El Mañana

sábado, 24 de agosto de 2019

Guadalupe Loaeza
Artículo Guadalupe Loaeza

Cumpleaños

6 marzo, 2019

Ayer fui a un cumpleaños, más que fiesta parecía un velorio. Los invitados eran puros ancianos, pero el más viejito de todos era el cumpleañero, quien a pesar de cumplir 90 años, parecía como de 120.

Su imagen era más que lastimosa, vestido con un traje de grandes hombreras y solapas anchas, su corbata de poliéster se veía sucia y el pelo demasiado oscuro, como ala de cuervo. Los demás invitados se veían tan tristes y desaliñados como el viejo patriarca.

No muy lejos de la cantina, se encontraba el típico trío de los años 60. Con una voz aguardentosa, cantaban “Reloj no marques las horas…”. A pesar de las porras, las maracas y consignas dichas a gritos como: “Hoy estamos más unidos que nunca”, se percibía un ambiente depresivo y un extraño olor a naftalina.

El pastel de nueve pisos pletórico de velitas y cuyo betún era verde, blanco y colorado, de inmediato me hizo comprender que se trataba del cumpleaños número 90 del Partido Revolucionario Institucional; el más viejo de México por haberse mantenido en el poder más de 70 años y haber controlado absolutamente todas las gubernaturas, más los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

Entre acarreados, sindicalistas y ex funcionarios, vi muchas caras conocidas; eran los mismos “grillos” priistas de los que había escrito hacia más de 30 años.

Allí estaban los “grillos kitsch”, que pertenecían al PRI desde los 50, por lo tanto utilizaban grillas antiguas. Se trataba de priistas que estaban en la frontera del dinosaurismo. Su forma de grillar era empalagosa y cursi. Con sus congéneres femeninas eran excesivamente caballerosos. Al presentarse decían: “Su seguro servidor”. Cuando iban a las bodas, se inclinaban por los trajes ligeramente acharolados y por una corbata gris y un fistol de perla.

Estos priistas tenían por costumbre mandar botellas de vino a otros grillos que consideraban con porvenir y que se encontraban comiendo en el mismo restaurante. Cuando a lo lejos, desde la otra mesa, se lo agradecían con su mano extendida hacían un gesto que sólo saben hacer los priistas como diciendo: “Maestro, a tu salud”.

En la fiesta de cumpleaños me topé con muchos grillos nostálgicos. Extrañaban la época en que podían robar las urnas a mano armada, el auténtico tapadismo, los discursos retóricos, las demagogias echeverristas, los regalos de antes, como los Rolex de oro de 24 kilates, las decenas de guaruras, los viajes en el Concorde, las estancias en las suites de hoteles como Plaza Athenée; hasta la corrupción de los 60 y las grillas a la vieja usanza echaban de menos.

Sin embargo, no sin dificultad, habían asumido los cambios del Gobierno salinista. A pesar de que muchos de ellos contaban con fortunas de origen incierto, pasaban por lo que se solía llamar “político rojillo”. Esto les disgustaba, pero a la vez les complacía, ya que efectivamente en sus años mozos habían sido marxistas-leninistas, pero entonces cuando hablaban del Muro de Berlín y de la Unión Soviética lo hacían desaprobando “aquel socialismo estéril que nada más llevó a sus pueblos a la ruina y a un atraso difícilmente remediable”.

También, cuando hablaban de Fidel Castro, lo hacían con desapego y con sentido crítico. Pero si se encontraban entre ellos, en cenas informales y habían consumido magníficos digestivos, comenzaban entonces a narrar, con lujo de detalle, sus viajes a La Habana o sus vivencias en el 68.

De todos los grillos que vi en la fiesta de cumpleaños, los que me llamaron más la atención fueron los decadentes. No hay nada más difícil que lidiar con estos priistas. Son susceptibles, conflictivos, sufren de paranoia, son narcisistas, envidiosos y muy volubles. Irremediablemente tienen que ser el centro de la reunión. De lo contrario se deprimen.

A estos grillos en decadencia no les importa hacer antesala durante horas y horas, porque con toda facilidad se ponen a platicar con los demás que están esperando, con las secretarias que conocen hace años o hasta con los elevadoristas. Nunca olvidan llevar libros bajo el brazo, que jamás tienen oportunidad de leer, pero cuando se encuentran a un conocido lo primero que le preguntan es si no han leído uno de los libros que llevan ese día. Y si la respuesta es negativa no tienen empacho de comentarlo casi en su totalidad.

La fiesta me deprimió, pero más me entristecí al ver que ya nadie le hacía caso al cumpleañero, quien por cierto estaba sentado junto a Peña Nieto, completamente borrachos los dos terminaron cantando con el trío… “pero sigo siendo el rey…”.

gloaezatovar@yahoo.com