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Artículo

Elección Alka-Seltzer


Denise Dresser

Somos Suiza. Suecia. Dinamarca. Un país donde el “voto sirve”, los castigos a partidos que gobiernan mal existen y son eficaces, el proceso electoral es como un “viento fresco de la noche”, los candidatos independientes son un “eficaz desahogo de los hartazgos”, el voto nulo es irrelevante, los niveles de participación fueron altos, la alternancia “le encanta a los mexicanos” y la elección debe ser aplaudida porque “tuvimos candidatos transparentes”. ¡Bravo! ¡Hurrah! ¡Albricias!

A descorchar las botellas de champaña y a darnos palmadas en la espalda por el “proceso civilizatorio” que vivimos. A aplaudir el “éxito” sin preguntarnos a quién beneficia. A quién hace sentir bien. ¿A los ciudadanos o a los partidos?

Leo estas opiniones autocongratulatorias y me parece que provienen de un país paralelo. Un país donde las elecciones llevan a una mejor manera de gobernar por parte del partido que gana. Un país imaginario que contradice la realidad cotidiana de millones de mexicanos que salen a votar -en un acto de fe- esperando que el voto ayude a encarar los problemas del país. Un país irreal que sólo existe en la cabeza de los progenitores de nuestro sistema electoral, que sienten el imperativo de defender al hijo que procrearon aunque ahora sea manco, cojo, ciego y asesino en serie. Y al hacerlo defienden lo indefendible. Lo que no funciona, o sólo lo hace para partidos que siguen siendo poco representativos, que siguen eludiendo la rendición de cuentas, que siguen exigiendo el voto, pero regresan poco a cambio de él.

Ni lo mínimo. De más de 16,000 candidatos sólo 397 se dignaron a presentar su declaración patrimonial, su declaración de impuestos, y su declaración de conflicto de interés. Menos de una tercera parte de los candidatos a diputados entregaron su currículum al INE. La famosa equidad electoral por la que peleamos con sangre sudor y lágrimas fue reducida a una farsa por las ilegalidades del Partido Verde, impulsadas por las televisoras y solapadas por las autoridades electorales. Sólo hubo 127 candidatos independientes, y entre los pocos que ofrecieron una agenda genuinamente ciudadana está Pedro Kumamoto, diputado local. El Bronco es una interrogante dado su pasado priista y el financiamiento que recibió del establishment de Nuevo León.

¿Y qué decir de la alternancia y el voto de castigo? La alternancia en lugares como Sonora propulsa al poder a una mujer que viajaba en aviones privados de empresarios a los cuales benefició, y a quienes les pedía -en conversaciones grabadas- que “se pusieran guapos”. En Guerrero la alternancia trae consigo un gobierno del PRI de la mano del PVEM. El Verde gana más curules que en toda su historia, gracias a la compra del voto y la publicidad electoral en Chiapas que el INE se dedicó a ignorar. He allí la otra cara de la elección “ejemplar”, construida con kits escolares.

Pero nos dicen con desdén que “los anulistas tendrán dificultades para encontrar argumentos”, cuando si algo quedó claro es que el voto nulo tiene una base dura del 5 por ciento, mayor al de cuatro partidos. Y eso sin campañas, sin financiamiento, sin recursos, sin spots, sin una coalición, como se formó en 2009.

Junto al abstencionismo, la votación por candidatos independientes y la votación por Morena de quienes vieron allí una “nueva” opción, el anulismo demuestra el descontento. La desazón. La falta de representación. La queja ante los que gastan nuestro dinero, pero no rinden cuentas sobre cómo lo usan. La corrupción constante en una clase política donde no todos son iguales, pero se asemejan mucho a la hora de gobernar. La ausencia de alternativas en estados donde ha habido años de alternancia sin cambio. Donde la población ha visto pasar por el poder a panistas, priistas, perredistas, o verde ecologistas sin modificaciones sustanciales en el ejercicio del puesto.

Y no escribo esta reflexión con el afán de ser aguafiestas sino con la esperanza de generar una reflexión colectiva sobre lo que aqueja al sistema político/electoral. Un sistema en el cual las elecciones no se llevan a cabo para llevar la voz del ciudadano a una curul o a una presidencia municipal o a la oficina del gobernador. Ocurren puntualmente cada tres o seis años -a un costo cada vez mayor- para permitir el reparto de prerrogativas, la asignación de contratos, la rotación de élites impunes. Creer que el problema de la corrupción gubernamental/partidista se va a resolver tan sólo votando por partidos pequeños o candidatos ciudadanos o Morena, es pensar que una úlcera sangrante se cura con un Alka-Seltzer.

Ático.- Los comentarios positivos sobre los resultados de las recientes elecciones contradicen la realidad.




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