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Artículo

Campo de guerra


Denise Dresser

La palabra ‘campo’. Usada para describir el terreno extenso fuera de las ciudades, el lote baldío, la tierra de cultivo, el lugar de los juegos, de los duelos. Usada por Sergio González Rodríguez en su libro Campo de Guerra -Premio Anagrama de Ensayo 2014- para describir el lugar en el que nos hemos convertido. Un país como tantos en el siglo XXI, donde el combate al tráfico de drogas se ha vuelto un objetivo de guerra. Como el terrorismo. Como la insurgencia. Las sociedades actuales y futuras, que combinan carices tecnológicos y militares. Sociedades vigiladas, controladas.

En México un campo de guerra más allá de las fronteras nacionales, que se despliega hacia el norte y hacia el sur, como parte del Comando de América del Norte. Campo de excepción. Campo posnacional de líneas porosas, donde se entrecruzan la vigilancia aérea y terrestre del ejército estadounidense junto con las tareas convergentes del crimen organizado. Campo modificado a su vez por el dominio de grupos criminales cuyas actividades han reconfigurado el mapa interior del país. El secuestro, la extorsión, el robo, el tráfico de mujeres y niños, la prostitución, el cobro de derecho de piso y de paso. La dislocación social que trae consigo una cartografía movediza. Inestable. Volátil.

Urbes reformuladas por la fuerza del crimen organizado y las componendas del gobierno federal, estatal y local. Produciendo el daño del exilio o la expulsión o la sumisión o la coacción bajo el nuevo orden criminal-institucional. Produciendo el ascenso del modelo carcelario como alternativa del gobierno urbano, donde los delincuentes coludidos con funcionarios ejercen el poder público de la sociedad. Produciendo una población -privada de sus derechos- que vive en un régimen cotidiano de terror. Todo ello oculto por una política de simulación apoyada por los partidos políticos, las cámaras de diputados y senadores, el sistema judicial y penal, y los propagandistas. Todos los que apoyan esa simulación.

Un Estado que simula legalidad al mismo tiempo que construye un an-Estado (del prefijo ‘an’, del griego que significa negación o privación de sí mismo). Caracterizado por la compulsión a emitir más y más leyes, más y más penas en lugar de producir Derecho y cumplirlo. Desde los preceptos constitucionales hasta las leyes y reglamentos existentes. Y por ello se vive en la cultura de la a-legalidad. Al mismo tiempo que se despliega una estrategia contra el narcotráfico y el crimen organizado con dos vertientes: 1) continuar con los compromisos de la Iniciativa Mérida y 2) simular un cambio de prácticas y discurso “pacifista” por parte del gobierno de Enrique Peña Nieto, al mismo tiempo que asume la inercia que su antecesor dejó.

Cinco ciudades mexicanas entre las más violentas del mundo: Ciudad Juárez, Acapulco, Torreón, Chihuahua, Durango. En 2010, Nuevo León pasó de ser uno de los estados más seguros a uno de los tres más peligrosos del país. Pandillas que mutan en superpandillas con las ventajas del internet, la telefonía móvil, las redes sociales. Un gobierno que apresa o elimina a unos sólo para ver -con impotencia- cómo surgen otros. Una guerra sin fin a la vista. Y en el horizonte, la “normalización” de la violencia comunitaria, el fortalecimiento de un Estado que justifica su carácter represivo, la implantación de una maquinaria de guerra porque somos el traspatio de un país -Estados Unidos- al cual le interesa perpetuarla.

En la Oficina Binacional de Inteligencia en el Distrito Federal cohabitan funcionarios y agentes del Pentágono, la CIA, el FBI, la ATF, así como los Departamentos de Justicia, de Seguridad Interior y del Tesoro. El Pentágono opera mediante la Agencia de Inteligencia Militar, la Oficina Nacional de Reconocimiento, y la Agencia Nacional de Seguridad. También está el Departamento de Seguridad Interior y el Departamento del Tesoro tiene agentes de la Oficina de Inteligencia sobre Terrorismo y Asuntos Financieros. Una vasta burocracia que no logra lidiar con el problema del narcotráfico y la violencia, porque no entiende su complejidad.

Porque reduce retos institucionales, políticos y sociales a un simple juego de policías y ladrones. Porque la estrategia bélica no atiende un círculo vicioso: el narcotráfico erosiona el imperio de la ley, y esta debilidad facilita los negocios ilícitos. Mientras tanto, el gobierno y las clases dirigentes mexicanas se niegan a modificar su mentalidad. La crisis escala a mayores grados de violencia. El campo mexicano se aleja de las estrellas y nosotros, varados allí.




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