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Artículo

Periodismo en resistencia


Denise Dresser

Historias del país del absurdo. Historias del país de la contradicción. México hoy, donde la libertad de expresión y prensa habitan en la simulación de leyes que dicen defenderlas. Donde para los periodistas las palabras más comunes son miedo, silencio, muerte, censura, o un nuevo eufemismo: despido por “abuso de confianza”. Una realidad descrita en el reporte anual de la organización Artículo 19, sobre la violencia cometida contra periodistas en México. Y el título lo dice todo: “Estado de censura”. Estado de indefensión para defensores de derechos humanos, blogueros, tuiteros, dirigentes sociales y estudiantiles que viven en la aprensión permanente. Porque alzar la voz para denunciar, disentir, criticar, conlleva un alto riesgo.

El nombre del texto no es fortuito. Invita a sus lectores a jugar con las palabras. Estado como gobierno que censura, o bien el Estado como clima que lleva a los comunicadores a alinearse, auto-censurarse, mimetizar el discurso oficial. Estado de miedo de que la reprimenda puede llegar en cualquier momento. Y el miedo crece día con día ya que durante 2014 se documentaron 326 agresiones contra los medios, sólo cuatro menos que el año anterior. Durante los primeros dos años de Enrique Peña Nieto 10 periodistas han sido asesinados. Durante el gobierno de Felipe Calderón se agredía a un periodista cada 48.1 horas; en lo que va del sexenio de Peña Nieto la agresión ocurre cada 26.7 horas. En el Distrito Federal. En Quintana Roo. En Veracruz. En Guerrero. Las entidades más peligrosas para decirle al poder lo que no quiere oír.

El internet -santuario para muchos medios- también se ha vuelto un lugar común para los ataques, las amenazas, el hostigamiento. Un lugar en el cual los contenidos son falsificados y los portales son atacados y los periodistas difamados. Un sitio en el cual, desde el anonimato, se nos llama “putas” y se nos escribe: “respeta a @epn o te colgaremos del culo con un gancho de carnicería, perra” o se nos tuitea “respeta a nuestro presidente @epn te vamos a matar maldita perra, arriba el PRI aunque te duela”. Las agresiones a mujeres comunicadoras y documentadoras aumentó 20 por ciento en los últimos dos años. Y toma una dimensión particular. Atenta contra la dignidad, atrae la atención morbosa sobre la privacidad, usa el género como un pretexto para patear.

El cerco se va cerrando, de manera deliberada. En este gobierno, el promedio de agresiones a la libertad de expresión subió 80 por ciento. En este gobierno, 48 por ciento de las agresiones contra periodistas han sido cometidas por algún funcionario público.

El Estado mismo amordaza. Quien debería proteger la libertad de expresión se convierte en el principal perpetrador de ataques en su contra. Porque a pesar de leyes, mecanismos, y fiscalías “especiales” la total impunidad de quienes agreden a la prensa persiste. Porque la democracia mexicana agoniza al lado del periodismo libre. Porque Angélica Rivera no quiere vender su Casa Blanca ni Luis Videgaray aclarar las condiciones de compra de la suya. Porque el PRI quiere ganar la Ciudad de México con las redes que tejió Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre. Porque el gobernador de Quintana Roo prefiere matar al mensajero que atender su mensaje.

He allí el caso de Edwin Canché, torturado por fotografiar el choque del sobrino del alcalde. O el de Gregorio Jiménez, asesinado por un comando armado. O el del periódico Noroeste de Sinaloa, objeto de 47 incidentes de robos, despojos, agresiones físicas, amenazas y asaltos.

O el de Karla Silva, golpeada por tres hombres, para que “le bajara de huevos a sus notas”. O el de Pedro Canché, encarcelado por documentar un desalojo. O el del semanario Luces del Siglo, clonado 61 veces, en las cuales las portadas han sido falsificadas para hacer referencia a los supuestos logros del gobernador, Roberto Borge.

O el de Carmen Aristegui, despedida supuestamente por el “uso de una marca”, cuando la verdadera historia incluye lineamientos editoriales -equivalentes a la censura- que la empresa pretendía obligarla a firmar, y el papel de mediador amistoso que debía ejercer José Woldenberg, a quien MVS prefirió ignorar.

Ante estos casos la sociedad debe pelear por la libertad que se va perdiendo, periodista asesinado tras periodista censurado. Pelear por la libertad de saber, pronunciar, argumentar, investigar Casas Blancas y líderes políticos con historiales negros. Defender la libertad que -como dice Yoani Sánchez- es la posibilidad de pararse en una esquina y gritar: “Aquí no hay libertad”.






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