De política y cosas peores

Un juez pedáneo

martes, 18 de enero de 2022 · 09:03

Todo en el mundo tiene algún propósito, hasta las moscas. Si esa declaración es válida debo entonces recordar a don Quico Dávila Valdés. Pacífico se llamaba, no Francisco. Juez pedáneo en mi ciudad, Saltillo, su jurisdicción era pequeña, como si midiera solo un pie, por eso tales jueces recibían el nombre de pedáneos. No eran letrados, como los de letras. Eran ciudadanos comunes y corrientes a quienes el cabildo designaba por su prudencia, su conocimiento de la naturaleza humana, o porque habían ayudado al Partido a ganar la pasada elección. Juzgaban únicamente los pequeños pleitos de vecinos. De vecinas, sobre todo. Que la del otro lado me dijo vieja mula, y eso que he parido nueve hijos. Que el de enfrente piropea a mi mujer cuando sale a regar y barrer la acera en la mañana. Cosas de ésas. Casos de ésos. En el barrio de don Quico estaba la zona alegre, situada por extraña paradoja en un lugar conocido como El Triste. Ahí había un congal, burdel, manfla, ramería o lupanar llamado “El columpio del amor”. Una noche dos tipos se liaron a trompadas en ese establecimiento. Intervino el municipio -así se le decía al gendarme de guardia-, que llamó a la julia, vehículo para el traslado de reos, nombrada así quizá porque su sirena hacía: “Juuuuu”, y en ella llevaron a los dos rijosos individuos a la presencia de don Quico por EE (ebrios y escandalosos). Clave policiaca era ésa. RR significaba ratero reconocido; VM quería decir vago y malviviente, y así. Don Pacífico les preguntó la causa del pleito. “Señor juez -empezó uno-. Estaba yo en la barra de la cantina tomándome una cerveza sin meterme con nadie cuando llegó esta persona, a quien ni siquiera conozco, y me invitó a bailar. Señor juez: yo no soy maricón, y eso me dio mucho coraje. Le tiré un chingadazo, él me dio dos, y se hizo la pelea”. Don Quico le preguntó al otro si tenía algo que alegar en su defensa. “El señor tiene razón -confesó humildemente el indiciado-. Llegué temprano al Columpio, cuando aún no había muchachas. Me tomé algunas copas, y de pronto la radiola empezó a tocar ‘Amor perdido’. Nunca puedo dejar de bailar ‘Amor perdido’ en un congal. La única posible pareja que estaba ahí era el señor. Se me hizo fácil ir a sacarlo, y lo demás ya lo dijo él”. “Muy bien -habló don Pacífico-. Usted pagará una multa de 2 pesos. Y usted -dirigiéndose a la posible pareja- una de 5”. “¡Oiga, señor juez! -protestó vehementemente el hombre-. Él es el ofensor, según él mismo dijo, y yo soy el ofendido. ¿Por qué a mí me pone una multa mayor?”. Sentenció don Quico: “A él le cobro una multa de 2 pesos por provocador e insultativo. Y a usted una de 5 porque a los congales, señor mío, además de ir a coger se va a bailar”... El muchacho le preguntó al oficial del Registro Civil: “¿Aquí es donde casan a los novios?”. “Sí, joven -respondió el funcionario-. Traiga usted a su novia y yo hago todo lo demás”. “¡Ah no! -protestó el galán-. Traigo a mi novia, usted nos casa y luego yo hago todo lo demás”... Astatrasio Garrajarra, ebrio completo, subió a un taxi y le dijo al conductor “Voy a mi casa. Rápido”. Le pidió el taxista: “Deme más detalles”. Precisa Garrajarra: “Al baño”... Solicia, madura célibe, fue a una mueblería. Quería comprar un televisor, una estufa y una cama. El joven y guapo vendedor le mostró la mercancía y le ofreció: “Le haré un 20 por ciento de descuento sobre el televisor, y sobre la estufa un 15”. Preguntó la señorita Solicia con un mohín de coquetería: “¿Y no me vas a hacer nada sobre la cama?”...Babalucas viajó a la gran ciudad. Sus amigos del pueblo le recomendaron tener mucho cuidado: los rateros de ahí eran tan hábiles, le dijeron, que podían robarle los calcetines sin quitarle los zapatos. Fue Babalucas a una sastrería a fin de que le hicieran un traje. El sastre le tomó las medidas, que iba dictando a su ayudante. Le midió de la entrepierna al pie y dijo: “101”. “¿Uno nada más? -exclamó Babalucas, angustiado-. ¡Ya sabía yo que algo me iban a robar!”...

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