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‘¡Váyanse de ahí!’

miércoles, 19 de enero de 2022 · 08:57

Ocurrió hace unos días en Brasil, en uno de los bellos atractivos naturales de este país. Desde decenas de lanchas, los paseantes contemplaban el hermoso paisaje natural, mientras fotografiaban y filmaban. Sin embargo, una de las paredes empezó a desprenderse, lentamente primero, a través de unas piedras que alertaron a la mayoría de los lancheros y, empezaron a alejarse, mientras gritaban a otros que se alejaran de allí. Cuando por fin decidieron a hacerlo, toneladas de piedras se desplomaban sobre ellos… murieron más de una decena de personas.
Siempre la voz de la conciencia o de personas más sensatas o con experiencia, nos advierten del peligro de algunas de nuestras decisiones, motivadas por nuestros caprichos, rechazamos la sensatez.
“Es cierto que la actitud del indiferente, de quien cierra el corazón para no tomar en consideración a los otros, de quien cierra los ojos para no ver aquello que lo rodea o se evade para no ser tocado por los problemas de los demás, caracteriza una manera de ser bastante difundida y presente en cada época de la historia. Pero en nuestros días, este comportamiento ha superado decididamente el ámbito individual para asumir una dimensión global y producir el fenómeno de la «globalización de la indiferencia».
La primera forma de indiferencia en la sociedad humana es la indiferencia ante Dios, de la cual brota también la indiferencia ante el prójimo y ante lo creado. Esto es uno de los graves efectos de un falso humanismo y del materialismo práctico, combinados con un pensamiento relativista. El hombre piensa ser el autor de sí mismo, de la propia vida y de la sociedad; se siente autosuficiente; busca no sólo reemplazar a Dios, sino prescindir completamente de él. Por consiguiente, cree que no debe nada a nadie, excepto a sí mismo, y pretende tener sólo derechos.
La indiferencia ante el prójimo asume diferentes formas. Hay quien está bien informado, escucha la radio, lee los periódicos o ve programas de televisión, pero lo hace de manera frívola, casi por mera costumbre: estas personas conocen vagamente los dramas que afligen a la humanidad, pero no se sienten comprometidas, no viven la compasión. Esta es la actitud de quien sabe, pero tiene la mirada, la mente y la acción dirigida hacia sí mismo. Desgraciadamente, debemos constatar que el aumento de las informaciones, propias de nuestro tiempo, no significa de por sí un aumento de atención a los problemas, si no va acompañado por una apertura de las conciencias en sentido solidario. Más aún, esto puede comportar una cierta saturación que anestesia y, en cierta medida, relativiza la gravedad de los problemas. Algunos culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una “educación” que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción en sus gobiernos, empresarios e instituciones, cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes.
La indiferencia se manifiesta en otros casos como falta de atención ante la realidad circunstante, especialmente la más lejana. Algunas personas prefieren no buscar, no informarse y viven su bienestar y su comodidad indiferentes al grito de dolor de la humanidad que sufre. Casi sin darnos cuenta, nos hemos convertido en incapaces de sentir compasión por los otros, por sus dramas; no nos interesa preocuparnos de ellos, como si aquello que les acontece fuera una responsabilidad que nos es ajena, que no nos compete. Cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás, no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien.
Al vivir en una casa común, no podemos dejar de interrogarnos sobre su estado de salud. La contaminación de las aguas y del aire, la explotación indiscriminada de los bosques, la destrucción del ambiente, son a menudo fruto de la indiferencia del hombre respecto a los demás, porque todo está relacionado. Como también el comportamiento del hombre con los animales influye sobre sus relaciones con los demás, por no hablar de quien se permite hacer en otra parte aquello que no se atreve a hacer en su propia casa.
En estos y en otros casos, la indiferencia provoca sobre todo cerrazón y distanciamiento, y termina de este modo contribuyendo a la falta de paz con Dios, con el prójimo y con la creación”.
Estas sabias palabras escritas por el Papa hace unos años, retratan este desinterés en las advertencias que lo mejor de la humanidad siempre ha enseñado.
Ya hemos sido advertidos para que abandonemos esta conducta. Para hacerlo, usted tiene la última palabra.
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