El Mañana

sábado, 24 de agosto de 2019

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

De ese Nuevo Laredo, un kilo de nostalgia

12 junio, 2019

Bonito es recordar esas viejas costumbres, eso que se estilaba en el barrio, en la cuadra, entre los vecinos, por igual a la gente de antes, como a ese señor del puestecito, del estanquillo, el abarrotero o el de la tiendita que tan sólo y el entrar a sus negocios se traspasaba al pasado; hoy se camina frente a esos viejos establecimientos, ya no para adquirir un kilo de tortillas, ni mucho menos esos ricos dulces pues ya están cerrados, olvidados, pero sí para solicitarles tan sólo y de ese Nuevo Laredo, un kilo de nostalgia.

Recordar el ver ahí, a esos señores parados y todo el día detrás de su mostrador, con una vitrina llena de pan calientito a su lado, esa misteriosa pesa con un recipiente de metal en forma de sombrero volteado, en donde desde la fruta hasta la harina o manteca suelta confirmaba ese peso exacto, esa venta del día.

Esa hilera de frascos todos con tapaderas de colores, daban opción a esa señora ama de casa, el escoger y tranquilamente ese condimento necesario y apropiado para la comida, que pensativa calculaba cuánto gastar en dinero, así no pasarse del presupuesto que marcaba su desgastado monedero; pero esa preocupación no le evitaba echarle y de vez en cuando a esos ricos bolillos un breve vistazo.

Esos sitios de comercio olían a tiempo, se disfrutaba ese ambiente en donde se conjugaban todos los sabores, todos los olores, todos los colores, incluso en nada molestaba ese apestoso aroma a petróleo, que la gente de antes y cargando garrafas de vidrio acudían a esos sitios a llenarlos, servirse de un tambo grande apoyados con un metálico embudo.

Todo eso se complementaba con la vestimenta del tendero, que emocionaba y mucho el verlos apropiadamente vestidos, de pies a cabeza con su inseparable delantal blanco, con su gorrito de picos echado hacia un lado, sus lentes de gran aumento, su bigote ralo.

Ahí la charla se hacía presente, se comentaba tanto del primo como del lejano pariente, las señoras se daban ese tiempo, aprovechaban esa escapadita de la casa para platicar con la vecina de en frente; los rumores retumbaban en las cuatro paredes de esos negocios, que si ya se casó la China, que se vio a don Elías bien tomado saliendo de la cantina.

La historia de Nuevo Laredo, en esos sitios, de comentarios, de largas pláticas ahí se componía, ¡ah!, y no faltaban los teporochitos, que atrás de los puestecitos tomaban “agüitas”, pero de las ardientes, que entre charlas pasaban el rato, dejaban transcurrir su vida, pacientes.

Hoy el ver esos negocios, esos sitios en donde se encontraban, que están ya desaparecidos, abandonados o derruidos, crean e inevitablemente y a su paso esa añoranza, esos recuerdos de ese viejo Nuevo Laredo, de esa gente de antes, de sus costumbres, de sus tradiciones, en donde ya no se espera el comprar un kilo de no sé qué, sino el emprender y mentalmente hacia ese Nuevo Laredo que se fue.