El Mañana de Nuevo Laredo

Jesús Pérez Caballero

Desde la frontera

Jesús Pérez Caballero

5 septiembre, 2020

Brevísima clasificación de robos durante el Covid-19



Picos de pandemia entrecruzados, como ácido ribonucleico. Nos guardamos un mes, turistas de salón. Nos encerramos, meses furiosos. Un día enmascarados, tan distintos. Con un ojo abierto y otro cerrado, siempre ya, y cuarenta veces cuarenta grabado en la frente.

Mientras, los robos en la Americana (Guadalajara), cuando mis vacaciones hechizas. Según vi, escuché o leí en el grupo de WhatsApp de “vecinos vigilantes” de mi esposa, se roba:

1. Casas habitación. Los lugares típicos de robo están cerrados o vacíos… Los de las casas son robos temerarios (con el habitante dentro o aprovechando salidas breves). O con disfraz. Falsas camionetas de Megacable. Uno con pseudo uniforme pone una escalera al balcón que surja. Disfraz más escalera: lotería mexicana. Otro en moto, dizque guardia de seguridad -collares de oro y diente de plata-, avisa: “¡Cuidado!, hay otras cuatro motos robando”. Pide para su gasolina.

2. Negocios. Por Chapultepec desaparecen librerías y bares: cuatro paredes blancas, cristales rotos, maleza agrietando el cemento. Oxxos, 7ven’s y los de telefonía móvil mutan a pasillo amplio y cliente férreamente guiado. Los negocios se trasladan a sitios más baratos y dejan cuadras chimuelas. Las ratas de Zaniewski asaltan entre pasada y repasada. Se venden más perros guardianes. En la noche, encerrados en los locales, ladran a la luna interior. Engañan: por anunciar bosques seguros intramuros, fijan el peligro calles afuera.

3. Personas. Los malfactors volgren que tot l’any duràs/perquè llurs mals haguessen cobriment (“los malhechores querrían que durase todo el año/para que se encubriesen sus males”), escribía Ausiàs March (1397-1459) sobre la noche. Los locales taqueros vigilaban informalmente. Antes: Huecos ahora. Peces abisales en la esquina más fértil en robos, por la casa leprosa -de la UAG- que se desmorona. Fue albergue improvisado, saqueado, transmutado en tiendita de drogas. Ahora: nada, se derrumba hacia un punto ciego y dentado de cascotes. Después: bloque de edificios fulgurante para invertir dinero sanitizado.

4. Carros. Tres bajan de un taxi. Encañonan. El vecino quema llanta, marcha atrás adelante. La libró, pero era un hoy sí se roba sabatino, y los lobos huyeron para merodear por la colonia. De madrugada, se llevaron una moto de La Menudería, su segundo robo en el mes. El carro es un bien “vorticial”: una parte de ti desgajada que concentra tu primera inversión patrimonial. Su robo golpea: Da ansiedad, pues -en general- sucede cuando no estarás vigilando el carro (mientras duermes, mientras trabajas en tu oficina). Y estresa, al obligar a una reparación inmediata, para evitar un efecto bola de nieve: “me robaron los rines, entonces verán que pueden los retovisores, la antena, cristalearme”.

5. Mobiliario urbano. Bye cableado del alumbrado, medidores de la luz, alcantarillado, antenas, papeleras. De madrugada, a una casa deshabitada en Montenegro con Bruselas, una horda le extrajo, como dentistas del infierno quevediano, cilindros de gas. Todo puede desaparecer para siempre… O reaparecer dislocadamente: En una esquina, vertedero improvisado donde mi esposa y yo colgamos, con corcholatas, una lona imitando el estilo oficial de “prohibido arrojar basura”, alguien arrojó dos papeleras… ¡Arrojar lo que contiene la basura a la misma basura!

Pero la degradación no es impasible. El de los pastes de la esquina se las da de tenor y canta a berridos: ¿cómo llamar a la cursilería que, más que abrigar (R. Gómez de la Serna), nos protege? O llega un joven -quien agregó a mi esposa a los “vecinos vigilantes”- y monta su food truck Papa y Pez, en una plaza mugrienta y peligrosa. Hombre, ¡no es Gorostieta!, pero -a su escala- es valiente: Tantea, extiende, cuida la calle. “Cuando todos se vayan a otros planetas/yo quedaré en la ciudad abandonada/bebiendo un último vaso de cerveza(J. Teillier, El árbol de la memoria, 1961).

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