El Mañana de Nuevo Laredo

Jesús Pérez Caballero

Desde la frontera

Jesús Pérez Caballero

16 mayo, 2020

Brevísima clasificación de quienes recogen basura durante el Covid-19



El Covid-19 no es solamente una gran crisis que se ramifica en otras de similar magnitud, simultáneas o posteriores, sino que modifica aspectos cotidianos. Por ejemplo, a consecuencia de los encierros masivos aumenta la basura de los hogares. Observé, desde parte de mi confinamiento en la colonia Americana (Guadalajara), cinco tipos de quienes la recogen extraoficialmente:

1. Profesionales. Previsibles por sus métodos y horarios (suelen pasar antes que el camión de la basura). Si no se llevan la bolsa completa (casi nunca, salvo que sólo contenga latas), son gentiles en no desparramar su contenido. Caminan solos o en pareja, con carritos de supermercado, algunos modificados con planchas metálicas adheridas u otros cachivaches que, como almacén portátil, retengan lo recogido. Quizá algunos sean pepenadores, sindicalizados; otros van por libre o trabajan desde siempre en la colonia. Es posible que aceptasen ser llamados por el eufemismo de “recicladores de base”; si bien no supe que hiciesen nada extraordinario en su día mundial (1 de marzo).

2. Sobrevenidos. Si no pasan carros ni personas, no es rentable permanecer en un lugar a pordiosear o a trabajar precariamente (franeleros, lavacarros). Además, el control de la circulación dificulta migrar o cambiar de municipio. Reconocemos a estos advenedizos por rondar anárquicamente, topándose con la basura por casualidad. Usualmente, la desparraman. En Matamoros colgamos las bolsas de basura sobre verjas o postes, para evitar el husmear de los muchos perros; en Guadalajara, no hay tantos perros callejeros, pero a los sobrevenidos se les pide de favor que, al terminar, la reacomoden. En algunas esquinas, los vecinos cuelgan lonas advirtiendo que no ensucien. No disuade tan bien como erigir una virgen o un santo.

3. Merodeadores. Utilizan la apariencia de profesionales para robar. Si el sobrevenido puede convertirse en un ladrón si hubiera una oportunidad, los merodeadores disimulan con el hurgar en la basura una voracidad de rata de Zaniewski. Pueden intentar asaltar, en menos de un mes, varios negocios de tortas a la redonda (acá fueron Tortas Migue, el Pirata y la Tapatía) u horadar la verja de una casa abandonada, para saquear en una o varias noches lo de adentro, llevarse cables, metal, la misma verja.

4. Carreteros. Como los personajes de la novela postapocalítpica La Carretera (McCarthy, 2007), caminan con carritos de supermercado precarios, de tamaño infantil, o bien con sustitutivos: sillas de oficina, maletas con ruedas o carritos montables de juguete, de colores chillones y cabeza de algún animal (gusano, mariposa). Sobre ellos colocan, sobre todo, bolsas, cubetas o una frazada. Los afortunados, microondas, un ventilador. Los bravos, trapeadores en los laterales, a modo de lanzas. Si ven la oportunidad, se acomodan en esquinas, entradas de negocios u otros puntos ciegos urbanos. Sacan todos sus tiliches, arremolinan la basura y, con éxito, forman protopoblados de cosas (no de personas, pues son extremadamente individualistas). Cuando los propietarios de los inmuebles se percatan, aprovechan su ausencia y les desaparecen todo, vallando el espacio (si ya lo estaba, aumentan la altura). El carretero no regresa, aunque puede permanecer cerca, pasando a ser pordiosero o precarísimo franelero.

5. Muselmänner. Primo Levi (Si esto es un hombre, 2009) llama así a quienes presentan una carcasa de personalidad, pero que, por su apariencia o actitud, apenas ya esperan morirse. Esta “flor de pantano del subproletariado rural” -o urbano-, en voz de Meyer (La cristíada. La guerra de los cristeros, 2013) sondea la basura, sin esperanza ni para comer, aunque busque alimento por inercia de especie. En ocasiones, sus rasgos se tornan oníricos, como cuando mi vecino bienintencionado les dio, contra el Covid-19, máscaras negras de neopreno, que les jalan de las orejas y con las que parecen duendes.

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