De política y cosas peores

La vida de un hombre

miércoles, 22 de junio de 2022 · 00:00

La señora de la casa era ardiente y de conducta liberal. El plomero que estaba arreglando el grifo de la cocina era joven, guapo y musculoso. El marido se hallaba ausente del domicilio conyugal. Fácil es deducir, entonces, lo que sucedió. Bien pronto la incitante dama y el fornido fontanero se fundieron en estrecho abrazo y empezaron a darse ardientes besos que habrían conducido a acciones de mayor sustancia –“Abrazos, besos y no más, eso nunca lo verás”- de no ser porque en eso se oyó entrar al esposo. Rápidamente, la mujer le dijo en voz baja al muchacho: “Te espero aquí a las 10 de la noche. Mi marido sale a jugar póquer con sus amigos”. “La señora me perdonará -se disculpó el fontanero-. No acostumbro hacer esto en mi tiempo libre”... “Háblame de ti, Febronio -le pidió la linda chica al atractivo joven casadero-. Me gustaría saber cuáles son tus ilusiones, cuáles son tus sueños, cuáles son tus ideales, cuáles son tus ingresos...”... En el Bar Ahúnda tres amigos sostenían una interesante conversación sobre un tema de gran trascendencia: cuándo principia la vida del hombre. Opinó uno: “La vida del hombre empieza desde el momento mismo de la concepción”. Juzgó otro: “La vida del hombre se inicia a partir de su nacimiento”. Manifestó el tercero: “La vida del hombre comienza el día en que su esposa se va de vacaciones con los niños”... Un sujeto le dijo a otro hablando de un amigo común: “Es medio indejo”. “¿Medio? -repitió el otro-. ¿Qué ya lo partieron a la mitad”... Un individuo que llevaba una canasta llamó a la puerta de la casa de Babalucas. Abrió éste, y el hombre de la canasta le dijo: “Vendo huevos”. Respondió el badulaque: “¡Bonito me iba a ver yo vendado de ahí!”... Don Algón, ejecutivo de empresa, buscó en la oficina a su linda asistente Rosilí y no la halló. Le sorprendió no verla entre sus compañeros, pues era la hora del café. Alguien le dijo que la había visto entrar al cuarto del archivo. Fue allá, abrió la puerta y se llevó una sorpresa que bien puede calificarse de mayúscula, por más que el adjetivo pertenezca a esa clase media de la expresión que es el lugar común. ¿Qué vio don Algón? He aquí que la bella chica y el encargado del archivo se hallaban entregados, sobre una mesa, a la realización del más antiguo rito natural. Antes de que el estupefacto jefe pudiera pronunciar palabra le explicó Rosilí: “Él no tenía nada que archivar, y a mí no me gusta el café”... Aquel señor estaba viviendo sus últimos momentos. Le dijo el sacerdote que lo acompañaba: “Don Cucufate: fue usted un buen hombre a lo largo de su vida; buen hijo, buen esposo y padre. Cumplió siempre sus deberes religiosos. Le he administrado ya los auxilios de la Iglesia. Por favor, tenga un poco de fe en la misericordia del Señor. No necesita llevarse con usted ese extinguidor de fuego”... Nonito, hay que decirlo, carecía de experiencia amatoria. Libérula, en cambio, tenía abundancia de saberes en ese campo de la vida. Se casaron, y fueron de luna de miel. En la noche de bodas empezaron las acciones. Nonito, lleno de ansiedad, le preguntó a su desposada: “Dime cómo lo estoy haciendo, Libe”. “No quiero herir tus sentimientos, Noni -respondió ella-, pero si esto fuera un programa de televisión yo ya habría cambiado de canal”... El capataz de la fábrica le indicó al nuevo obrero: “Con esta mano moverás esta palanca. Con esta otra darás vuelta a esta manivela. Con este pie accionarás este pedal. Con este otro empujarás este émbolo. Y con la frente oprimirás este botón cada 10 segundos”. Le sugirió el obrero: “¿Por qué no me clava un palo de escoba en el trasero? Así podré aprovechar para barrer al mismo tiempo el espacio que me corresponde”... Aquel matrimonio tenía tres hijas: María de la Paz, Rosa de la Paz y Reina de la Paz. Alguien le preguntó al padre de las chicas por qué llevaban esos nombres. Explicó el señor: “Es que mi esposa y yo teníamos varios días sin hablarnos, y aquella noche hicimos las paces”... FIN.
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