De política y cosas peores

El botones del hotel

domingo, 16 de enero de 2022 · 09:03

La joven esposa se presentó a la consulta del doctor Duerf, analista. Le dijo: “Vengo porque sufro de agotamiento corporal”. El psiquiatra se sorprendió: “Creo que se equivocó de consultorio, señora. Lo que usted necesita es un médico”. “No, doctor -repuso ella-. Quiero que vea a mi marido. Tiene doble personalidad, y las dos personalidades quieren todos los días”...En la rueda de amigos comentó Babalucas, orgulloso: “Le compré a un tipo un anillo con un diamante grande para regalárselo a mi novia”. Preguntó, suspicaz, uno de los amigos: “Y el diamante ¿es auténtico?”. Replicó el badulaque: “Pues si no lo es, entonces el tipo me robó 500 pesos”... El tío Cacarulo se las daba de poeta. En un verano fue a la playa con la familia de Pepito. Estaban disfrutando del mar, y el tío improvisó una rima chocarrera a costillas del niño. Recitó: “A Pepito le llega el agua hasta el pitito”. Todos rieron la gracejada del versificador. Pepito contestó: “Al tío Cacarulo le llega el agua a las rodillas”. Le dijo el tío: “No rima”. Replicó Pepito: “Espere a que suba la marea”... Don Fedronio, señor de edad madura, casó con Furcialina, joven mujer de exuberantes prendas físicas e inmoderado apetito de sensualidad. Llegados a la suite nupcial la desposada le pidió al provecto novio: “Ve a tomar una copa al bar del hotel mientras me dispongo para la ocasión”. Don Fedronio era abstemio, de modo que en el bar pidió una limonada. El mesero le puso de cortesía un platito con cacahuates japoneses que don Fedronio no aceptó porque acababa de ver en Netflix el episodio de Pearl Harbor. Transcurrido el tiempo que juzgó prudente regresó a la suite nupcial. Grande fue su sorpresa al ver que Furcialina estaba en la cama (king size, para mayor ofensa) con el botones del hotel. A don Fedronio le indignó aquello más que lo de Pearl Harbor, y prorrumpió en dicterios contra su mujer. Le gritó: “¡Mesalina! ¡Friné! ¡Thais!”. Y es que en su juventud había sido afecto a las lecturas clásicas. “Ay, Fedronio -le dijo ella en tono de reproche-. Yo aquí ensayando para darte un mejor servicio y tú llenándome de injurias”... La cantina del pueblo estaba llena de una clientela de rancheros de pelo en pecho. De pronto se plantó ante ellos un pequeño señor y preguntó con claridoso acento: “¿Hay alguien aquí que se crea muy gallo?”. Al punto se levantó uno de los rijosos parroquianos. “Yo mero, amigo -dijo al tiempo que llevaba la mano a su pistola-. A mí ningún buey me brama, y menos en mi ranchito. Donde me la pinten brinco y al son que me toquen bailo. Si nos vamos a morir ya vámonos enfermando...”. Iba a seguir ensartando refranes campiranos alusivos a la ocasión cuando el pequeño señor lo interrumpió. “Si es muy gallo hágame el favor de ir a mi casa y cantarme a las 5:00 de la mañana. Tengo que levantarme temprano para tomar el tren”... Declaró don Astasio: “Los lunares adoptan figuras caprichosas. Mi mujer tiene uno en forma de trébol en una pompi”. Acotó su compadre: “A mí me parece más bien como un corazoncito”... En la penumbra cómplice del solitario paraje llamado El Ensalivadero, el muchacho le dijo con emoción a su dulcinea: “¡Eres mi musa, mi diva, mi hurí! ¿Sabes lo que significa eso?”. “Sí -replicó ella-. Significa que enseguida me vas a pedir aquello”... Jactancio Elátez se aparece por aquí de cuando en cuando. Es un sujeto vanidoso, pagado de sí mismo, narcisista y presuntuoso. En cierta ocasión le indicó sin más a una linda chica: “Cenaremos pizza en mi departamento y luego haremos el amor”. “No” -rechazó ella la proposición. “¿Qué? -se sorprendió Jactancio-. ¿No te gusta la pizza?”... “Quiero casarme con su hija” -le dijo a don Poseidón el novio de la muchacha. Receloso de la economía del solicitante inquirió el severo genitor: “¿Tiene usted dónde ponerla?”. “No -replicó el galancete-. Precisamente por eso quiero casarme”. (No le entendí)... FIN.
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