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Artículo

¡¡¡La tercera!!!


Guadalupe Loaeza

Después de escuchar con sumo interés los dos discursos del flamante Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, llegué a la conclusión de que lo había hecho partida por la mitad, dividida en dos partes.

Mi parte izquierda (“la chaira”) quedó más que convencida respecto a la Cuarta Transformación política, así como del inicio de un nuevo Gobierno porque “se acabará con la corrupción y con la impunidad que impiden el renacimiento de México”. Valoré la buena voluntad del Presidente en convertir la honestidad y la fraternidad en forma de vida y de gobierno.

Una vez que López Obrador nos expuso ampliamente una radiografía histórica de los pasados regímenes neoliberales, comprendí mejor el daño que habían hecho, especialmente a los más desprotegidos, los que nunca fueron beneficiados, ni por la globalización, ni por los supuestos logros de la economía mundial, ni mucho menos por la modernidad.

De allí que la desigualdad y la pobreza se hayan cuadriplicado en los últimos 35 años. Más de 50 millones de mexicanos, sin ser escuchados, ni tomados en cuenta durante años, pero no nada más por parte del Gobierno, sino también por buena parte de los que sí nos privilegiábamos del sistema neoliberal.

¿Cuántas veces salimos a la calle para protestar por los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, cuántas contra la subida de precio de la gasolina, cuántas contra la casa blanca y cuántas contra el trato de Trump contra nuestros compatriotas? A pesar de que las únicas noticias que se escuchaban eran las relacionadas a la corrupción, a los excesos de los políticos, a sus residencias, viajes, etcétera, etcétera, pero sobre todo, a la impunidad, la mayoría de los mexicanos no protestábamos. Y a los que sí lo hacían, ni los veíamos, ni los escuchábamos.

Con esto quiero decir que el cambio que nos espera nos lo ganamos a pulso. Nos guste o no nos guste, urge una “profunda y radical” transformación.

Porque la llamada de atención de López Obrador en su discurso de toma de protesta, del lamentable estado en que recibió el país es, sin duda, la “tercera llamada, tercera...”, es decir, la última oportunidad de lograr crecimiento económico y bienestar para los millones de pobres mexicanos, de una economía, la cual no canta mal las rancheras, si tomamos en cuenta que es la segunda de Latinoamérica.

Incluso el Ing. Carlos Slim declaró respecto al discurso de López Obrador: “La mejor inversión es combatir la pobreza. Incorporar a la gente marginada a la modernidad con educación y empleo”.

El sábado pasado, el mismo día de la toma de posesión de AMLO y casi a la misma hora, se daban los terribles disturbios en los barrios más ricos de París de los llamados “chalecos amarillos”, apoyados últimamente por los estudiantes y el resto de la opinión pública.

Lo llamativo eran sus demandas, aparte de estar contra la subida de la gasolina y la carestía de la vida, muchas de ellas podrían coincidir con las de los mexicanos más pobres: “Aquí no hay jefes. Somos el pueblo”. “Estamos contra la mundialización y el capitalismo”.

Ellos también sienten un desprecio clasista y racista, como se explica este movimiento el humanista y filósofo francés, Alain Touraine: “Antes la Francia moderna representaba más de la mitad y ahora representa un cuarto, la otra parte se siente abandonada, no tomada en cuenta, no se sienten representados, ellos no entran en el mundo moderno. Hay que aumentar nuestra capacidad de negociación y disminuir la desigualdad. Democracia quiere decir que el pueblo reaccione, es mejor que se manifiesten a que no hagan nada” (France Culture).

Dividida como estoy en dos, tal como lo mencioné al principio del texto, con mi otra parte (la fifí, la conservadora, la simuladora y la que no quiere dejar sus privilegios) también escuché el discurso.

Confieso que el segundo ya no me gustó por reiterativo, éste me pareció populista y muy manipulador. Confieso que me dio miedo la expresión del flamante Presidente mientras le hacían la limpia entre nubes de incienso, su rictus era de absoluta soberbia, como si en esos momentos hubiera estado conectado con el Olimpo.

Cien promesas son muchas. Si cumple la mitad de lo prometido, y acaba con la mitad de la corrupción, yo le aplaudo. No lo haré si divide a la sociedad mexicana, si no escucha a sus críticos y si perdona a los políticos corruptos.

Mientras tanto escuchemos con responsabilidad la tercera llamada, tercera... y démosle a nuestro nuevo Presidente el beneficio de la duda.

gloaezatovar@yahoo.com




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