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Días de plomo


Denise Dresser

Días de plomo. Días de una violencia que no abate ni acaba ni disminuye, como escribe Héctor de Mauleón en su crónica sobre periodistas asesinados en los últimos tiempos. Un país en el cual ser joven, con bajo nivel de educación, y desempleado significa estar en peligro de muerte. Un país de policías que se vuelven criminales, criminales que torturan por placer, autoridades que en lugar de ayudar a las víctimas las extorsionan. Donde la autodefensa se ha vuelto legítima. Donde la venganza es ejercida por mano propia ante el pasmo del gobierno, o su complicidad.

Un país retratado magistralmente por la película “Heli” de Amat Escalante, ganadora de la Palma de Oro por Mejor Dirección en el Festival de Cannes. Un largometraje que alguien debería obligar a Felipe Calderón a ver, a contemplar, a interiorizar. La realidad que el ex presidente dejó tras de sí. La realidad que todo mexicano necesita comprender y rechazar. Un México corrompido por las drogas. Un México volcado hacia la violencia. Un México corroído por la corrupción. Lejos de la narrativa gubernamental de éxito y cerca de la tragedia humana de todos los días, en pueblo tras pueblo, en familia tras familia.

Heli como arquetipo de cualquier muchacho mexicano encasillado por circunstancias difíciles, por oportunidades limitadas, por los candados que ser pobre en México le colocó. Y sin embargo, reflejado en él, la pequeña esperanza de salir adelante, de hacer las cosas bien, de cuidar a su familia, de proteger a su hermana. La esperanza retratada en la pantalla, con una cinematografía llena de luz, donde la planicie y los atardeceres capturan la belleza austera del México rural.

Pero de pronto, la irrupción en sus vidas de un joven cadete del Ejército quien - cansado de los rigores y abusos de su vida en el Ejército- busca seducir a la hermana menor de Heli. Y tiene buenos motivos para huir: el Ejército aparece como una organización arbitraria, cruel, donde los jóvenes reclutas son obligados a revolcarse en su propio vómito, bajo la mirada implacable de un entrenador estadounidense. Al igual que el joven cadete, la hermana de Heli tiene sus propios motivos para huir. Una educación que no la lleva a ninguna parte, una familia asfixiante, un pueblo sin salidas. En su esfuerzo por huir juntos cometen un error por el cual todos pagarán caro, hasta con la vida.

Porque un general corrupto se había robado paquetes de cocaína y los había escondido. Porque Beto -el joven cadete- los encuentra y los toma como si fueran un boleto, un pasaje a otra vida. Porque Heli descubre el plan, y en un esfuerzo por proteger a su hermana tira la cocaína. Desatando con ello una cadena de violencia, de tortura, de muerte, de violación. Escena tras escena muestra a policías que matan porque pueden, a muchachos que torturan para entretenerse, a víctimas que tuvieron la mala suerte de cruzarse con el inframundo del crimen que jamás será castigado. El inframundo cada vez más presente y cada vez menos escondido, cada vez más poderoso y cada vez menos perseguido. El inframundo caracterizado por cuerpos que cuelgan de puentes peatonales o que son arrojados en parajes desolados, donde se vuelven huesos en el desierto.

Heli tiene que enfrentarse a aquello que es una vivencia cotidiana para millones de mexicanos. La autoridad que acusa en vez de investigar; la policía local que intimida en vez de ayudar; la detective asignada al caso que sólo ofrece reabrirlo a cambio de favores sexuales. Lo que vive Heli es un microcosmos de lo que padecen tantos mexicanos más. La brutalidad del narcotráfico que infiltra cada calle y cada colonia. La indolencia de la autoridad que cierra los ojos o le tiende la mano al crimen organizado. La corrupción de la policía que sirve al mejor postor. Como película, “Heli” sacude. Como retrato de la realidad, “Heli” incomoda. Como testimonio de nuestro tiempo “Heli” debería llevar a la exigencia de cambios constantemente prometidos pero históricamente incumplidos. El combate a la corrupción. La profesionalización de la policía. La autonomía del Ministerio Público. La creación de oportunidades para mexicanos jóvenes con vidas amuralladas.

“Heli” termina con un mensaje preocupante, desconcertante, demoledor. El protagonista sólo encuentra la paz cuando toma la ley en sus propias manos, cuando sigue la consigna de “ojo por ojo, diente por diente”, cuando le hace a otro lo mismo que le hicieron a su familia. La venganza, entonces, se vuelve una forma de redención. Una ruta a la absolución. Una manera de recobrar la paz perdida. Y por más que uno sienta empatía por Heli, su acción final no merece ser aplaudida o emulada o aceptada. Recuerda demasiado a los grupos de autodefensa que están surgiendo por todo el país, pistola en mano. Recuerda demasiado a los que están persiguiendo, neutralizando y castigando al margen de la ley y sin la contención necesaria que debe asegurar. Y como bien nos recordaba Gandhi, si todos recurriéramos al mandato del “ojo por ojo”, el mundo entero acabaría ciego.






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