Pasadizo secreto

La violencia se ha vuelto común

viernes, 15 de julio de 2022 · 00:00

Preocupantes son las actitudes agresivas que se han estado generando entre la humanidad, avivándose este delicado problema social principalmente por esa disminución paulatina de interés de esos dos grandes entes, decreciente ánimo que permite considerar ya a la Iglesia y Estado, esos exrectores de las normas de conducta de los seres humanos.
Si, y por lo que se está viendo de éstos en las últimas décadas, de cómo poco a poco han ido abandonando esa obligación para lo cual fueron creados, del primero, de procurar ese tenaz impulso por mantener la moral y la buena convivencia a través de esa fe en algo divino, del segundo, el de darle dirección a través de eficientes leyes y reglamentos.
Al menos en México y en otras épocas, sí que causaba gran indignación, preocupación y sorpresa entre los habitantes ese acto criminal en contra de ese ser humano, era tema necesario entonces, el pensar que el que lo realizaba no tenía perdón de Dios, en consecuencia, sería objeto del peso de toda la ley.
Esa conjunción de leyes divinas con las terrenales permitía el moldear, crear sociedades más nobles, por esto es que muy poco en las familias se manifestaban personalidades criminales o con actitudes de maldad para con sus semejantes.
Pero y cuando por algún motivo se generaba una actitud de odio, conflicto entre dos personas o varias familias, de inmediato se anteponía esa divinidad para calmar los ánimos, llegaba por igual esa autoridad con las leyes en las manos más que respetable para poner orden y así continuara entre ellos la convivencia, ese orden público y social.
Sin embargo, cuando lamentablemente se daba ese acto fuera de lo común y que impactaba a la sociedad de ese entonces por lo brutal y la saña que fue hecho, ese episodio y al ser único, retumbaba, se trasladaba entre pláticas de generación en generación hasta que otro evento similar opacara, hiciera olvidar o comparar con ese mal recuerdo.
Como ejemplo, se podría mencionar aquel trágico suceso ocurrido en la antigua Ciudad de México, ese que los pobladores de aquel entonces narraban hasta con miedo, que les hacía enchinar la piel nada mas de recordar lo que vivieron, o por la forma en que sus padres o abuelos se los contaron y con mucho detalle, como se decía, con santo y seña.
Era el triste final de un rico comerciante llamado don Joaquín Dongo el que, a manos de tres asaltantes, fue víctima de sus más atroces instintos criminales, quien junto a su familia y servidumbre sufrió el dolor y la muerte en los finales del año de 1789.
Historia verídica que incluso ha sido tema de estudio entre universitarios, del Derecho, de la Psicología, esto para entender hasta dónde llega o se permite llegar la maldad del ser humano.
Las escasas revistas, los periódicos, libros de antes y hasta en la actualidad los medios electrónicos han dado cuenta de este suceso que empañó al México entero de antes, pues escrito y comentado por éstos está, que pasaron muchas décadas sin que se generara otro acto similar tan sanguinario en contra de una familia entera.
Hoy con tristeza se puede ver, que situaciones como esta añeja narrativa, son tan repetitivos que ya no impactan entre la sociedad mexicana.
Que, de sentir ese dolor tan profundo por la muerte prematura de ese niño o niña a manos de un criminal, ese sentimiento ya casi ni existe, por lo mismo pronto se olvida.
Que ya ni conmueva el enterarse, que un padre de familia asesina a su esposa ya no por celos, sino simplemente porque no le preparó a tiempo la cena, que atente en contra de sus propios hijos e hijas, o que violente a sus propios semejantes.
Que es cuestión de risas el golpear hasta la muerte a un indefenso, que grabar eso con teléfonos móviles como una forma no de ayuda para enviarlas de inmediato a las autoridades y parar eso, sino en plena diversión y participación cual función del Coliseo romano.
Que esa discusión sin gran importancia entre hombres, jóvenes mujeres, las armas en consecuencia pasan a formar parte como esa principal acción provocando dolor y muerte.
Causa por igual una completa indignación el observar cómo es que por cualquier motivo la gente se agrede para agradar a un público que ni conoce, esto al referir los medios electrónicos, sitio en donde todos participan burlándose de todos, creando una degradación social.
En el cual, y para llamar la atención provocan una situación “única” buscando en la mayoría de las ocasiones la agresión, agredirse al estar formado en una fila para algo, golpearse para lograr ese algo, utilizar las más bajas costumbres humanas, dejando a un lado la vergüenza, la moral, la dignidad para hacerse “viral”.
Por esto que están viviendo al menos y en las últimas décadas los mexicanos, es por lo que subsiste esa pregunta más que obligada, ¿En dónde están los resultados de esas labores eclesiásticas?, si al día a día y por lo que se ve, los fieles se persignan e invocan a sus dioses para terminar lastimándose en todas sus formas, matándose entre unos y otros, todo ante la fragilidad de las leyes terrenales haciendo su propia justicia.
Si ante estos mismos actos, las leyes terrenales no son tan “justas” con las acciones injustas de los ciudadanos, subsiste para esos procuradores de la justicia igual pregunta, ¿En dónde queda esa creíble impartición de justicia?, si ante ese delito, frente a esa “maraña” de leyes el delincuente se convierte en víctima, y a la verdadera víctima, cierto es que no le queda otra cosa más que rezar e invocar a ese ser divino, para furioso agredir haciendo su propia justicia.

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