El Mañana de Nuevo Laredo

Álvaro Morales

Sentir Cívico

Álvaro Morales

7 enero, 2021

A mi tía Cristina



Sus manos siempre fueron tersas, largas y elegantes, como si el arduo trabajo de toda una vida jamás las hubieran tocado. Tal vez esa suavidad la daba el cariño con el que hacía una caricia, el amor que emanaba al tocarte. A sus 80 años lucía radiante, con una tierna sonrisa. Abrazarla era reconfortante, con tanta ternura.
Mi tía Cristina, mamá Cricri, la que desde que nací me amó como a un hijo y yo a ella como a una madre. No pedía mucho, sólo cariño, y en cambio ofrecía todo lo que pudiera dar. No se preocupaba por comer, sino porque todos los demás comieran hasta quedar satisfechos, y vaya que sus manos eran capaces de cocinar los mejores manjares.  Mi maestra de cocina, mi ejemplo de cariño, mi ángel, mi Cricri.
Me faltó tiempo para agradecerle todo cuanto hizo por mí, cuidarme enfermo, preocuparse, alimentarme, darme tanto y con mucho amor. Me faltó tiempo para decirle cuánto la quería, para abrazarla más, para que entendiera lo importante que era y es en mi vida. Me faltó tiempo para pagarle lo que dio, lo que dejó en mí, para pagarle sus besos con muchos más besos míos, sus abrazos, su llanto, su corazón enorme en el que cabíamos tantos.
Me falta ahora, sus ojos cansados decidieron cerrarse para siempre. Su corazón tan grande ya no pudo seguir latiendo, su rostro gentil quedó en paz ante mis ojos. Ese momento en que el sacerdote entró al cuarto de hospital y mi mirada fija veía cómo el monitor marcaba cada vez menos latidos. Todo fue quedando en paz, su respiración se extinguió, el sacerdote oraba, ella se iba. Me senté, lloré, se me iba mi Cricri, la que hacía unos días decía que yo era la luz de su vida, a la que apenas la noche anterior le había preparado su cena, chocolate caliente y a la que le había pedido que no me dejara solo.
Tal vez pude haber hecho más, debí haber hecho más. Tal vez con más tiempo, con más médicos, tal vez si no hubiera dicho al doctor que ya le retirara el medicamento que la mantenía artificialmente con vida, tal vez… ¡Cómo quisiera sentir sus manos suaves otra vez!
¡Qué hueco! ¡Cuánto dolor! Aunque aparente ser fuerte para mi familia, siento el dolor de haber perdido a una madre. Veo las fotografías de su juventud, de cuando me tomaba en sus manos. Recuerdo sus anhelos. El cariño a mi hijo, el deseo de conocer a otro hijo. Le pedí en año nuevo que no me dejara solo, pero tal vez se cansó de vivir.
Ya no hará corajes al perder en la lotería de los domingos, ya no saborearemos su deliciosa comida, ya no competiremos por quién hacía mejor de comer, ya no estará conmigo, ya no la abrazaré, ya no… Ya no.
Una mujer valiente, de trabajo y de lucha. A pesar de lo difícil que resultó su vida la vivió sin arrepentimiento. Dio amor a todos, se preocupó por todos, fue gran hermana, amiga y, para todos sus sobrinos, una gran madre. Fue una luz en nuestra familia, en nuestras
vidas. Su gentileza, su suavidad, su sonrisa. Es mi mamá Cricri, siempre lo será, desde el cielo, aunque me hará tanta falta en esta vida. Qué doloroso amar tanto a alguien y verlo partir, extinguirse una luz en tanta oscuridad. Pero Cricri, te amo tanto que sé que el día que te vuelva a ver besaré tus manos, te abrazaré muy fuerte y nunca más te soltaré. Allá, en el cielo, habré de saldar la deuda enorme que tengo contigo. Allá, más que aquí, te entregaré mi corazón.
Descansa en paz Cristina, con mis abuelos, tíos, tías y mi papá, disfruta con ellos a los que tanto extrañabas. Ahora nos toca a nosotros extrañarte tanto y recordarte siempre. Hasta pronto.

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