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Educarnos en la solidaridad

miércoles, 13 de octubre de 2021 · 08:16

Esta semana, en nuestra ciudad, “Cáritas de Nuevo Laredo” organiza su colecta anual de alimentos no perecederos, en el recorrido de una caravana, para ser distribuido entre las personas más necesitadas de la ciudad. Pero este evento, es más que una simple colecta, quiere ser también el recordar que una parte importante del ser humano, es la de ser solidario. El problema de la desigualdad social se deriva en muchas ocasiones de las irresponsables decisiones que algunas personas toman, basadas en los caprichos y pereza, pero también por factores ajenos a las personas como el desempleo, las enfermedades y la vejez.
La actitud correcta ante la vida la sugiere el código de ética impulsado por el Presidente en su número 5:
“Sé una persona amorosa, desde tu cama y tu mesa hasta la fraternidad universal. Sé compasivo: ama especialmente a las personas que llevan una vida difícil por falta de amor. Toda muestra de consideración y afecto que reciban de ti, por pequeña que sea, será para ellas un regalo invaluable. Cultiva el amor siempre, porque una vida sin amor es el vacío más árido y la peor carencia que puede padecer un ser humano”.
Hace unos años, el papa escribió sobre el Día de la Alimentación. Este es parte de su mensaje:
“Es un escándalo que todavía haya hambre y malnutrición en el mundo. No se trata sólo de responder a las emergencias inmediatas, sino de afrontar juntos, en todos los ámbitos, un problema que interpela nuestra conciencia personal y social, para lograr una solución justa y duradera. Que nadie se vea obligado a abandonar su tierra y su propio entorno cultural por la falta de los medios esenciales de subsistencia. Paradójicamente, en un momento en que la globalización permite conocer las situaciones de necesidad en el mundo y multiplicar los intercambios y las relaciones humanas, parece crecer la tendencia al individualismo y al encerrarse en sí mismos, lo que lleva a una cierta actitud de indiferencia —a nivel personal, de las instituciones y de los estados— respecto a quien muere de hambre o padece malnutrición, casi como si se tratara de un hecho ineluctable.
Pero el hambre y la desnutrición nunca pueden ser consideradas un hecho normal al que hay que acostumbrarse, como si formara parte del sistema. Algo tiene que cambiar en nosotros mismos, en nuestra mentalidad, en nuestras sociedades.
¿Qué podemos hacer? Creo que un paso importante es abatir con decisión las barreras del individualismo, del encerrarse en sí mismos, de la esclavitud de la ganancia a toda costa; y esto, no sólo en la dinámica de las relaciones humanas, sino también en la dinámica económica y financiera global.
Pienso que es necesario, hoy más que nunca, educarnos en la solidaridad, redescubrir el valor y el significado de esta palabra tan incómoda, y muy frecuentemente dejada de lado, y hacer que se convierta en actitud de fondo en las decisiones en el plano político, económico y financiero, en las relaciones entre las personas, entre los pueblos y entre las naciones.
Sólo cuando se es solidario de una manera concreta, superando visiones egoístas e intereses de parte, también se podrá lograr finalmente el objetivo de eliminar las formas de indigencia determinadas por la carencia de alimentos.
Solidaridad que no se reduce a las diversas formas de asistencia, sino que se esfuerza por asegurar que un número cada vez mayor de personas puedan ser económicamente independientes. Se han dado muchos pasos en diferentes países, pero todavía estamos lejos de un mundo en el que todos puedan vivir con dignidad.
Pero el desperdicio de alimentos no es sino uno de los frutos de la “cultura del descarte” que a menudo lleva a sacrificar hombres y mujeres a los ídolos de las ganancias y del consumo; un triste signo de la “globalización de la indiferencia”, que nos va “acostumbrando” lentamente al sufrimiento de los otros, como si fuera algo normal.
El reto del hambre y de la malnutrición no tiene sólo una dimensión económica o científica, que se refiere a los aspectos cuantitativos y cualitativos de la cadena alimentaria, sino también y sobre todo una dimensión ética y antropológica.
Educar en la solidaridad significa entonces educarnos en la humanidad: edificar una sociedad que sea verdaderamente humana significa poner siempre en el centro a la persona y su dignidad, y nunca malvenderla a la lógica de la ganancia.
El ser humano y su dignidad son “pilares sobre los cuales construir reglas compartidas y estructuras que, superando el pragmatismo o el mero dato técnico, sean capaces de eliminar las divisiones y colmar las diferencias existentes”.
Hasta aquí el mensaje del papa. Defender la vida desde el inicio, debe ser una de las prioridades que nos hacen mejores seres humanos. Pero no es suficiente quedarnos en ello: es nuestro deber cuidarla, no sólo la nuestra y la de los seres queridos, sino en ir mas allá.
Siempre habrá alguien necesitado de nuestra solidaridad. Pero también es importante que, en la medida de lo posible, no los hagamos dependientes de la caridad, con lo cual, les haríamos un gran daño. La mediocridad deshumaniza. Seamos inteligentes a la hora de ayudar.   Pero en ello, como siempre, usted tiene la última palabra.
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