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Artículo

Izquierda igualada


Denise Dresser

Una izquierda omisa. Una izquierda corrompida. Una izquierda cómplice. Una izquierda que en lugar de distanciarse de la podredumbre del PRI, logra igualarla. En Iguala, donde tiene las manos manchadas de la sangre de 43 normalistas. Secuestrados por la Policía Municipal siguiendo órdenes del presidente municipal perredista y prófugo. Descuartizados, quemados, enterrados. Mientras el liderazgo del PRD justifica sus gobiernos, argumentando que el crimen organizado ha penetrado a todos los partidos. Como si eso disculpara a un partido que ha perdido todo sentido de ética, de responsabilidad, de vergüenza. Como si eso lo eximiera, lo redimiera, lo salvara de hacer lo que tiene que hacer. Empezando por la renuncia del gobernador Ángel Aguirre.

Porque si no lo exige, seguiremos contemplando la tragedia de una izquierda que se sabotea a sí misma. Seguiremos presenciando cómo se auto-inflinge heridas, día tras día, desde los ocurrido en Ayotzinapa. Con declaraciones huecas de su nuevo presidente Carlos Navarrete. Con posicionamientos ambiguos en vez de condenas claras y deslindes imprescindibles. Un PRD más interesado en mantener posiciones políticas y prerrogativas económicas que en hacer lo correcto. Lo necesario. Lo aplaudible y eventualmente redituable. Decir que el PRD no es tan sólo el PRI redivivo y que no continuará mimetizando sus prácticas. Decir que aunque Eruviel Ávila no pierda el puesto por Tlatlaya que Ángel Aguirre lo hará por Iguala.

Y que el PRD explicará creíble y detalladamente quién supo qué y cuando sobre las actividades delincuenciales del alcalde José Luis Abarca. Y que el PRD explicará creíble y detalladamente cómo el gobernador Ángel Aguirre ha podido cerrar los ojos ante la descomposición de su estado.

Escudándose en argumentos pueriles como “Yo llegué aquí mayoritariamente por el pueblo de Guerrero, a él me debo y que se someta a consulta organizada por el INE y que sean los guerrerenses quienes determinen si me quedo o me voy”. Aferrándose a un puesto que debería dejar por voluntad propia o por la exigencia de su partido ante la realidad que se niega a reconocer. Guerrero atrapado en una espiral de violencia. Guerrero ingobernable. Guerrero a la deriva sin liderazgo. Guerrero gobernado por una izquierda que no pudo con el paquete que ahora quiere depositar exclusivamente en manos del gobierno municipal. También perredista.

Y no es que Aguirre deba irse por lo que dicen los “opinotecnócratas”, como los llama. Debe irse para que el PRD pueda presentarse ante el electorado con un mínimo de decencia. Con un mínimo de responsabilidad política. Con un mínimo de respeto hacia los normalistas asesinados y sus familias. Porque si no lo hace, la izquierda continuará contribuyendo a la impunidad que denuncia, pero no levanta un dedo para combatir. Porque si no lo hace continuará contribuyendo a la interacción intensa entre el crimen organizado y los partidos políticos, hasta llegar al grado en el que se vuelven indistinguibles. Una izquierda fundada para combatir los crímenes de Estado, que acaba solapándolos. Intentando escabullirse de algo que debería llevar al PRD a colocarse ante el espejo, en vez de cerrar los ojos.

Gobiernos perredistas han estado involucrados – por acción u omisión – en ataques contra los pobres. Los marginados. Los olvidados.

Los despreciados. Los estudiantes de normales rurales que han sido objeto de agresiones permanentes desde el poder. Aquellos a quienes la izquierda debería dar voz y ha terminado por acallar. El PRD emerge de los eventos de Iguala como el partido de los represores y los evasores; el partido que sólo aceptaría que se fuera Ángel Aguirre si Eruviel Ávila renunciara también; el partido que en lugar de enarbolar las mejores causas sucumbe a los peores reflejos del poder: ofuscar, relativizar, tapar, minimizar.

Y los líderes del PRD negando que eso sea cierto. Negando la responsabilidad de un desenlace que han ayudado a crear. Insistiendo en escenificaciones teatrales -como pedir perdón- que dañan su reputación en lugar de enaltecerla. La negación de la realidad de una izquierda que para llegar al poder se corrompió con candidatos que nunca debieron serlo.

La negación como mecanismo de defensa que impide la autocrítica. Esa verdad ineludible con la que el PRD carga de ahora en adelante. Cuarenta y tres muchachos muertos. Un alcalde homicida y prófugo.

Un gobernador omiso e irresponsable. Una izquierda que a la hora de rendir cuentas actúa de la misma manera que el priismo al que tanto condena. Una izquierda igualada.




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