05/12/2018

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Pasadizo secreto

Boda en el barrio


Miguel Rodríguez Sosa

En Nuevo Laredo, cuando la gente no tenía para más, ese polvoriento, pero enorme patio se convertía de la noche a la mañana en ese espacio suficiente para el acomodo de sillas y mesas, los niños y niñas se emocionaban desmontando los matorrales, ese hierbajal que por donde quiera crecía por igual se removía, después se aplanaba esa dura tierra, la pista de baile casi estaba lista, todos los vecinos cooperaban con algo, ya que por supuesto nadie quería faltar, el perderse esa boda en el barrio.

Los ecos de ese enlace llegaban a los familiares de otras ciudades, pueblos o ranchos, y al enterarse de que se va a casar Rosita, nunca faltaba la tía que se ofrecía a preparar el rico platillo, entonces sugería su receta favorita, ese pollo en pipián con chispas de ajonjolí, acompañados de arroz, pero cocinado en cazuela de barro para que “amarre” mejor el sabor, sin faltar esos ricos frijoles de holla y tortillas de maíz recién hechas a mano.

El repertorio musical no era muy extenso, la música en vivo era el alma de la fiesta, garantía de diversión, por lo mismo se “agarraba” algún grupo localero para amenizar la gran boda, entonces “Los Diplomáticos”, “Los Faraones”, entre algunos otros eran las “estrellas”.

Aunque estaba prohibido ver el ajuar de la novia, las jovencitas se las ingeniaban para convencer a su amiga, esa que se iba a matrimoniar para que las dejara admirar sobre todo ese esplendoroso vestido bordado a mano, trabajo realizado en casa, hecho por la mamá de la novia con ayuda de la discreta costurera de la esquina.

Y así ilusionadas, las jovencitas regresaban al vecindario en donde las mamás las esperaban, y sabiendo que estaban deseosas de acudir a ese evento sagrado, las jefas de familia aprovechaban para exigirles, indicarles y condicionarles que para ir tendrían primero que limpiar y sacudir toda la casa, lavar ropas y sábanas, ayudar en la cocina, por supuesto atender a los hermanitos menores, el premio comprarles esa tela para confeccionar entre ambas su vestido.

Casi por arte de magia, esos “esquineros” que siempre estaban ahí sin quehacer, sin ánimo de hacer nada, no más de saber que iba a ver “liana” andaban como buenos samaritanos cargue y cargue cuanta cosa fuera necesaria, de utilidad para la fiesta, sobre todo esos 50 cartones de cerveza de los que ya no se despegaban, hasta le hacían guardia.

Por supuesto que el día de la boda nunca faltaba el borrachales que luego luego se quedaba dormido, el peleonero que se le advertía que si no se calmaba lo sacaban, la despampanante que de todos los maridos robaba miradas, el voluntario y arriesgado cantante que tras una buena desafinada como quiera complacía.

Hoy queda claro que, aunque no se tenga mucho dinero, se desean más comodidades, elegancias, por lo que ahora en vez del patio se ha optado por el salón, en lugar de un grupo musical se escoge un sonido digital, se ha pasado del platillo casero a ese exquisito banquete, del vestido de novia con ideas hogareñas a ese costosísimo atuendo nupcial.

Por supuesto que con la modernidad en puerta no se puede hacer ya nada, mas sin embargo es bueno no olvidar en estos o en cualquier otro tipo de eventos, el tejer sus propias historias familiares, incrustando esas viejas, pero aún arraigadas costumbres, tradiciones que por siempre han acompañado la vida de muchos y muchas neolaredenes.




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