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Mintiendo a México


Denise Dresser

Salvando a México. Rescatando a México. Moviendo a México. Ése era el mantra, el mensaje, el andamiaje narrativo del sexenio.

Pero ahora, tres años después de la restauración del PRI, Enrique Peña Nieto preside una Administración cuestionada y contenciosa que no ha cumplido las promesas de hacer de México un país más rico, más seguro, más educado, y menos corrupto.

A medio camino, la prensa internacional está repleta de notas sobre lo que no ha pasado en México; sobre lo que se ofreció y no se cumplió; sobre las expectativas que se generaron y los ánimos que se desinflaron; sobre el Presidente que empujó 11 reformas estructurales, pero tapó la corrupción que ahora lo empantana. La audacia reformista acabó avasallada por la mentira priista.

Encuesta tras encuesta lo revelan. A lo largo del país crece el consenso de que poco cambia y para bien.

Se reconocen algunas victorias como la inversión en el ámbito energético, la reforma educativa que avanza pese a las resistencias locales y sindicales, la competencia en telefonía con la llegada de AT&T. Pero los logros modestos palidecen frente a la agenda ambiciosa de reformas que Peña Nieto negoció desde el poder.

El gobierno peñanietista está atorado, atascado, desacreditado. Ofreció una reforma fiscal de fondo y no pudo negociarla; ofreció una reforma al sector energético que detonara el crecimiento económico y no queda claro si ocurrirá; ofreció un Sistema Nacional Anticorrupción, pero la legislación secundaria para activarlo sigue pendiente.

Y el origen de la parálisis general es la corrupción. El conflicto de interés, tapado. El enriquecimiento privado con bienes públicos, avalado. El comportamiento extralegal del Ejército, solapado. Una Administración que hace de la mentira su estilo personal de gobernar.

Todos los gobiernos mienten en alguna u otra medida, pero lo que ha sorprendido de Peña Nieto y su equipo es la sistematicidad de la mentira. La repetición de la mentira. La institucionalización de la mentira. En Ayotzinapa y Tlatlaya y Tanhuato y Ostula y Malinalco y la Casa Blanca y en las cifras de homicidio. La deshonestidad diaria acompañada de desparpajo. De cinismo. De insensibilidad. De avaricia.

Como escribe Sam Harris en el libro “Lying”, la gente miente para que otros formen creencias que no son ciertas. Las mentiras pueden ser eufemismos o silencios tácticos.

Mentir equivale a erigir una frontera entre la verdad que vivimos y la percepción que otros tienen de nosotros. La tentación de mentir nace del entendimiento de que los demás desaprobarían nuestras acciones. Y con frecuencia tienen buenas razones para hacerlo.

La verdad sobre las casas y la cuatización y las ejecuciones y la infiltración de la narcodelincuencia y el fracaso en el combate a la pobreza llevaría al PRI a perder el poder. A perder el acceso a la distribución patrimonial de ese botín que es el presupuesto. A perder la elección presidencial del 2018.

Y por ello el Gobierno tiene que seguir masajeando las cifras, manipulando los mensajes, desacreditando a los detractores como intenta hacerlo con el fiscal que investiga a Arturo Escobar.

Por ello no ha empezado una cruzada frontal contra la corrupción, porque detrás de cada corrupto hay un político que lo es o lo protege, como argumenta Edgardo Buscaglia.

La apuesta de Peña Nieto es que la economía crezca lo suficiente para solventar la caída en la popularidad. Que la división de la oposición sea suficiente para remontar la pérdida de la legitimidad. Que la mentira sea sostenible para terminar el sexenio con los votos que necesita para mantenerla viva.

El único antídoto a la mentira como política de Estado sería la comprensión colectiva de que ya no es tan fácil ocultar información ni acallar a los periodistas de a pie; ya no es tan fácil que el poder presidencial mine la autonomía judicial; ya no es tan fácil que el Gobierno esconda lo que tiene la obligación de enseñar. Y ésa es la labor que toca a toda persona que lea esta columna.

Cada ciudadano, cada académico, cada activista, cada periodista, cada analista de política pública necesita centrarse en la verdad, no sólo como una concesión sino como un derecho.

Perseguir la verdad y decirla. Obtener los datos y airearlos. Hacer la investigación y diseminarla. Construir en los próximos tres años un país en el cual las mentiras son castigadas y el priismo atlacomulquense no siga siendo tan impune y tan rapaz.

Porque como dice el proverbio inglés: "Enséñame un mentiroso y te enseñaré un ladrón". Y he allí -a la mitad del sexenio- el obituario de este Gobierno.




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