El Mañana

sábado, 20 de abril de 2019

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

Avenida de los recuerdos

30 enero, 2019

Imposible para cualquier persona pudiera ser, el olvidar sus orígenes, el lugar de su nacimiento, justo en donde comenzó todo, esos primeros pasos, esos años escolares; y ya de grande, por supuesto que igual de satisfactorio debe ser el volver ahí, nuevamente el saludar a esos antiguos amigos, vecinos, recorrer y totalmente ese barrio, esa colonia, esa majestuosa avenida de los recuerdos.
Ver que aún existe esa tienda de la esquina, llegar para descubrir que el tendero ya no está, y al asomar, tan sólo divisar que sobre el mostrador aún permanece ahí esa vieja vitrina, aquella que por siempre se veía llena de rico pan, pero que hoy polvosa está; por igual visitar ese rinconcito, sitio en donde se encontraba ese tanque de lámina para llenar de petróleo aquellos recipientes de vidrio.
Frente a esa maltrecha banqueta, la casa de doña Cuquita sucia y abandonada está, quién iba a pensar, quién iba a imaginar que en ese estado llegase a quedar, si la doña apenas amanecía y barrida y regada la calle lucía, presumía de esa impecable limpieza. Doña Virginia, ya ni su mecedora está, recordar que y por su avanzada edad, al permanecer casi todo el día y toda la noche en el mismo lugar, sentada frente a la barda de su hogar, era esa confiable “vigía”, por lo mismo de todo lo que ocurría en la cuadra razón sabía dar, contar.
Hoy causa extrañeza pasar por la casa de don “Tino” y no ver a esos perros, mascotas que desde muy tempranito y hasta el anochecer cual si fueran de algún coro y al unísono nunca dejaban de ladrar, quizás su insistencia era una manifestación de gusto, de ver de esa colonia, de sus vecinos su incomparable armonía.
Al pasar por esa esquina buscar ese sitio exacto en donde las niñas y niños y después de haberse pavimentado totalmente la calle gustosos iban a corretear, jugar, así el bebeleche o avión con pedazos de yeso en ella dibujar.
Las bicicletas, el patín del diablo, o el mismísimo “carrito de roles” fabricado en madera por los más jovencitos, que de llantas llevaba esos viejos “baleros” conseguidos en el yonke, y de volante un pedazo de mecate amarrado a cada extremo del madero delantero, el “colearlo” en el nuevo pavimento era lo más emocionante.
Es justo que las nuevas generaciones entiendan, comprendan y bien el legado que les generaron sus antepasados, así saber que esta nueva sociedad que en estos momentos están creando, con sus actitudes generando, por igual requiere de ese sentimiento de humanidad.
Permitir ese espacio en su corazón, en sus sentimientos para almacenar no esos recuerdos, no esos pasajeros momentos de su infancia, de su niñez, sino para transformar, generar, en consecuencia externar eso que como seres humanos se requiere para el bien vivir, convivir, en armonía sobrevivir: la humildad.