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Artículo

Proceso patito


Denise Dresser

Un proceso fársico. Un proceso de pantomima. Un proceso patito en el cual vimos la penuria intelectual de muchos senadores, la minimización de medios que no le dieron importancia al tema, la ausencia de una opinión pública informada y presente. Así se llevó a cabo la selección de dos candidatos a la Suprema Corte. Un evento que en otros países hubiera entrañado meses de discusión, meses de auscultación, meses de negociación aquí se llevó a cabo como un teatro kabuki express. Como un montaje minimalista en el cual se cubrieron las formas pero no se atendió el fondo. Todos siguieron el mandato constitucional para integrar al máximo tribunal, pero pocos entendieron la importancia de lo que estaban haciendo. Fueron protocolarios y de manera muy pobre.

Después de la desaseada elección de Medina Mora, parecía que tanto el Presidente como el Senado habían aprendido la lección. El imperativo de integrar una Corte sin cuotas y sin cuates. El imperativo de nombrar mejores perfiles y evaluarlos seriamente. El imperativo de asegurar independencia y competencia, honorabilidad y elegibilidad. Parecía que el proceso iba a ser distinto y se dieron visos de ello cuando Raúl Cervantes -el cuate por excelencia- se retiró de la contienda. Cuando la Comisión de Justicia solicitó el apoyo de académicos, abogados y activistas para hacer mejor su trabajo. Cuando se llevaron a cabo comparecencias maratónicas en las cuales los candidatos se vieron obligados a responder cuestionamientos y asumir posiciones.

Pero el proceso nació viciado y no logró remontar sus orígenes. El Presidente propuso ternas insultantes integradas por personas que no lograban articular una oración con sujeto, verbo y predicado. O que no pudieron responder a preguntas concretas sobre la nueva jurisprudencia en derechos humanos. O que contestaron "porque Dios así lo quiso" para explicar su candidatura. O que habían intentado alterar la escena de los hechos en Tlatlaya. O que a la hora de la votación ganó la tuerta porque las otras eran de plano ciegas. Comprobando las carencias que exhibe en nombramiento tras nombramiento, Peña Nieto no envió a juristas de primera sino a postulantes de tercera.

Y en lugar de actuar como contrapeso y corregir el error presidencial, la Comisión de Justicia -con la excepción de la senadora Martha Tagle- se prestó al juego. Armó comparecencias para después ignorarlas. Convocó a organizaciones de la sociedad civil para después desechar sus recomendaciones. Organizó la entrega de documentos por parte de los candidatos pero en ningún momento reflexionó sobre su contenido. En las 261 páginas del dictamen no hay una sola referencia al caso Tlatlaya y a los cuestionamientos que hubo sobre el papel del procurador del Estado de México en él. La Comisión hizo una lista de supermercado y fue palomeando el "checklist". Y por ello, lo que debió haber sido una auscultación terminó siendo una simulación.

Un montaje más en el cual actuaron senadores del PRI que ni siquiera se presentaron a las comparecencias o a los foros organizados con la sociedad civil. Senadores del PAN que ignoraron los instrumentos técnicos de evaluación que les fueron proporcionados. Senadores del PRD como Angélica de la Peña que prometieron actuar de otra manera pero terminaron haciendo lo mismo. Legitimando una decisión tomada de antemano en la cual dos candidatos -Norma Piña y Javier Laynez- eran los "buenos", los "fuertes", los que el equipo peñanietista quería. Permitiendo la escenificación de un proceso que no respeta los estándares internacionales ni los requisitos legales incluidos en la Constitución. Legitimando una deliberación que no lo fue a fondo. Reforzando la percepción del Senado como un lugar en el cual no se proveen contrapesos al Ejecutivo, sino más bien se le hacen los mandados.

De allí la urgencia de reformar para que a la Suprema Corte lleguen los idóneos y no los incondicionales. El máximo tribunal es un sitio demasiado trascendente como para que su integración se maneje de manera tan maloliente. Habrá que impulsar modificaciones al artículo 96 constitucional con normas explícitas que la acompañen. Para que en lugar de ternas el Presidente someta un solo candidato cuya postulación tendría que justificar y defender. Para que en vez de trámites sin trascendencia, las comparecencias sean incorporadas en el dictamen como parte de un escrutinio minucioso. Para acabar con la discrecionalidad y la politización que convierte un proceso parteaguas en un proceso patito, que en lugar de procrear pavo reales engendra carroña.



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