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De política y cosas peores

El exterminador de termitas


Catón

¿Por qué la esposa de don Cornífero se hallaba en la cama si el reloj marcaba ya la una de la tarde? El señor, viajante de comercio, había regresado sin aviso de un prolongado periplo, y se amoscó al ver así a su cónyuge, tendida en el no tendido lecho y en un estado de agitación nerviosa que no podía disimular. Don Cornífero hizo lo que cualquier marido en su caso habría hecho: abrió la puerta del clóset. En su interior estaba un individuo en cueros, quiero decir nudo, corito, descalzo de los pies a la cabeza. “¿Quién es usted?” -le preguntó el esposo hecho una furia. Era imposible que el interrogado sacara su tarjeta de presentación. Estaba, como dice el vulgarismo, en pelota. Respondió, sin embargo: “Soy el exterminador de termitas”. “¿Exterminador de termitas? -se atufó don Cornífero-. ¿Así, sin ropa?”. El individuo fingió revisarse y dijo luego: “Caramba. El problema es más grave de lo que yo creía”... “Este hogar es católico”. Así rezaba en tiempos ya pasados el letrero que muchos ponían en la ventana de su casa para evitar la visita de misioneros evangélicos. Alguien con buen sentido del humor puso su propio cartel: “Este hogar es caótico”... “¿Cuáles son las tres partes del cuerpo de la mujer que, según las estadísticas, el hombre besa primero antes de proceder a realizar el acto del amor?”. El concursante en el programa de preguntas y respuestas vaciló. “Los labios” -aventuró inseguro. “Muy bien” -confirmó el conductor del programa. “El cuello” -prosiguió dudoso. “¡Correcto! -exclamó el otro-. Y ahora, por el gran premio de los 64 pesos (también ahí ha llegado la austeridad), díganos cuál es la tercera parte del cuerpo de la mujer que el hombre besa antes del acto del amor”. El concursante había llevado consigo a un asesor francés, pues ya se sabe que los franceses tienen fama de dominar las artes amatorias. Se volvió hacia él para pedirle ayuda. Le dijo el hombre: “A mí no me preguntes, mon ami. Yo ya me equivoqué en las primeras dos respuestas”... Ella: “Te he entregado mi virginidad. ¿Qué puedo esperar de ti?”. Él: “¿Un recibo?”... El jefe de personal a la aspirante a secretaria: “¿Tiene usted referencias?”. La aspirante: “Tengo tres: 90-60-90”... El señor: “Mi mujer se pone amorosa cuando brilla la luna”. “El amigo: “Conmigo se pone así cuando brilla la lana”... Don Martiriano, el sufrido consorte de doña Jodoncia, a la estupenda morenaza: “Señorita: me dicen que tiene usted fama de destruir matrimonios. ¿Podría hacerme el favor de destruir el mío?”... La linda chica: “Me dijo mi jefe que si accedía a pasar un rato agradable con él me regalaría un reloj”. La amiga: “A verlo”... El marido a su esposa, que lo sorprendió en trance erótico con una bella rubia en el domicilio conyugal: “Tú tienes tus ideas para decorar la casa, y yo tengo las mías”... Doña Gorgolota a sus invitados, luego de que su esposo cayó muerto en la mesa de la comida: “Supongo que después de esto ninguno de ustedes querrá probar mi sopa de hongos”... La hija: “Me salió un pretendiente riquísimo, pero es viejo, gordo y calvo”. La mamá: “Si es rico entonces es maduro, robusto y de frente despejada”... El escultor de la Venus de Milo: “La hice así porque los brazos y las manos nunca me han salido bien”... Capronio a la madre de su esposa: “Usted y yo tenemos algo en común, suegra. A los dos nos habría gustado que su hija se hubiera casado con otro hombre”... El obsequioso caballero: “Y dejando a un lado el incidente, ¿qué tal estuvo la función, señora Lincoln?”... El antropófago al misionero metido hasta el cuello en la olla puesta al fuego: “Ya habíamos abandonado esta bárbara costumbre, pero se nos ocurrió independizarnos, y ahora afrontamos un problema de falta de alimentos”... FIN.




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