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Los dos ancianos

miércoles, 29 de junio de 2022 · 00:00

La muerte de dos jesuitas en la sierra tarahumara ha causado indignación y tristeza, no solamente en el país, sino en otras partes del mundo, donde el trabajo de los jesuitas es ampliamente admirado, ya que ellos se caracterizan por su entrega a las causas más olvidadas de la humanidad.
Sorprende a su vez, la edad que tenían: 80 y 78 años. Una edad en la que muchos ya disfrutan una jubilación. Sin embargo, para ellos, su vida era una oportunidad para seguir sirviendo en una comunidad empobrecida. La limitación de sus fuerzas, no era una excusa para ellos
Sin embargo, hubo quien no dudó en asesinar a dos pobres ancianos indefensos interesados en hacer el bien y, haciéndonos esta pregunta: ¿Quién sería capaz de hacerles daño a estos ancianos? La respuesta es clara: nosotros. Sólo basta ver cómo tratamos a los ancianos, que son muchas veces olvidados y tratados como trastos viejos que solamente utilizan espacio…. No solos muy distintos de él, o de los asesinos.
En su audiencia del 1º de junio, el Papa nos hablaba de la marginación que sufren muchos de ellos:  
“La prueba se presenta ya de por sí con la debilidad que acompaña el paso a través de la fragilidad y la vulnerabilidad de la edad avanzada. Y el salmista (un anciano que se dirige al Señor) menciona explícitamente el hecho de que este proceso se convierte en una ocasión de abandono, de engaño,  transgresión y de prepotencia, que se ensaña contra el anciano. Una forma de vileza en la que nos estamos especializando en nuestra sociedad. ¡Es verdad! En esta sociedad del descarte.
Los ancianos son dejados de lado y sufren estas cosas. De hecho, no faltan quienes se aprovechan de la edad del anciano, para engañarlo, para intimidarlo de mil maneras.
A menudo leemos en los periódicos o escuchamos noticias de personas ancianas que son engañadas sin escrúpulos para apoderarse de sus ahorros; o que quedan desprotegidas o abandonadas sin cuidados; u ofendidas por formas de desprecio e intimidadas para que renuncien a sus derechos.
También en las familias  suceden tales crueldades. Los ancianos descartados, abandonados en los asilos, sin que los hijos vayan a visitarlos o, si van, van pocas veces al año. El anciano puesto en el rincón de la existencia. Y esto sucede: sucede hoy, sucede en las familias, sucede siempre. Debemos reflexionar sobre esto.
Toda la sociedad debe apresurarse a atender a sus ancianos  cada vez más numerosos, y también más abandonados. Cuando oímos hablar de ancianos que son despojados de su autonomía, de su seguridad, incluso de su hogar, entendemos que la ambivalencia de la sociedad actual en relación con la edad anciana no es un problema de emergencias puntuales, sino un rasgo de esa cultura del descarte que envenena el mundo en el que vivimos.
Las consecuencias son fatales. La vejez no sólo pierde su dignidad, sino que se pone en duda que merezca continuar. Así, todos estamos tentados a esconder nuestra propia vulnerabilidad, esconder nuestra enfermedad, nuestra edad y nuestra vejez, porque tememos que sean la antesala de nuestra pérdida de dignidad.
Preguntémonos: ¿es humano provocar este sentimiento? ¿Por qué la civilización moderna, tan avanzada y eficiente, se siente tan incómoda con la enfermedad y la vejez, esconde la enfermedad, esconde la vejez? ¿Y por qué la política, que se muestra tan comprometida con definir los límites de una supervivencia digna, al mismo tiempo es insensible a la dignidad de una convivencia afectuosa con los ancianos y los enfermos?
De hecho, la vergüenza debería caer sobre aquellos que se aprovechan de la debilidad de la enfermedad y la vejez. La oración renueva en el corazón del anciano la promesa de la fidelidad y de la bendición de Dios.  Los ancianos, por su debilidad, pueden enseñar a los que viven otras edades de la vida que todos necesitamos abandonarnos en el Señor, invocar su ayuda. En este sentido, todos debemos aprender de la vejez: sí, hay un don en ser anciano entendido como abandonarse al cuidado de los demás, empezando por Dios mismo.
Cada uno de nosotros puede pensar hoy en los ancianos de la familia: ¿cómo me relaciono con ellos, los recuerdo, voy a verlos? ¿Trato que no les falte de nada? ¿Los respeto? ¿He cancelado de mi vida a los ancianos que están en mi familia? ¿O voy donde ellos para tomar sabiduría, la sabiduría de la vida? Recuerda que también tú serás anciano o anciana. La vejez viene para todos. Y como tú querrías ser tratado o tratada en el momento de la vejez, trata tú a los ancianos hoy. Son la memoria de la familia, la memoria de la humanidad, la memoria del país. Custodiar los ancianos, que son sabiduría”.
Hasta aquí el mensaje del Papa. Que este triste acontecimiento sirva de oportunidad para nosotros para revisar nuestro comportamiento hacia los ancianos. Pero en ello, como siempre, usted tiene la última palabra.
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