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Artículo

Alma de charol


Denise Dresser



“No estoy en contra de la policía; sólo le tengo miedo”, decía Alfred Hitchcock en una frase que resume el sentir hoy de muchos mexicanos.

El temor ante quienes deberían proveer seguridad, pero contribuyen a minarla. El recelo ante quienes deberían proteger, pero terminan amenazando.

La policía que nos mantiene lejos del sosiego y cerca de la ansiedad, lejos de la paz y cerca del miedo. La policía que cayó 10 puntos en la confianza de la ciudadanía en los últimos seis meses, situándose por debajo de la Iglesia, el Ejército, el Congreso, e incluso los partidos políticos.

La policía que nos lleva a estar siempre alertas, siempre nerviosos, siempre sospechosos de cualquier encuentro, cualquier contacto. Invadidos por el temor fundado a denunciar un crimen, ser detenidos, ser interrogados, ser abordados por una patrulla, ser entregados a una banda criminal, convertirnos en el número 44.

La policía no ha sido una solución a la inseguridad; ha sido un problema que contribuye a exacerbarla. Por la infiltración, por la corrupción, por la politización, por la ausencia de regulación.

La crisis de Iguala devela una institución que requiere una reforma profunda. Un cambio contundente. Una transformación de gran envergadura para que pueda proteger y servir en vez de golpear y extorsionar.

Pero lo que ha propuesto Enrique Peña Nieto en su decálogo reciente no reconoce la profundidad de la crisis de confianza que aqueja a las fuerzas policiales.

Crisis presente en las calles, en las marchas, en las redes sociales, en la prensa internacional, en los golpeados por manifestarse en el Zócalo, pero no en la cabeza del Presidente o su equipo.

Un Gobierno que como respuesta ofrece la creación de policías estatales únicas. La centralización como solución. El mando único como panacea. La redistribución del poder de quien controla a la policía sin que ello implique remodelarla a fondo.

Todo ello sin consulta, sin evaluación, sin deliberación, sin un diagnóstico del estado que guardan las policías estatales, sin una evaluación de las experiencias de mando único en diversas entidades del país, sin un análisis comparado de ejemplos internacionales de reforma policial. Un cambio con los ojos bien cerrados. Un salto al vacío. Un ejemplo más de la ocurrencia convertida en política pública.

Por eso la oposición de los ciudadanos del Consejo de Seguridad Pública, de organizaciones de la sociedad civil, de movimientos sociales, de expertos.

Por eso el cuestionamiento de Insyde a la centralización policial, dado que -según el INEGI- la diferencia entre quienes creen que la policía estatal es corrupta y los que piensan que la policía estatal también lo es se reduce a nada más 4 puntos porcentuales: 67 y 63 por ciento, respectivamente.

Enrique Peña Nieto quiere menos corporaciones policiales, pero no explica cómo van a ser menos corruptas. Quiere mandos “súper dotados”, pero no explica cómo van a volverse modernos. Quiere las mismas culturas verticales, pero no explica cómo van a estar sujetas a controles horizontales.

Pero más problemático aún: no contesta la pregunta de qué policía queremos. Y ésta es una interrogante que pocos saben o desean contestar. Es una interrogante que el Código Nacional de Procedimientos Penales no quiso ni siquiera encarar.

Porque la policía es un instrumento de control político que la clase política no quiere soltar, ni transparentar, ni regular, ni normar. La PGR y los gobernadores y los presidentes municipales se valen de ella para múltiples tareas que poco tienen que ver con la seguridad ciudadana.

La policía es usada para perseguir, torturar, extorsionar, golpear, amedrentar o arrestar conforme a cuotas. Es usada para cometer crímenes de Estado en lugar de prevenir que ocurran. Es odiada en vez de ser respetada.

Reformarla requerirá mucho más de lo que el Presidente ha planteado y la PGR quiere evitar. Una ley nacional de policía que regule su comportamiento, comenzando por la investigación, pasando por la aprehensión, llegando hasta el juicio.

Porque como escribió Federico García Lorca en “Romance de la Guerra Civil Española”, los uniformados “con el alma de charol vienen por la carretera, jorobados y nocturnos". Y de allí el imperativo de sacarlos a la luz, devolverles la dignidad, profesionalizarlos para que dejen ordenar silencios de goma oscura y miedos de fina arena.

Porque cada país tiene el tipo de policía que exige, y en México es tiempo de tener una policía que aprehende a criminales y no sólo los mimetiza. Una policía con alma de servicio y no nada más alma de charol.

opinion@elnorte.com




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