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Artículo

'The Good Wife'


Denise Dresser

Digna. Intachable. Irreprochable. Así fue Margarita Zavala como primera dama durante el sexenio de Felipe Calderón. Siempre con la palabra precisa, el gesto perfecto, el tono adecuado. Siempre con la sensibilidad que a su esposo parecía faltarle con demasiada frecuencia. Por ello los aplausos merecidos y el respeto generado a lo largo del gobierno calderonista y después de él.

Margarita tiene un lugar que se ha ganado gracias a la discreción. Y después de los excesos de Marta Sahagún, un papel acotado y recatado por parte de la pareja presidencial era justo lo que el país necesitaba. Margarita fue y ha sido eso. La esposa discreta. La esposa leal. The Good Wife, como la serie de televisión del mismo nombre.

Pero esa postura de lealtad incondicional hacia su esposo es precisamente lo que hace inviable su candidatura presidencial. Por lo que sabía y calló. Por lo que permitió que pasara y pasó. Por el fracaso del panismo en la Presidencia que no admite. Ella no es nada más una ciudadana cualquiera, independiente, sin partido, que proviene de un pasado tábula rasa. Ella no puede enarbolar honestamente una opción de denuncia al establishment, ya que lo apuntaló. Fue colaboradora, cómplice, colega, co-conspiradora de la administración de Felipe Calderón. Escuchó, aconsejó y aplaudió. No fue una simple espectadora; es demasiado inteligente para serlo. Pero al no serlo, le corresponden también los cuestionamientos y las críticas.

Desde una percha cercana presenció el inicio de la guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado, así como la devastación que ha traído consigo. Vio cómo su esposo -a pesar de lo que prometió en la campaña presidencial- avaló la impunidad para Mario Marín, porque necesitaba el apoyo priista en el Congreso. Vio la operación de Estado instrumentada en la Suprema Corte para salvarle el pellejo a Juan Molinar, luego de la responsabilidad política y administrativa que tuvo en la tragedia de la Guardería ABC. Vio cómo García Luna y Televisa armaron un montaje en el caso de Florence Cassez, violando todos los lineamientos del debido proceso. Vio cómo el gobierno de Calderón salió a la defensa de Juan Camilo Mouriño y negó el conflicto de interés en que incurrió, a pesar de que había firmado contratos beneficiando a su familia siendo presidente de la Comisión de Energía. Vio cómo la alianza electoral y política con Elba Esther Gordillo empoderó a un sindicato rapaz, saboteando la reforma educativa en ciernes. Vio todo esto y calló. Y de allí la pregunta que necesitará contestar: ¿guardó silencio por lealtad o porque estaba de acuerdo?

Porque si no estaba de acuerdo, ha llegado el momento de deslindarse. De independizarse. De marcar su propia posición y no simplemente mimetizar la de su cónyuge. De explicar por qué y para qué quiere la Presidencia. Porque si no lo hace, no es creíble su lema de dignificar la política, ya que el calderonismo tuvo oportunidad de hacerlo y no lo hizo. Si no se distancia, no es creíble afirmar que encabezará un movimiento ciudadano que parece armado solamente para imponerle al PAN un fait accompli. Si no se define en torno a los grandes errores de Felipe Calderón, ofrecerá una candidatura facsimilar al gobierno de su marido. Y recordémoslo: fue un gobierno cuyo fracaso quedó consagrado con la entrega de la banda presidencial al PRI.

Margarita no lo ve así. Piensa que Peña Nieto es tan odiado que Felipe Calderón será revalorado. Pero se equivoca. Su esposo no es trampolín sino lastre. No es propulsor sino yugo. Sí, en contraste con el actual, su gobierno no es recordado por la corrupción que solapó. Pero sí es condenado por los muertos que dejó. Por la eclosión de la violencia que incitó. Por la aplicación selectiva del estado de Derecho que permitió. Por la inseguridad, la violencia y el crimen no organizado que desató. Un sexenio tan fallido que el PRI pudo regresar a Los Pinos.

Por ello, para ganar y gobernar exitosamente, no bastarán ni la prudencia ni la amabilidad ni el tacto ni el rebozo ni pedir perdón por las transgresiones éticas del panismo. A Margarita le hace falta una visión de país que genere fuego en la panza, indignación con el status quo, confianza en políticas públicas capaces de sacudir al país desilusionado, desencantado, dividido. Y eso no se logrará con lo que hemos visto de su campaña hasta el momento: propuestas pequeñas, poco audaces, poco imaginativas.

Si quiere trascender, Margarita debe aprender de Alicia Florrick, la protagonista de The Good Wife. No le importa ser una buena esposa. Prefiere ganar.





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