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Cansados de reyes


Denise Dresser

“Dios dijo, estoy cansado de reyes. No los sufro más. A mi oído la mañana trae la indignación de los pobres”. Eso escribió Ralph Waldo Emerson. Esa frase viene a la mente al leer el magistral reporte sobre la desigualdad en México de Gerardo Esquivel publicado por Oxfam. Reyes y pobres. Ganadores y perdedores. Los que concentran la riqueza y los que no tienen acceso a ella. Carlos Slim coexiste con 23 millones de personas que no pueden adquirir la canasta básica; que no tienen dinero suficiente al día para comer. Un país con uno de los niveles de desigualdad más altos del mundo. Un país con una subclase permanente, donde crece el ingreso per cápita, pero se estanca la tasa de pobreza.

Con datos alarmantes, cifras preocupantes. Al 1% más rico le corresponde el 21% de los ingresos; el 10% más rico concentra el 64.4% de toda la riqueza del país. La riqueza de los millonarios creció en 32% entre 2007 y 2012, y excede por mucho las fortunas de otros en el resto del mundo. Dieciséis multimillonarios mexicanos cuya importancia y magnitud ha aumentado. En 2002 su riqueza representaba el 2% del PIB; en 2014 ese porcentaje subió a 9%. Y en los cuatro primeros lugares están hombres que han hecho sus fortunas a partir de sectores privados, concesionados y/o regulados por el sector público. Son “criaturas del Estado” al cual capturan, ya sea por falta de regulación o por exceso de privilegios fiscales. Mientras el PIB per cápita crece a menos del 1% anual, la fortuna de los 16 mexicanos más ricos se multiplica por cinco.

Beneficiarios de la falta de impuestos a las ganancias de capital en el mercado accionario. Beneficiarios de la ausencia de impuestos a las herencias. Beneficiarios de un capitalismo subóptimo que premia a los cuates mientras exprime a la población. Privilegiados vía una política fiscal que favorece a quien más tiene. Y mientras tanto la política social ha sido un rotundo fracaso, condenando a tantos al subempleo, a la economía informal, a vivir con la palma extendida esperando la próxima dádiva del próximo político. Un círculo vicioso de pobreza, en el cual los reyes siguen siendo reyes, los pobres siguen siendo pobres, y México se ha vuelto un país de ganadores donde siempre ganan los mismos.

Desatando con ello una sociedad polarizada y violenta. Desatando con ello una democracia de baja calidad, capturada constantemente por intereses que logran poner las políticas públicas a su servicio. México en la lista de los sistemas económicos donde los dueños del capital se apropian de una porción cada vez mayor del valor agregado. De allí la desigualdad creada, perpetuada, avalada por un Estado que en lugar de detonar el crecimiento para muchos permite la apropiación por parte de pocos. Un país con forma de pirámide con los beneficios concentrados en la punta, donde no están parados los innovadores sino sentados los rentistas; donde no están aquellos que han creado riqueza inventando sino extrayendo. Y en su base apenas uno de cada cinco mexicanos puede catalogarse como “o pobre y no vulnerable”

La desigualdad y la concentración excesiva de la riqueza son problemas estructurales que han ido creciendo con el paso del tiempo, y que las reformas de Peña Nieto no encaran. Son problemas sistémicos porque la extracción de rentas y la permisividad de la política fiscal son reglas y no excepciones. No es un asunto de mercados neoliberales rapaces sino de mercados manipulados ineficaces. Así el crecimiento económico acelerado es imposible. Como lo argumentan Santiago Levy y Michael Walton en “No Growth Without Equity? Inequality, Interests and Competition in Mexico”, el crecimiento no puede ocurrir en el contexto de un Estado que carece de credibilidad y mecanismos institucionales para proveer equidad, regular oligopolistas, rendir cuentas sobre Casas Blancas y Grupos Higa y licitaciones opacas y adjudicaciones amañadas.

Padecemos una estructura económica apuntalada por una nomenclatura de todos los partidos políticos que participa en el gatopardismo sexenal. Reformar para que todo quede igual. Reformar para que continúe la captura regulatoria, la extracción de rentas, los privilegios especiales, y la aplicación discrecional de la ley. Para que el equilibrio autosustentable que describe y critica Esquivel se mantenga intacto. Obstaculizando el crecimiento, bloqueando políticas fiscales progresivas, acentuando la desigualdad, impidiendo el surgimiento de un Estado que proteja derechos en lugar de comprar clientelas. Un Estado que sepa escuchar a los pobres y no solo coronar a los reyes.




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