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Artículo

Limpiar el templo


Denise Dresser

Hermosas, dolorosas, importantes palabras del Papa. Y como toda belleza, tiene un elemento moral. El suyo es un llamado al país a mirarse tal y como es. Corrupto, violento, inseguro, dividido, del cual tantos huyen, en el cual tantos mueren. El suyo es un exhorto a la clase política a comportarse como no lo hace. Con rectitud, con compromiso, con una visión del bien común. El suyo es un llamado de atención a los que esquivan la mirada y mutilan la fe. A aquellos con las manos manchadas de sangre, los bolsillos repletos de dinero sórdido y la conciencia anestesiada. Los políticos privilegiados, los criminales desatados, los jerarcas eclesiásticos desalmados. Convocados para decir las cosas como lo hacen los hombres: de frente. Convocados para descifrar colectivamente el misterioso rostro de México.

He allí la larga y dolorosa historia del país capturada en unos cuantos discursos. La soledad, el aislamiento, la marginación. Un país donde los obispos y la Iglesia con demasiada frecuencia han rehuido la transparencia, resguardándose en la oscuridad. Donde decenas que lo escuchaban en la Catedral se han dejado corromper por el materialismo trivial y los acuerdos debajo de la mesa, montados en los carros y caballos de los faraones actuales. He allí la jerarquía clerical, tan lejos de Dios y tan cerca de sus vanos proyectos de carrera, sus vacíos planes de hegemonía, sus infecundos clubes de intereses.

El Papa describiendo así, con filosa elegancia, la trayectoria de Norberto Rivera y Onésimo Cepeda y sus acólitos, resumida en un par de oraciones. La delicadeza ausente, la humildad inexistente, la prepotencia presente. Una Iglesia tan distinta de aquella que el Papa pide: la que sabe resguardar el rostro de los hombres que tocan a su puerta; la única que entonces es capaz de hablarles de Dios. Una Iglesia que no sabe quitarse las sandalias y estar al lado de la gente porque está demasiado cerca del poder. Obispos que son príncipes, llegando tarde y pomposamente a la cita consigo mismos, con la historia, con Dios.

El Papa en Palacio Nacional, donde gobernadores y senadores y políticos de todas las ideologías le besan la mano, se arrodillan, se regodean. Y les dice que México es un gran país, y sería el que queremos si hubiera hombres y mujeres empeñados en el bien común. Si sus cofradías no hubieran optado por el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos. Manuel Velasco escuchando. Miguel Ángel Osorio Chong escuchando. Alberto Anaya escuchando. Los responsables de la cultura del descarte, de los frenos al desarrollo. Escuchando como si el diagnóstico dado fuera ajeno a su propia actuación. La clase política de México, responsable de su degradación, presente para tomarse la foto, besar el anillo, decir que estuvo y presumirlo. El mensaje será cubierto por algunos medios para luego ser archivado.

Y en unos días el Papa se irá y sus palabras, que deberían quedar cinceladas en cada muro de la nueva ciudad, se evaporarán. Se olvidarán. Norberto Rivera regresará a sus lujos y Onésimo Cepeda a sus tardes de golf. Los eclesiásticos conservadores continuarán atareados negándole la Comunión a los divorciados que se vuelven a casar, sermoneando contra el uso del condón, negándole peso y presencia a las mujeres, tapando la pederastia y proveyendo razones para el éxodo de fieles.

Del monstruoso pederasta Marcial Maciel y su "castigo" en casa con jardín ni se hablará. La corrupción en México seguirá siendo equivalente al 9 por ciento del PIB. Continuaremos ocupando el segundo lugar en el índice global de impunidad. Habrá todavía 27 mil 657 desaparecidos. Seremos todavía el tercer peor país del mundo para ser periodista.

Del “Papa rebelde” como lo llamó la periodista Alma Guillermoprieto, quedará el recuerdo de su humanidad, su inconformidad. Permanecerá el rastro del hombre “complicado, conservador y radical, caritativo e intransigente, una masa de contradicciones”. Alguien que deja tras de sí -para quienes escucharon con atención su mensaje de honestidad, de caridad, de la fe vivida con pasión, de la vida como compromiso- la tarea de limpiar el templo. Así como lo hiciera Jesús con quienes habían convertido Jerusalén, la casa de Dios, en un lugar de mercenarios y mercaderes. Una guarida de ladrones y avaros y usureros como lo es México hoy. Muchos de ellos sentados en Palacio Nacional, en la Catedral, arremolinados alrededor de un hombre que les reclama lo que han hecho con nuestro templo, la casa de todos. La casa con cabida para quienes no la encuentran hoy. México.



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