De política y cosas peores

Chistes muy, muy viejos

martes, 11 de enero de 2022 · 09:06

He aquí los dos chistes más antiguos del mundo. Ambos son griegos, y se les concede una venerable edad cercana a los 3 mil años. El primero trata de un hombre casado con una mujer mucho mayor que él, y amante de otra bastante menor que él. El sujeto era entrecano. La esposa le arrancaba los cabellos negros para que no se viera tan joven; la querida le quitaba los cabellos blancos para que no se viera tan viejo. “Y entre las dos lo dejaron pelón”, remataba el cuentecillo... La otra historieta habla de una comadrona que acudió a la casa de una mujer que iba a dar a luz. Se sorprendió al verla tendida en el duro y frío suelo retorciéndose por los dolores del parto. Le pidió: “Sube a la cama”. “¡Ah no! -se asustó la parturienta-. Tú quieres que regrese al mismo lugar donde mis males comenzaron”. Seguramente cada uno de mis cuatro lectores recuerda el primer chiste colorado que escuchó en su vida. En mi caso fue aquel de la señora que se quejó ante el guardia de seguridad del cine de que un hombre le acababa de robar unos billetes. “¿Dónde los traía usted?” -le preguntó el gendarme. Respondió la quejosa: “Escondidos bajo el brassiére”. Inquirió el guardia, suspicaz: “¿Y acaso no sintió cuando el hombre le metió la mano?”. “Sí lo sentí -contestó la mujer-. Pero pensé que iba con buena intención”... Paleontológico es el chascarrillo, pero ilustra aquel decir según el cual de buenas intenciones está empedrado el infierno... Vayamos ahora a prados más amenos... Babalucas le propuso matrimonio a Hotulia. “No te conviene casarte conmigo -le dijo ella-. Soy ninfómana, lasciva, lúbrica, erotómana”. “Nada de eso me importa -replicó Babalucas-. Lo único que te pido es que me seas fiel”... Seis meses tenían ya dos náufragos en una isla desierta. Un día, a fin de distraerse, se pusieron a jugar a identificar personajes. Propuso el primero: “Fui presidente de Estados Unidos, y quiero volver a serlo. Tengo el pelo anaranjado. ¿Quién soy?”. “Trump” -acertó el otro, que enseguida propuso su adivinanza: “Soy alta, morena, de ojos verdes. Tengo bello rostro, exuberante busto, cintura estrecha, caderas opulentas. ¿Quién soy?”. Replicó el náufrago respirando con agitación: “Me importa madre quién seas. ¡Bésame!”... En la visita a su ginecóloga recibió Florilí una noticia interesante: estaba embarazada. “No me lo explico -acotó desconcertada-. Lo único que ha hecho mi novio es mirarme”. Opinó la ginecóloga: “Pues debe tener una mirada muy penetrante”... Don Chinguetas es un marido tarambana. Doña Macalota, su esposa, regresó al domicilio conyugal en hora inusitada y lo sorprendió en el H. Ayuntamiento -eufemismo para no decir que lo halló fornicando- con una morena de estupendas formas y consumadas artes amatorias. Al ver aquello la esposa prorrumpió en explicables dicterios iracundos. Le dijo don Chinguetas con acento de reproche: “Qué difícil carácter tienes, Macalota. Traigo a la casa un amigo y te enojas. Traigo una amiga y te enojas también. ¿Pos quién te entiende?”... Un ranchero declaraba a propósito de la mujer con quien se casaría: “Que sea buena pa’l petate, aunque sea mala pa’l metate”. Quería significar que prefería a una mujer diestra en la alcoba antes que a otra hábil en la cocina. Debo decir que doña Inepcia no era buena guisandera. Cierta noche su hijo hizo una travesura y ella le ordenó: “Te vas a la cama sin cenar”. Su marido le dijo: “Se trata de castigarlo, mujer, no de premiarlo”... El esmirriado y consumido gallo del corral decía con voz feble: “No son las gallinas. Lo que me tiene así son las levantadas temprano”... Pepito lloraba desconsoladamente. Su mamá quiso saber el motivo de su aflicción. Gimió el chiquillo: “Es que Liriola va a morir”. Liriola era la joven y guapa mucama de la casa. La señora se sobresaltó: “¿Por qué dices que Liriola va a morir?”. Explicó Pepito: “Oí que mi papá le dijo: ‘De esta noche no pasas, mamacita’”... FIN.
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