De política y cosas peores

Libertad mal entendida

sábado, 28 de mayo de 2022 · 00:00

Un elefante miró a un hombre sin ropas y le comentó: “La tuya me parece ridículamente pequeña; no está donde debería estar; y además no creo que puedas recoger cacahuates con ella”... El novio, preocupado, le preguntó a su dulcinea: “Si nos casamos, Rosilí, ¿crees que podrás vivir con lo que gano?”. “Desde luego que sí, mi amor -contestó ella-. Pero ¿de qué vas a vivir tú?”... Don Finacio llegó muy preocupado de su visita al médico. Le contó a su señora: “El doctor me dijo que debo tomar una de estas píldoras cada día, por lo que me resta de vida”. Replicó la señora: “¿Y qué problema es eso?”. Respondió con acento sombrío don Finacio: “Nada más me dio 14 píldoras”... Capronio, ruin sujeto, había vivido durante mucho tiempo en libre unión con su pareja. Un día ella le sugirió tímidamente: “Hemos estado juntos ya 30 años, Capronio, y tenemos cinco hijos. ¿Por qué no nos casamos?”. “¡Estás loca! -respondió el cínico sujeto-. A estas alturas de la vida, ¿quién va a querer casarse con nosotros?”... El conductor de la carroza fúnebre se dirigía en su vehículo al panteón. Le dijo una voz: “Vas demasiado rápido, Caronte, y te has pasado ya dos semáforos en ámbar”. “¡Caramba, Chingola! -protestó él-. ¿Ni muerta me vas a dejar manejar en paz?”... El famoso pintor tomó su pincel y su paleta y le pidió a su modelo: “Y ahora, ¿qué tal una ligera sonrisita, doña Gioconda?”... En la cárcel un preso le platicó a otro: “Siempre juré que la Policía jamás me agarraría vivo. Pero cuando llegó el momento me dije: ‘Bueno, ¿qué fregaos?’”... Desde el inicio mismo de su historia, Estados Unidos ha sido un país violento. Para los habitantes de esa nación tener armas ha sido siempre algo natural y necesario. Desde luego, el país del norte no es el único en tener como madre nutricia a la violencia. Desde que Homero compuso “La Ilíada”, la historia de la humanidad es la historia de la guerra, es decir, de la violencia del hombre contra el hombre. Pero los norteamericanos hicieron de las armas una herramienta de su vida diaria, y esos instrumentos que sirven para matar han estado presentes lo mismo en la campaña de exterminio contra los pueblos aborígenes, que en las luchas por el oro, en la malhadada prohibición del alcohol, y desde luego en las incontables guerras que ha promovido esa nación contra otras, las más de ellas injustas, de agresión, y otras para mantener su hegemonía y acabar con todo aquello que la amenazaba. Se explica, entonces, la defensa del derecho que los ciudadanos de los Estados Unidos tienen para tener armas en sus casas y portarlas. Comprar un arma allá es tan sencillo como comprar un pan acá. Ese derecho forma parte de la estructura constitucional de aquel país, y es defendido, en nombre de la libertad, pero en el fondo por motivos de dinero, por organismos tan nefastos como la poderosísima NRA. Tan valioso es ese derecho para los norteamericanos que no dudan en pagarlo con tributos de sangre que periódicamente se repiten; con vidas que se pierden sin razón, absurdamente, muchas veces de niños, siempre de personas inocentes. La tragedia de Uvalde, Texas, es un tristísimo recordatorio de los males que trae consigo la libertad mal entendida... Nervioso, el nuevo curita, le pidió al Padre Arsilio que observara la forma en que confesaba y le diera luego su opinión. Oculto en el confesonario, el buen sacerdote siguió la actuación del novato, y luego le externó su parecer. “Hijo mío -le aconsejó-. Te recomiendo que al confesar te pongas una mano en la barbilla y digas con tono meditativo: ‘Mm... Mm...’, en vez de darte una gran palmada en la rodilla y exclamar: “¡No manches, güey! ¿Y luego qué pasó?”... Don Chinguetas, lo sabemos de sobra, es un marido tarambana. Se estaba haciendo dar tratamiento completo en la barbería de un hotel de lujo, y se dirigió a la guapa manicurista: “Me gustaría salir contigo hoy en la noche, linda”. Repuso la hermosa joven: “Soy casada”. Sugirió el casquivano señor: “Dile a tu marido que vas a alguna otra parte”. Propuso a su vez la muchacha: “Dígaselo usted mismo. Es el hombre que lo está afeitando con la navaja grande”... FIN.

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