De política y cosas peores

Fito Galindo

martes, 4 de enero de 2022 · 09:30

“Con tiento, santos varones, que el Cristo está apolillado”. Ese refrán de pueblo sirve para aconsejar prudencia, moderación en el manejo de nuestros asuntos. “Despacio, que llevo prisa” me amonestaba mi padre cuando conducía yo con mayor velocidad de la debida. Eso equivale al “Festina lente”, apresúrate despacio, de los latinos. (“Lo haremos de patito” -creyó entender la sexoservidora que le decía su octogenario cliente. Ella lo había hecho de perrito, de chivito en precipicio y en otras variantes de la fauna erótica, pero nunca de patito, así que le preguntó: “¿Cómo es de patito?”. “No me entendiste, linda” -aclaró el añoso señor-. Quise decir que lo haremos despacito”). Ese cuidado hay que tenerlo particularmente en tratándose de estatuas. Un alcalde de pueblo anunció: “Voy a hacerle una estatua a mi general Villa”. Preguntó alguien: “¿Ecuestre?”. Respondió el munícipe: “Sí, pero no tanto”... Me dicen que murió Fito Galindo. No lo creo. Quien ha escrito una bella canción no muere nunca, y Humberto “Fito” Galindo escribió muchas bellas canciones. La que a mí más me gusta es “Se vende un caballo”, pero tiene otras igualmente hermosas, como “La última muñeca”, “Compré una cantina” y “Primera, segunda y tercera”. Los mejores cantantes, hombres y mujeres, y los grupos más reconocidos interpretaron su música. Vicente Fernández hizo toda una creación de “Se vende un caballo”. María Dolores Pradera cantó como nadie “Primera, segunda y tercera”. Los Barón de Apodaca convirtieron “La última muñeca” en pieza emblemática de las fiestas de 15 años. Tuve la fortuna de tratar a Fito. Lo conocí en su modesta casa de Zaragoza, Coahuila, entrañable terruño que siempre se negó a dejar pese a que la fama había llamado ya a sus puertas. Siempre vi en él a un poeta que sabía decir con hondura y sensibilidad las cosas de la vida y de la muerte, del amor y el desamor. Mientras se canten sus canciones seguirá viviendo Humberto “Fito” Galindo, Y sus canciones se cantarán por siempre ... Don Terebinto les contó a sus amigos algo que los sacó de onda. Les dijo: “Mi peso cambia tres veces al día. Por la mañana peso 600 kilos; por la tarde 75 y por la noche 150 gramos”. Antes siquiera de que alguno de los amigos pudiera decir: “No manches”, o cualquier otra expresión culterana semejante, don Terebinto se apresuró a explicar: “Es que por la mañana mi señora pregunta: ‘¿A qué horas se levantará este buey?’. Por la tarde exclama: ‘¡Cómo traga este marrano!’. Y por la noche me dice en la cama: ‘¡Méngache mi pichoncito!’”...  Doña Panoplia, dama de buena sociedad, amonestó a la joven y linda mucama de su casa: “Anoche vi cómo tu novio te besaba en lo oscurito”. “¡Oh no, señora! -se azaró la chica-. ¡Me besó nada más en los labios!”... Babalucas le comentó a su vecino: “Voy a poner un negocio que a nadie se le ha ocurrido”. El otro se interesó: “¿Qué negocio es ése?”. Respondió con orgullo el badulaque: “Una sala de masajes de autoservicio”... “La Celestina”, pieza fundamental de la literatura española, tuvo gran éxito desde su aparición en 1499 hasta que fue prohibida en 1792, cuando tuvo mayor éxito aún. De ella dijo Cervantes: “Obra a mi entender divina / si encubriera más lo humano”. Pues bien: el cuento que sigue no encubre absolutamente nada de lo humano... Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, invitó a Taisia, muchacha sabidora, a acompañarlo a su departamento. Cuando llegaron, Taisia le pidió frente a la puerta: “Déjame ver cómo metes la llave en la cerradura, pues eso me dice mucho acerca de la personalidad de mi galán. Si introduce la llave con suavidad eso significa que es un amante delicado y tierno. Si lo hace con fuerza eso quiere decir que es fogoso, apasionado. A ver: mete la llave”. “Espera un poco -solicitó Afrodisio-. Antes acostumbro darle unos besitos a la chapa”... FIN.
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