De política y cosas peores

Dos fracasos en el amor

jueves, 23 de junio de 2022 · 00:00

Eran dos tipos sumamente bajos de estatura. A uno le decían “El hombre de acero”, de a cero metros, y al otro lo apodaban “El príncipe charro”, por no llamarle “el pinche chaparro”. Una noche fueron con sendas mujeres al Motel Kamawa, y la mañana siguiente se reunieron a comentar sus respectivas experiencias. “El hombre de acero” relató: “A mí me fue muy mal. Me puse tan nervioso que sufrí un severo episodio de disfunción eréctil. Todas las artes que la mujer usó para ponerme en aptitud de hacer obra de varón resultaron infructuosas”. “A mí me fue peor -contó, mohíno, “El príncipe charro”-. Yo no pude ni siquiera subirme a la cama”. (Zonzo. Lo hubieras hecho en el suelo. Eso tiene algo de sensual, aunque también de incómodo, sobre todo para la dama, a menos que lo hagas tú abajo y ella arriba, postura aconsejada en este caso tanto por la buena educación como por la caballerosidad. Para otra vez ya sabes)... El marido estaba concentrado viendo en la tele el final de la Copa de Latón, el trigésimo segundo campeonato de futbol celebrado ese año. En un sillón de la misma sala su mujer y un individuo estaban entregados a deliquios amorosos que no son para ser descritos aquí por su extrema voluptuosidad y su frenética libídine. De pronto la mujer vio la pantalla y en seguida le dijo a su pareja: “Será mejor que te vayas, Pitorrango. Está por terminar el primer tiempo y mi esposo puede darse cuenta de que estás aquí”... Afligida, llena de compunción, atribulada, poseída por pesadumbre inmensa, dolorida, presa de abatimiento y de congoja, invadida por la tristeza y el pesar, mustia y cuitada, con gran melancolía y desconsuelo, una señora les contó a sus amigas: “Mi marido y yo fuimos a Cancún. Veía él a las chicas en la playa y la alberca y me decía que una piel dorada es muy sexy. Cuando regresamos comencé a asolearme en el jardín todos los días hasta que mi cuerpo adquirió una tonalidad color canela que me pareció sensual. ¡Y ahora él ya no quiere nada conmigo! ¡Dice que le recuerdo al portafolios que usa en su oficina!”... El Padre Arsilio tomó la palabra al final de la misa y dijo a los feligreses que estaba necesitando 100 mil pesos para restaurar el retablo de Santa Magdalena, la santa patrona del pueblo. Ante la inquietud de los señores y la irritación de las señoras se puso en pie doña Celesta, la dueña de la casa de mala nota del lugar, y ofreció aportar ella sola esa cantidad. El buen sacerdote se azaró. Respondió, vacilante: “No sé si deba yo aceptar ese dinero, tomando en cuenta su origen”. “Acéptelo, señor cura -replicó la madama-. De todos los hombres aquí presentes usted es el único que no ha contribuido a reunir la suma”… Un individuo solicitó un crédito en un banco. El gerente le pidió sus datos y luego le extendió un formulario para que lo llenara. Le indicó: “Al final ponga su nombre y firma”. Cuando llegó al calce de la solicitud el tipo le preguntó al del banco: “¿Cómo le dije que me llamo?”... Una mujer llegó sola a un restorán de moda, uno de ésos donde te sirven en un enorme plato cuadrilongo, trapezoidal, romboide o de cualquier otra forma, menos redondo, una porción mínima de algo con una ramita de perejil encima, y luego te cobran 2 mil pesos por esa magnificente muestra de “cocina de fusión”. Ante el asombro del mesero la mujer sacó de su bolso un feo sapo y lo puso sobre la mesa. Le pidió al camarero: “A mí tráigame un whiskey en las rocas, y a él un tequila en un platito”. Advirtió la señora la mirada estupefacta con que el hombre veía al sapo y le explicó: “Fue mi marido antes de que le dijera ‘vieja bruja’ a mi mamá”... FIN.
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