COMPARTIENDO OPINIONES

El Vitor

miércoles, 3 de agosto de 2022 · 00:00

No, no estoy hablando del conocido personaje de la televisión, sino de Vitor Thompson, un joven brasileño que ha logrado terminar sus estudios. A pesar de su pobreza económica, no se desanimó. Hacía su recorrido de seis kilómetros en bicicleta para ahorrar y no usar el transporte público, y los libros que necesitó, su mamá los consiguió en los basureros donde trabajaba. Un ejemplo para muchos de nosotros, que, ante la menor de las dificultades, solemos desanimarnos, o esperar que otro solucione nuestros problemas.

Esta noticia, publicada en El Mañana hace pocos días, deberíamos recordarla ante las dificultades que muchos enfrentamos, y es la que hace salir lo mejor de nosotros. ¿Quién no contrataría a un egresado así?

En su reciente visita a Canadá, el Papa motivaba en un mensaje a los jóvenes para superar la mediocridad:

“Y para ayudarte a hacer resplandecer la lámpara de tu existencia, también yo quisiera darte tres consejos.

“El primero: camina hacia lo alto. Tu vocación es tender hacia lo alto, sin dejarte tirar abajo por quien quiere hacerte creer que es mejor pensar sólo en ti mismo y usar el tiempo que tienes únicamente para tu diversión y tus intereses. Amigo, no estás hecho para ‘ir tirando’, para pasar las jornadas equilibrando deberes y placeres, estás hecho para volar alto, hacia los deseos más verdaderos y hermosos que tienes en el corazón, hacia Dios para amarlo y hacia el prójimo para servirlo. No pienses que los grandes sueños de la vida sean cielos inalcanzables. Estás hecho para levantar el vuelo, para abrazar la valentía de la verdad y promover la belleza de la justicia, para ‘elevar tu temple moral, ser compasivo, servir a los demás y construir relaciones’, para sembrar paz y cuidado donde te encuentres; para encender el entusiasmo de los que te rodean; para ir más allá.

“Pero vivir así es más arduo que volar. Cierto, no es fácil, siempre está acechando esa ‘fuerza de gravedad espiritual’ que empuja para tirarnos abajo, para paralizar los deseos, para debilitar la alegría. Encontrarás gente que intentará borrar tus sueños, que te dirá que te conformes con poco, que luches sólo por lo que te conviene. Entonces te preguntarás: ¿Por qué tengo que esforzarme por algo en lo que los demás no creen? Y, además, ¿cómo puedo volar en un mundo que parece que cae cada vez más bajo en medio de escándalos, guerras, engaños, injusticias, destrucción del ambiente, indiferencia hacia los más débiles, decepciones por parte de los que tendrían que dar el ejemplo? Ante estas preguntas, ¿cuál es la respuesta?

“Quisiera decirte a ti joven, a ti hermano y hermana joven: tú eres la respuesta. No sólo porque si te rindes ya has perdido de antemano, sino porque el futuro está en tus manos. Está en tus manos la comunidad que te ha generado, el ambiente en el que vives, la esperanza de tus paisanos, de los que, aún sin pedírtelo, esperan de ti el bien original e irrepetible que puedes introducir en la historia, porque ‘cada uno de nosotros es único’. El mundo que habitas es la riqueza que has heredado, ámalo, como te ha amado quien te ha dado la vida y las alegrías más grandes, como te ama Dios, que por ti ha creado todo lo bello que existe y no deja de confiar en ti ni siquiera por un brevísimo instante. Él cree en tus talentos. Cada vez que lo busques comprenderás cómo el camino que te llama a recorrer tiende siempre hacia lo alto. Lo advertirás cuando rezando mires al cielo. Entenderás que Jesús desde la cruz no te señala con el dedo, sino que te abraza y te anima, porque cree en ti aun cuando tú mismo has dejado de creer en ti. Entonces, no pierdas nunca la esperanza, lucha, dalo todo y no te arrepentirás. Sigue adelante el camino, ‘un paso tras otro hacia lo mejor’. Instala el navegador de tu existencia hacia una meta grande, ¡hacia lo alto!

“El segundo consejo: ir hacia la luz. En los momentos de tristeza y desconsuelo,  que tiene un mensaje para ti: Que existes para ir hacia la luz cada día. No sólo el día de tu nacimiento, cuando no dependió de ti, sino cada día. Cotidianamente estás llamado a llevar una luz nueva al mundo, la de tus ojos, la de tu sonrisa, la del bien que tú y sólo tú puedes aportar. No lo puede aportar otro. Pero, para ir hacia la luz, hay que luchar cada día con la oscuridad. Sí, hay una lucha cotidiana entre la luz y las tinieblas, que no sucede afuera, sino dentro de cada uno de nosotros. El camino de la luz requiere valientes decisiones del corazón contra la oscuridad de las falsedades, requiere ‘desarrollar buenas costumbres para vivir bien’, que no se sigan estelas luminosas que desaparecen fugazmente, fuegos artificiales que sólo dejan humo. Son ‘espejismos, parodias de la felicidad’.

“Para aprender a hacerlo, hay que adquirir un arte continuo, que requiere ‘superar las dificultades y las contradicciones por medio de una búsqueda continua de soluciones’. Es el arte de separar cada día la luz de las tinieblas. Para crear un mundo bueno, Dios comenzó justamente así, separando la luz de las tinieblas. También nosotros, si queremos ser mejores, tenemos que aprender a distinguir la luz de las tinieblas. ¿Por dónde se empieza? Puedes empezar preguntándote: ¿Qué es lo que me parece luminoso y seductor, pero después me deja dentro un gran vacío? ¡Estas son las tinieblas! En cambio, ¿qué es lo que me hace bien y me deja paz en el corazón, aunque antes me haya pedido que saliera de ciertas comodidades y que dominara ciertos instintos? ¡Esta es la luz! Y ¿cuál es la fuerza que nos permite separar dentro de nosotros la luz de las tinieblas, que nos hace decir ‘no’ a las tentaciones del mal y ‘sí’ a las ocasiones de bien? Es la libertad. Libertad que no es hacer todo lo que me parece y me gusta; no es aquello que puedo hacer a pesar de los otros, sino por los otros; es responsabilidad. La libertad es el don más grande que nuestro Padre celestial nos ha dado junto con la vida”.

Hasta aquí las palabras del Papa. Vitor nos ha dado ejemplo de que uno llega hasta donde se propone. No son las quejas ni las excusas las que harán la diferencia. Pero en ello, como siempre, usted tiene la última palabra.

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