De Política y Cosas Peores

Tres tamaños

martes, 4 de mayo de 2021 · 07:56

“¿Volveremos a tener sexo alguna vez?”. Esa pregunta le hizo con temor la joven esposa a su furioso marido. Sucedió que lo venció aplastantemente en una partida de tenis en el club ante la vista de un numeroso público que rió, divertido, el vencimiento del varón, y eso encalabrinó de tal manera al derrotado tipo que dejó de dirigirle la palabra a su mujer y se mostró con ella frío y distante. Por eso la muchacha le planteó tímidamente esa interrogación: “¿Volveremos a tener sexo alguna vez?”. “Es probable que sí -respondió el enojado cónyuge-. Pero no entre nosotros”... En la clase de catecismo la señorita Peripalda le preguntó a Pepito: “¿Dónde está Dios?”. El chiquillo nomás peló los ojos, como dicen, y no respondió nada. La catequista fue a decirle al padre Arsilio que Pepito no había contestado la pregunta. El sacerdote se dirigió al pequeño. “A ver -le preguntó de nuevo-. ¿Dónde está Dios?”. El niño escapó del salón a todo correr. Llegó a su casa llorando. Su mamá se asustó: “¿Qué te sucede?”. Respondió Pepito entre sus lágrimas: “Dios ha desaparecido, y todos creen que lo tengo yo”... Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, reprendió a su mucama: “Vi cómo el chofer te besaba en el porche”. “¡Oh no, señora!” -protestó la chica-. ¡Solamente me besó en los labios!”... El doctor Ken Hosanna iba a firmar una receta en el hospital, pero advirtió que lo que tenía en la mano era una termómetro rectal. “¡Santo Cielo! -exclamó consternado-. ¿Dónde estará mi pluma!”... Camelina le comentó a su mamá que la noche anterior había tenido relaciones con su novio. Le preguntó la señora, preocupada: “¿Y tomaste medidas?”. “Ay, mami -replicó Camelina-. En esos momentos quién se acuerda de medir”... Doña Cotilla felicitó a los novios que se casaron en la iglesia del barrio. Le preguntó, curiosa, a la chica: “¿Y van a vivir con tus papás?”. “No, señora -respondió la desposada-. Ellos todavía viven con los suyos”... Al llegar a puerto el capitán del barco ordenó con voz tonante: “¡Marino Babalucas! ¡Tire el ancla!”. “Mejor regálemela, capi -sugirió el tontiloco-. Está casi nueva”... Una vedette le contó a otra: “Aseguré mi busto en un millón de pesos”. Con fingido interés preguntó la otra: “¿Y te pagaron pérdida total?”... Ya conocemos a Afrodisio Pitongo: es un salaz sujeto proclive a la concupiscencia de la carne. Le propuso a Loretela, muchacha de buenas familias, ir en su compañía al Motel Kamawa “a gozar juntos -dijo untuoso- las dulces mieles que nos brinda Venus”. Respondió la muchacha, decidida: “Jamás haré tal cosa. Pienso que no puede haber sexo sin amor”. “Tienes razón -concedió Pitongo-. Tú dame el sexo; el amor yo veré dónde lo consigo”. (Nota: Esta columna opina que el tal Afrodisio Pitongo es un cabrón, si me es permitida la palabra)... El cuento que ahora sigue no es para espíritus sensibles. Las personas que tengan espíritu sensible deben saltarse hasta donde dice FIN... Muy mala suerte tuvo don Jolilo: en un accidente de trabajo perdió cierta parte de su cuerpo que tenía en alta estima. “No se preocupe -lo tranquilizó el doctor-. Podemos implantarle una nueva. Las tenemos en tres tamaños: la grande cuesta 30 mil pesos, la mediana 20 mil y la pequeña 10 mil. ¿Cuál quiere usted?”. Don Jolilo no era ni humilde ni soberbio, de modo que dijo que prefería la mediana. Le sugirió el facultativo: “¿Por qué no consulta el caso con su esposa? A lo mejor ella escogerá otra opción”. Al día siguiente regresó el señor. Le preguntó el médico: “¿Qué tamaño prefirió su esposa?”. “Ninguno -contestó don Jolilo-. Dijo que con ese dinero mejor pondrá cortinas nuevas en la sala”... FIN.

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