Mirador

Mirador

domingo, 26 de junio de 2022 · 00:00

Estas ciruelas tienen lindo nombre. Se llaman Santa Rosa.
Su color es el rojo, un rojo tan intenso que llega casi a negro. Su carne es dulce, como de mujer, y cuando las muerdes su jugo desborda tu boca y escapa por las comisuras de tus labios. Un canastillo de estas ciruelas puesto sobre la mesa de la cocina aroma toda la casa del Potrero.
Los árboles de ciruelo están cargados. Debemos poner estacas en sus ramas, o atarlas al tronco para que no se quiebren con el peso del fruto. Pero hemos de apresurarnos a recoger la cosecha, pues tenemos amables enemigos que nos la ganan: los venados y los osos. Por la noche bajan del alto monte llamado el Coahuilón y se dan un banquetazo con lo que mucho trabajo nos costó en el año.
Don Abundio se da a los mil demonios. “Tantos riegos, tanto abono, tantos cuidados -dice- para que vengan estos cabrones a hacernos mala obra”. Yo finjo enojarme también, pero pienso que también las criaturas del Señor deben gozar los frutos que de su providencia salen, de su tierra, de su sol, de su agua...
-Para todos debe haber -le digo a don Abundio.
-Sí -replica él, hosco-. Para todos los que trabajan.
Recuerdo a los lirios del campo, que no cosechan ni hilan y sin embargo ni Salomón en toda su gloria vistió como ellos. Y recuerdo a Santa Rosa, tan bella, tan dulce, tan buena. Que ella reparta las ciruelas en nombre del Señor.
¡Hasta mañana!...

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