De política y cosas peores

La cárcel del negro Jack

viernes, 31 de diciembre de 2021 · 09:34

Gustavo se llamaba aquel amigo mío. Era escritor, perteneciente a la abundante especie de los que no escriben. Hablaba siempre de una novela que tenía en preparación, “La cárcel del negro Jack” (la cárcel era la piel del dicho negro, en Alabama), pero jamás nos mostró ni siquiera un párrafo de su obra.

Abatido por el rechazo de que lo hizo objeto Chelo, una linda muchacha de Saltillo, vendió sus escasas pertenencias, repartió sus libros entre nosotros, los contertulios del Café Élite, y se marchó a la Ciudad de México.

No tuvo allá mejor fortuna. Una madrugada me despertó el teléfono. El Chundo, amigo común, me llamaba para informarme que Gustavo había muerto, y que no había dinero para sepultarlo.

Reuní mis magros ahorros, tomé el autobús y llegué a la misérrima agencia funeraria donde el cuerpo del autor de “La cárcel del negro Jack” estaba siendo velado, únicamente por el Chundo.

El ataúd se hallaba sobre una tosca mesa a la cual le faltaba una pata y se apoyaba en bloques de construcción. Alguna vez Gustavo había expresado su deseo de ser incinerado a su muerte, y sus cenizas dispersadas en los sitios que más amaba de Saltillo. Ordenamos, pues, la incineración.

En el momento en que las cenizas nos iban a ser entregadas llegó la ex esposa de Gustavo -tenía varios años divorciada de él- y las reclamó. Le dimos la urna, burda caja de madera sin cepillar.

Regresamos el Chundo y yo a nuestra ciudad. En el camino le dije que era una pena que no pudiéramos cumplir la última voluntad de nuestro amigo, pues la viuda se había quedado con sus cenizas. “Sí podremos cumplirla” -declaró el Chundo.

Y extrajo de su maletín una bolsa de papel de estraza que contenía las cenizas de Gustavo. “A la mujer le di la urna llena de tierra”. Llegamos a Saltillo, y fuimos repartiendo las cenizas en los sitios que el infortunado escritor había amado: el ya citado Café Élite; la calle de Victoria, en la cual había vivido Chelo; la preciosa Alameda saltillense; el Cerro del Pueblo... Hago ahora un flashback y vuelvo al tiempo en que un día visité a Gustavo en la Ciudad de México.

Me invitó a tomar el café con un amigo suyo, dibujante. Ahí mismo, en la mesa, el artista me hizo en un par de minutos una caricatura en una hoja de su cuaderno de apuntes.

A todos nos gustan las caricaturas, hasta que nos hacen una. A mí me gustó tanto aquélla que la usé como viñeta principal en el segundo libro que publiqué, “La paja en el ojo ajeno”.

El dibujo lleva la firma del autor: Héctor Xavier. Me entero ahora, por la sección cultural de Reforma, de que se está presentando en el Munal una parte de los trabajos del extraordinario ilustrador, cuyos dibujos de animales -entre ellos no creo que se deba incluir mi caricatura-, por su perfección naturalista, llevan a evocar los de Durero.

Celebro ese homenaje al genial veracruzano, quien con la rara técnica de la punta de plata hizo una obra de oro. Artistas como Héctor Xavier merecen ser recordados permanentemente... La joven esposa les contó a sus amigas: “Mi marido y yo estamos en desacuerdo en todo. Sólo hay una cosa sobre la cual no discutimos”. Preguntó una: “¿Cuál es?”. Respondió la chica: “El colchón”... El médico le dijo a su paciente: “No me gusta su aspecto, señor Picio. Ese rostro cetrino, esa piel flácida, esos ojos apagados, ese rictus amargo en sus labios...”. “¡Ay sí! -se enojó el individuo-. ¿Y a poco usté está muy bonito?”... El cuento que baja el telón de esta columna hoy bien puede ser calificado de cruel... Un sultán le preguntó a otro: “¿Cómo castras a los eunucos de tu harén?”. Replicó el otro: “Mi cirujano Avicénez los anestesia y luego procede a la emasculación”. “Complicada operación es ésa, y costosa -apuntó el primero-. Yo simplemente tomo dos ladrillos y con ellos los hago eunucos”. “Oye -apuntó el otro-. Eso debe ser muy doloroso”. Reconoció el sultán: “Bueno, si te pescas los dedos con los ladrillos, sí”... FIN.
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