El Mañana

jueves, 17 de octubre de 2019

Nuevo Laredo 9 julio, 2019

Busca reunirse con su esposo

Yudsneidi Solórzano confiesa la realidad que se sufre en el país sudamericano; incapaz de seguir allá, toma la decisión de venir a México con sus dos hijas

Yudsneidi Solórzano salió de Venezuela con sus dos hijas, Valentina y Laura Escobar, en busca de su esposo Raúl Antonio Escobar, que vive en EU. FOTO: SANDRA JASSO / EL MAÑANA

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Por Busca reunirse con su esposo

El problema político, económico y de seguridad es intolerante, la falta de luz, agua, gas, ropa, los colectivos armados y la corrupción de gobierno y falta de insumos y ahora sin hogar porque le fue quitado, obligaron Yudsneidi Solórzano a salir de Venezuela con sus dos hijas, Valentina y Laura Escobar.

La falta de insumos en los hospitales, sin colegios para los niños y la falta de maestros, el incremento de la violencia y lo más básico a lo que todo ser humano tiene derecho para vivir, existe cuando hay desorden total cayendo en el desequilibrio.

“Quedamos sin hogar y no porque no lo tengamos, sino porque nos lo quitan, o haces lo que ellos quieren, dejas que ellos te maten, me perseguían y me hubieran matado y me cambié dos veces de casa o te fuerzan a salir del país, por el trabajo de mi esposo”, dijo Yudsnidi.

La madre de familia confesó que a veces describirlo es corto para lo que en realidad se sufre en el país sudamericano, incapaz de seguir en esa situación, tomó la decisión de venir a México con las niñas de 11 y 9 años.
“Llegué hace un mes a esta frontera, llegué a México hace dieciséis días y un día, antes de venir la escasez de gasolina es mucha y las colas son de tres y cuatro kilómetros, las personas pasan cinco diez y doce horas para cargar combustible”, contó la sudamericana de 34 años.

Comentó que su esposo, Raúl Antonio Escobar, de 40 años, llegó a Estados Unidos hace dos años, el tiempo que no lo han visto ella y las niñas, ya que al quedar en Venezuela y sin visa y pasaporte no era posible.

“Nosotros somos de Valencia, Estado de Carabobo, Venezuela, mi esposo está como asilado político en Miami, Florida, trabajaba para el gobierno de Hugo Rafael Chávez Frías y cuando él murió pasó a ser contratista para el gobierno de Maduro, pero como eso es mucha corrupción él vio cómo traficaban con la comida”, destacó.

Al ver el tráfico, quiso reportarlo y fue amenazado de muerte y permanece en la Unión Americana y a la distancia sabe de las penurias de su esposa e hijas.

“Yo logré sacar una prórroga de mi pasaporte, me costó mucho y tardó un año y me llegó sólo por dos años y está próximo a vencerse en ocho meses, ahora que salí no digamos que nunca regresaría, pero no en este gobierno que es una dictadura, usted no se puede expresar en contra del gobierno”, señaló.

Para ella el tiempo corre y contó que por la poca cantidad de personas que piden en migración le quedan dos o tres meses en la casa que habita en la localidad, con 180 días otorgados por el INM; lleva sesenta días que no ha resuelto nada.

“Sí se termina el tiempo, tendría que buscar la manera de buscar residencia permanente en México, a mi país no puedo regresar, dejé a mi mamá, tres hermanos pequeños”, expresó, el relato fue interrumpida por un sollozo involuntario.

Con la voz entrecortada contó que tienen dos sobrinas de 3 años huérfanas después de que mataron a su cuñado por robarle el carro, y una segunda sobrina sin padre y le duele porque era le sustento de ellas.

“Estoy aquí varada, no sé qué hacer y no he podido mandarle dinero a ellas para el sustento, mi mamá María Cristina Cardoso está enferma al igual que mi padre y mi hermano con diabetes, me mandó un audio mi hermano que está muy mal de los riñones y no consiguen las pastillas”, exteriorizó dolida.
Al consultar se dio cuenta que las pastillas cuestan 50 dólares, algo inalcanzable para una persona que salió desolada con lo más indispensable y sin dinero.

“Perdón, no quise llorar, pero no puedo evitarlo, mi hermano necesita insulina, sus riñones no funcionan y no se lo pueden dar, su tratamiento es muy costoso y yo acá así varada no puedo apoyarlos”, manifestó.

Con el corazón dividido dijo emocionada que México les ha abierto las puertas a ellos como migrantes y aunque anhela el reencuentro con su esposo y las niñas, al no contar con otra opción residiría tal vez en Tampico, Tamaulipas.

Mientras, apoya en este proceso a otros migrantes que como ella llegan de Venezuela en su gran mayoría, y Cuba, a una casa particular donde se albergan cerca de 68 personas al sur poniente de la ciudad, además de otras viviendas.

“La labor que hacen en los refugios privados y personales es extraordinaria, si no fuera por esas personas, quién sabe cómo estuviéramos nosotros, sabemos que los albergues están saturados”, exclamó la venezolana.

Agregó que no hay condiciones apropiadas y sufren mucho, pero la necesidad obliga a los migrantes que llegan a vivir penurias y callar ante la desventura en el trayecto en países que no son el de ellos.