El Mañana de Nuevo Laredo

Guadalupe Loaeza

Artículo

Guadalupe Loaeza

8 mayo, 2020

Carta a la madre



Para la familia Yturbe Reygadas.

Franz Kafka escribió “Carta al padre”, cuando tenía 36 años, cinco antes de morir en 1924. En esta epístola, el autor de Metamorfosis, hace un ajuste de cuentas, un intento de autoanálisis, un recuento de amor y odio, pero sobre todo, una visión “desesperada” de su vida infantil al lado de un padre autoritario e incapaz de manifestar un ápice de amor por su primogénito. Esta joya de la literatura universal del siglo XX se publicó hasta 1953, en la primera edición de sus obras completas. Hay que decir que Franz Kafka hizo todo lo posible porque nunca llegara a su destinatario.

Durante este largo y sinuoso confinamiento, y por azares de la vida, la carta de K. cayó en mis manos. Tendría yo 28 años cuando la leí por primera vez; ahora que tengo 73, su lectura me ha resultado totalmente distinta. Conforme me adentraba en ella, en lugar de imaginarme la relación tortuosa del joven Kafka con su padre, evocaba la mía, igualmente conflictiva, con mi madre. De allí que haya decidido escribirle a mi madre para decirle lo que nunca le dije.

Muy querida mamá:

No sé si alguna vez te diste cuenta lo infeliz que fui, tanto de niña, como de adolescente. De la infancia no guardo tan malos recuerdos, ya que en esos años opté por la no-existencia, siendo la séptima de una familia tan numerosa, pasaba desapercibida frente a mis hermanas y de mi único hermano. Lo que más me dolía era que no existía para ti, salvo cuando intentabas ayudarme en mis tareas. De niña te tenía tanto miedo que me bloqueaba al grado de no entender y retener absolutamente nada de lo que me explicabas a gritos. Aún conservo en mis oídos aquella terrible letanía que me repetías una y otra vez. “¡Eres una idiota, bruta, imbécil!”. Lo decías con tal violencia que el miedo en mi cuerpo iba in crescendo, hasta paralizarme. Tu sola presencia física me aplastaba. Hasta la fecha, se me dificulta enormemente la tabla de multiplicar del 9; era con ésa que te impacientabas más. Lo que más me entristecía era que después de tanta iracundia contra una niña de diez años, jamás la compensabas con un gesto de ternura y menos de amor. Cuando me quejaba con mi padre siempre me decía lo mismo: “Ella sabe lo que hace y dice”. En otras palabras, no contaba para nada con su comprensión. Para él, también era inexistente. “Si ella sabe lo que hace y dice, entonces, sí soy una idiota, bruta, imbécil”. Dada tu inteligencia y vitalidad, además de tu voluntad para lograr todo lo que te proponías, pensaba que eras una madre todopoderosa, capaz de los actos, tanto constructivos como destructivos, más inverosímiles. Te podría decir lo mismo que le dice Kafka a su padre: “La apreciación de mi persona, dependía más de ti, que de cualquier otra persona… Tú eras para mí la medida de todas las cosas”.

Cuando más padecí lo que llama Kafka la “enfermedad de la identidad”, fue cuando era adolescente, entonces sí me quería morir, porque la no-existencia se había convertido en una existencia desgarradora llena de voces que me gritaban: “idiota, bruta, imbécil”. Fue en esa época que me expulsaron del Colegio Francés. Recuerdo que por las noches le rezaba a la Virgen de Guadalupe para no amanecer al otro día. Me negaba a enfrentarme una vez más a ese caos en que se había convertido mi casa, por tu falta de sensibilidad y empatía hacia las hermanas más confundidas, incluyéndome a mí. La falta de dinero y tus miedos por el qué dirán… te habían transformado en una mujer muy insatisfecha, dispuesta a desenvainar tu espada contra el más mínimo rechazo social. Te peleabas con todo el mundo, pasabas horas y horas enteras en el teléfono y habías logrado que mi padre, tu marido por tantos años, decidiera vivir en su isla imaginada, a la cual nadie tenía acceso, salvo Antonia, mi hermana que tanto quiso.

A pesar de todos tus sacrificios y logros con algunos de tus hijos, te fuiste para siempre con muchas cuentas pendientes, la más importante, la forma en que manejaste la vida de mi hermana mayor, convirtiéndola en una mujer completamente rota, y el eco de aquellos insultos que aún sigo escuchando: “idiota, bruta, imbécil”. A pesar de todo nunca me cansaré de agradecerte las armas que me diste para la vida y el amor por Francia.

Tu hija, Guadalupe.

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