De política y cosas peores

Solicia, madura célibe

domingo, 3 de julio de 2022 · 00:00

“¿Por qué no te has casado?”. Esa indiscreta pregunta le hizo un tipo a otro. “No necesito casarme -contestó el sujeto-. Vivo con dos hermanas”. Opuso el primero: “No es lo mismo una hermana que una esposa”. Replicó el otro: “Nadie dijo que fueran mis hermanas”... El lacayuno empleado -90 por ciento de lealtad y 10 por ciento de eficiencia- dijo al hablar en el festejo de cumpleaños del jefe: “La carrera de nuestro querido director es verdaderamente impresionante. Empezó como simple hijo del dueño de la compañía, y ahora es su principal ejecutivo”... Mercuriano, agente vendedor de la Compañía Jabonera “La Espumosa”, S.A., se la pasaba viajando todo el tiempo con motivo de su actividad. En cierta ocasión estuvo varias semanas fuera de su casa, por lo cual no se enteró de que su esposa había contratado a una nueva trabajadora doméstica. Llamó por el celular a su mujer, y lo mandó a buzón. Marcó entonces el número del teléfono de su casa, y contestó la mencionada fámula. Le pidió Mercuriano: “Comuníqueme con la señora. Habla el señor”. Preguntó la mucama. “¿Cuál de todos?”... Don Iterio se veía agotado, falto de fuerzas, abatido. Un amigo le preguntó la causa de su debilidad. Explicó él: “Mi mujer trabaja en una sala de lactantes, y cuando terminamos de hacer el amor siempre me da palmaditas en la espalda para que repita”... El príncipe Minucio se disponía a consumar sus anheladas nupcias con la princesa Guinivére, cuya nívea mano ganó tras sostener mortal combate con el fiero dragón que asolaba la comarca. Ante la expectante mirada de la princesita dejó caer Minucio su bata, tejida en brocado de tres altos con seda de ocales, fimbria dorada y labor de brescadillo. Guinivére contempló con mirada crítica la mínima anatomía de su desposado y dijo luego usando lenguaje ciertamente impropio de una princesita: “¡Uta! ¡Si hubiera visto esto antes, mejor me habría ido con el dragón!”... Don Senilio, otoñal caballero, solía visitar de tarde en tarde a la señorita Solicia Sinpitier, madura célibe. Ella lo obsequiaba con una copita de rompope, le ofrecía ciruelas claudias y ponciles, lo invitaba a gustar las confituras y pastitas que -decíale- confeccionó ella misma, pero que en verdad había mandado hacer en la panadería de la esquina especialmente para la ocasión. En una de esas visitas don Senilio iba preocupado por ciertos detalles relativos a distancias en la historia de la expedición punitiva de Pershing contra Villa. Le preguntó a la señorita Sinpitier: “¿Sabe usted, querida amiga, cuánto mide la milla?”. “¡Por Dios, don Senilio! -se ruborizó Solicia-. ¿Ya va usted a presumir sus cualidades?”...  Don Martiriano, el sufrido esposo de doña Jodoncia, se la pasa todo el día vegetando. Ve jeta por la mañana, ve jeta por la tarde, ve jeta por la noche... “Mi mujer se fue de la casa hace tres días -le contó un individuo a otro en la cantina-. Desde entonces vago sin rumbo por las calles”. El otro bebedor se condolió. “¿Tanto así la extrañas?”. “No -respondió el primero-. Lo que pasa es que se llevó la llave”... “Me voy a Lizenia -le anunció Binancio a su esposa-. Me han dicho que en ese país de Eurasia hay tan pocos varones que las mujeres le pagan 100 dólares al hombre que les haga el amor”. “Voy contigo” -le dijo la señora. “¿Por qué?” -se extrañó Binancio. Respondió ella: “Tengo curiosidad de ver cómo vas a vivir con 200 dólares al año”... Babalucas entró en una tienda en cuya puerta se leía. “Artículos para golfistas”. Le pidió al encargado. “Me da medio kilo de queso y un frasco de aceitunas”. El empleado le contestó: “¿No vio el letrero de la puerta? Aquí vendemos sólo artículos para golfistas”. Replicó Babalucas. “¿Y qué los golfistas no comen queso ni aceitunas?”... El Lobo Feroz amenazó a Caperucita Roja: “Te voy a comer”. “¡Comer, comer! -repitió ella con enojo-. ¡Carajo, más de 200 años tiene el desgraciado cuento y no se les ha ocurrido cambiarle ni una sola letra!”... FIN.
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