almas


Catón

Tenía que matarlo. Sí, tenía que matarlo. No sabía cómo ni cuándo, pero lo mataría. Darle muerte era para él una cuestión de honor. Lo odiaba. Sabía bien que ese odio era irracional, pero todos los odios son irracionales, de modo que el suyo no era la excepción. Si alguien le hubiese preguntado la causa de ese sentimiento le habría sido difícil contestar. Lo odiaba porque no había podido matarlo, y matarlo se había convertido en la razón -en la sinrazón- de su vida. Lo odiaba porque estaba vivo mientras la muerte iba hacia él con paso acelerado y lo iba a alcanzar pronto. Esa maldita enfermedad lo había cogido como un lobo a su presa y no lo soltaría ya. El médico le daba unos cuantos meses más de vida. Pero no se iría del mundo sin antes matar al que debía matar. El otro debía morir antes que él. No recordaba cuánto tiempo llevaba persiguiéndolo. Más de una vez lo tuvo al alcance de sus balas, pero siempre se le escapaba. Sabía que se burlaba de él. No olvidaba, sin embargo, las palabras de su padre: “Recuerda que ése al que persigues está muy lejos de ser un hombre: es un animal. Y los animales son seres de hábitos territoriales. Éste se esconde en el bosque, pero nunca se alejará mucho trecho de los lugares por donde anda siempre. Ahí lo encontrarás. Es como si lo tuvieras amarrado”. Y luego la drástica encomienda paternal: “Búscalo, encuéntralo y mátalo”. Lo mataría, sí, antes de que el fiero mal que se le había anidado en el hígado lo matara a él. También el honor de su padre estaba de por medio: él le había enseñado a matar; tenía que mostrarle que había sido un buen maestro. Tenía ya dispuesta la bala con que iba a dar muerte a su enemigo. Le había puesto sus iniciales. Aquello parecía cosa de película del Oeste, pero ese pensamiento no lo importunaba. La bala estaba siempre sobre su mesa de noche. Era lo último que miraba cuando apagaba la luz para dormirse y lo primero que veía al despertar. Poco antes de terminar el año -poco antes de terminar su vida- supo que el momento había llegado. Esta vez no iba a fallar. Lo mataría, por su honor y por el de su padre. Un día, sin avisar a nadie, se dirigió en su camioneta a la montaña. Ahí, en alguna parte, estaba él. Tomó su rifle; puso la bala en la recámara del arma y caminando lentamente subió por la vereda que llevaba a los sitios donde otras veces lo había visto. El sendero desapareció al llegar al bosque de los pinos. Todo era soledad. Por fin se vería frente a frente con aquel al que buscaba. Ese día lo convertiría en su víctima. Dejaría de odiarlo porque lo mataría, y a un muerto no se le odia. Empezaba a amanecer. El primer rayo de sol traspuso el monte y doró las más altas ramas de los pinos. Se oyó el canto de los pájaros azules. Los odió también, porque sus estridentes gritos de alarma podrían delatar su presencia al enemigo. De pronto lo miró. Estaba allá abajo, en el fondo de una quebrada. No muy lejos se veía una cabaña que parecía abandonada. Por una vez el otro se había descuidado. Quizá iba en busca de agua. No había nada que lo cubriera; ni un tronco, ni una peña. Levantó el arma y puso al perseguido en la mira telescópica. Contuvo la respiración -eso también lo había aprendido de su padre-, apuntó cuidadosamente al pecho y colocó el dedo en el gatillo. Empezó a oprimirlo con suavidad, para no errar el tiro. Y entonces algo lo detuvo. Nunca sabría qué fue lo que le impidió disparar. Quizá fue el pensamiento de que él llevaba la muerte y el otro era la vida, esa vida que habría de continuar aunque él no estuviera ya en el mundo. Bajó su rifle. Y el ciervo, el majestuoso ciervo, se perdió entre los árboles del bosque... FIN.




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