Pasadizo secreto

Así de pronto, volví al silencio

jueves, 4 de noviembre de 2021 · 08:08

Temprano abracé mis sueños y me levanté aun y en contra de los vientos, como pude avancé con pasos seguros pero lentos, pues a mis hijos imploré que vinieran en pensamientos, por lo mismo y emocionada con una peineta sólo mi escaso cabello sentenció, pero el tiempo pasa y así de pronto, volví al silencio.
Entonces y de nuevo recorro esa pared cual muro de lamentos y ¡ahí estan! Sus fotos me hacen repasarlos y aunque sólo quietud manifiestan, las tomo con mis temblorosas manos y de ahí las bajo, el ánimo me sostiene firmemente de pie y por momentos viajo, sí a esos tiempos en que escuchaba de ellos uno a uno el decir, que aun y en mis personales asuntos por siempre te he de incluir.
Regreso y avanzo otra vez a esa habitacion detestable, en donde esa luz ilumina ésta mi alma inconsolable, me despojo nuevamente de esa vieja peineta que sujetaba mi pelo cano, me descalzo y deslizo mis pies por ese piso frío ya más que cotidiano.
Que vengan mis hijos como antes lo hacían ante mi silencio yo imploro, mis emociones me llenan de tristeza, por lo que al instante lloro, y al pensar como recién se fueron y que venían al día a día, me hace mis ojos de inmediato cerrarlos con mucha melancolía.
Y aunque me desgarre el alma el no tenerlos hoy presentes, igual me da ánimo a recordarlos a estos hoy de mí ausentes, entonces y sujetando estos mis inseparables retratos, me vuelvo a colocar estos mis desgastados zapatos, camino y de ese sillón me alejo, me oculto de las ventanas, pues le hablo nuevamente al espejo.
Y le pregunto: ¿Acaso es una regla el que la vejez venga acompañada de la tristeza?, pues si en esta vida al final así se tiene que vivir con esta clase de pobreza, de vida ¡para que quiero inmunidad!, si con esto más que la muerte, duele más la soledad.
De lo dicho frente a ese espejo no me arrepiento, pues el padecer de la ausencia al día sí que es un tormento, ¡los ruidos ya no conozco! Los gritos de mis nietos desconozco, las atenciones de mis hijos e hijas se han alejando cual fin de temporada, en donde esas satisfacciones han quedado poco a poco ya casi en nada.
Entonces y al ya haberme desahogado de ese espejo retrocedo, no sin antes reconocer que me invade y por completo el miedo, por lo mismo y con mi mano derecha nuevamente sobre esa pared coloco estos cuadros, ya maltratados, desgastados.
Es triste ver y no comprender en la situación que se encuentran muchos de los ancianos, es triste reconocer que infinidad de hijos, de hijas sólo en pensamiento los tienen al no estar de ellos cercanos, es triste reconocer que muchos otros y ante ese “muro” creado de sentimientos “magros”, de esos padres, madres, abuelas o abuelos no vean sus milagros.

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