El calendario parece empeñado en poner a prueba a Nuevo Laredo, pero también en demostrar cuánto hemos aprendido. La noche del domingo y la madrugada de este lunes, ráfagas de viento de hasta 75 kilómetros por hora volvieron a activar los protocolos de emergencia en la ciudad. Para muchos, fue inevitable evocar la memoria de aquel 17 de mayo de 2021, cuando una tromba histórica nos dejó sin luz ni agua durante semanas.
Sin embargo, la realidad de hoy fue muy distinta, pues en esta ocasión los vientos no fueron tan devastadores como los de aquel año, permitiendo que la ciudad demostrara una capacidad de recuperación notablemente superior.
El saldo de esta jornada incluyó al menos 19 árboles de gran tamaño caídos y afectaciones en el suministro eléctrico y de agua en entre 30 y 40 colonias. Más allá de los inconvenientes temporales, el manejo de la contingencia reflejó una mayor capacidad de respuesta operativa por parte de las dependencias involucradas y una dinámica de atención más ágil para contener los daños.
A diferencia del impacto de hace un lustro, la intervención de las áreas municipales y federales se activó desde la misma noche del domingo, logrando que para las 10 de la mañana del lunes el 90 por ciento del servicio eléctrico general ya operara con normalidad, mientras que la COMAPA estabilizaba sus equipos para normalizar el agua.
Hacer este recuento obliga a mirar en retrospectiva y recordar la verdadera magnitud de lo que se vivió exactamente hace cinco años. Aquella noche, Nuevo Laredo no enfrentó una contingencia ordinaria, sino un fenómeno meteorológico que colapsó la espina dorsal de la localidad. Los vientos derribaron cientos de postes de alta tensión, desprendieron techumbres completas de naves industriales, destruyeron anuncios espectaculares y causaron daños severos en edificios públicos y establecimientos comerciales que tardaron meses en recuperarse.
El impacto en los servicios básicos de 2021 dejó una huella profunda en la memoria colectiva. Sectores enteros de la ciudad permanecieron a oscuras y sin una gota de agua potable no por horas, sino semanas consecutivas. La infraestructura local quedó tan devastada que las capacidades de las cuadrillas de la región se vieron completamente rebasadas, haciendo necesaria la llegada de un histórico despliegue de trabajadores foráneos de la Comisión Federal de Electricidad, provenientes de diversos estados del país, para levantar las líneas desde cero y reconstruir la red que alimentaba a las colonias y a las plantas potabilizadoras.
Recordar el panorama de entonces permite dimensionar la fragilidad ante la naturaleza, pero también la importancia de la prevención y la inversión en el mantenimiento de las redes de servicios.
Hoy, ante los pronósticos de nuevas tormentas para el resto de la semana, las autoridades locales enfatizan la necesidad de la participación comunitaria, exhortando a la población a asegurar la basura y objetos sueltos para evitar el colapso del alcantarillado. Al final, la memoria de 2021 sigue vigente no para infundir temor, sino como el recordatorio definitivo de lo vital que es mantener una infraestructura urbana sólida y una ciudadanía prevenida ante los rigores del clima.

