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Nosotros, mataciudades


Denise Dresser

Todos culpables. Todos asesinos. Cargando colectivamente con la responsabilidad de matar a la Ciudad de México. Poco a poco, decisión tras decisión, claudicación tras claudicación. Hemos convertido a la región más transparente del aire en la región más contaminada del aire. Nuestra bella, magnífica, caótica metrópoli cubierta de nata, de partículas suspendidas, de ozono. El resultado de mala planeación, de mala política pública, de mala ciudadanía. El producto de la obsesión con los carros y las vialidades para permitir que transiten. Y ahora, el precio a pagar. Contingencias y emergencias y salidas falsas y autoridades que en lugar de tomar decisiones difíciles, las evaden.

Como lo argumenta el magnífico artículo "Contingencia ambiental: crónica de un fracaso anunciado", publicado en el portal Horizontal, las culpas son añejas y compartidas. Años de no levantar estudios de movilidad de la ciudad. Años de no saber cuáles son o de dónde provienen las emisiones contaminantes. Años de no regular a los principales contaminadores: la industria o los tractocamiones. Problemas no diagnosticados ni atendidos adecuadamente. Problemas que una aplicación más severa del Hoy No Circula no atenderá, dado que quienes dejan su carro en casa se trasladarán en otros medios "quizás más contaminantes que sus propios autos". Con efectos contraproducentes, como el aumento en la tasa de motorización en la ciudad, debido a las personas que compran un segundo auto para circular el día que no pueden hacerlo.

Los mexicanos aferrados a sus autos y las autoridades promoviendo su uso con segundos pisos y circuitos mexiquenses y distribuidores viales. Demostrando aquello que decía Robert Louis Stevenson: "cuando una calle es construida, extrañamente comienza a recolectar tráfico". Como han analizado múltiples expertos, más vialidades llevan a más tráfico; cuando creas capacidad, la demanda latente llega y la llena. He allí el uso inducido del automóvil, del cual todos los gobiernos citadinos de los últimos treinta años han sido cómplices, creando incentivos para más y más carros. Y mientras se acumulan, no respondemos a las preguntas básicas de dónde y cómo queremos vivir, cómo nos movemos, quién debería pagar por ello y qué efectos tiene sobre el medio ambiente. Lo que está comprobado es que cuando hay menos vialidades, hay menos tráfico.

Demostrado en el influyente libro de Jane Jacobs, “The Death and Life of Great American Cities”. Ella y un manojo de activistas se opusieron a que segundos pisos y vialidades inmensas atravesaran Greenwich Village. Su movilización tuvo el efecto esperado, y el tráfico en la zona bajó dramáticamente, salvando al barrio, hoy maravilloso. En México hemos ido carcomiendo barrios y destruyendo comunidades y haciendo invivible e intransitable la ciudad por el énfasis en el uso de autos particulares versus la inversión en transporte público.

Ante ello, las discusiones sobre el Hoy No Circula demuestran la recurrencia de estrategias reactivas, tardías, ineficientes. Y evidencian la supervivencia de un programa sólo porque tiene valor recaudatorio y sirve a los intereses de transportistas, agencias de autos, empresas fabricantes de autos, constructoras encargadas de construir más vialidades para autos.

Por ello las ideas propuestas en el libro Traffic de cobrar impuestos por la congestión vial, como lo hace Londres. Manejar se vuelve más caro y por ello menos popular. Eso podría acompañarse de alertas de caos vial –“gridlock alert”- como en Nueva York, que lleva a menos personas circulando a sabiendas de lo que enfrentarán. Más importante aún: ante lo que enfrentamos la última semana, el transporte público en la CDMX necesita cambiar y de manera urgente para resultar funcional, atractivo, suficiente, limpio y seguro para la mayor parte de los capitalinos. Las ciclovías deben ser ampliadas y remodeladas para ser verdaderamente transitables por toda la ciudad. La bicicleta debe ser una opción real de autotransporte y no sólo en ciertas colonias. Y habrá que ir más allá del tráfico y la contaminación.

Es tiempo de reflexionar sobre nuestros parques, nuestras banquetas, nuestros desarrollos urbanos. Para rescatar nuestra casa, para poder respirar en ella, para frenar la decadencia, para enfrentar los efectos destructivos de los carros; menos una causa que un síntoma de nuestra incompetencia para planear e imaginar la ciudad que queremos. No una jungla de asfalto y ozono, sino un gran zoológico humano. Vibrante, diverso, vanguardista y bien planeado. Un lugar para vivir, no solo sobrevivir.




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